domingo, 7 de septiembre de 2008

Muertos y enterrados: ¡bienvenidos a Potter's Bluff!

Pasadas mis vacaciones, mi trigésimo cumpleaños y la crisis existencial asociada al mismo, llegó el momento de reincorporarme al blog. Y para ello voy a intentar, a partir de ahora, mantener una periodicidad semanal para mis críticas, a ver si así me vuelvo más prolífico. Consideradlo mi propósito de Año Nuevo En El Blog.

Y como inauguración de esta nueva etapa, he decidido cumplir mi promesa a Paula y hablar de Muertos y enterrados, un clásico del terror de principios de los ochenta salido de la calenturienta imaginación de Dan O'Bannon y Ronald Shusset, los mismos guionistas que escribieron Alien y Desafío Total.

"Potter's Bluff: una nueva forma de vida"

El truco estaba en que no explicaba en qué consistía exactamente esa nueva forma de vida.
Por una vez, la publicidad turística decía literalmente la verdad.

Nuestra historia comienza en una playa de la tranquila localidad de Potter's Bluff, en el condado de Rhode Island, Nueva Inglaterra; a tiro de piedra, como quien dice, de Providence y Quahog. Un joven (el recientemente fallecido Christopher Allport) hace fotografías a los trastos de pescador desperdigados por la pequeña cala cuando encuentra de repente a una bonita joven rubia (Lisa Blount, de Oficial y caballero). Ella no tarda en flirtear con él, jugando primero a adivinar su nombre por la cara (ella cree que él tiene pinta de llamarse Freddy; él, que ella tiene cara de llamarse Lisa, lo cual no sé si es un chiste privado con la actriz o pura vagancia de O'Bannon y Shussett), y posando luego para su objetivo. Lástima para "Freddy" que, apenas la situación sube de temperatura y tiene oportunidad de cambiar la cámara por el músculo del amor, "Lisa" se revele como el cebo de una sangrienta trampa. Una nutrida pandilla de hombres y mujeres de todas las edades no tarda en rodearle y propinarle una brutal paliza, que rematan quemándole vivo; como son bien educados, le dan la bienvenida al pueblecito antes de prenderle fuego. Y todo ello mientras le hacen decenas de fotografías, lo que convertiría al infortunado Freddy en la primera víctima conocida de happy slapping en la historia.

Esa misma noche, su furgona aparece volcada, ardiendo y sin  matrícula, con su cuerpo dentro; está claro que sus atacantens intentaron simular un accidente para no levantar sospechas. Mientras los bomberos sofocan las llamas, el sheriff de la localidad, Dan Gillis (James Farentino, protagonista de la legendaria serie El Trueno Azul), intenta averiguar dónde se ha metido William G. Dobbs (Jack Albertson), embalsamador local que hace las veces de forense para el exiguo departamento policial. Dobbs no tarda en aparecer en su coche de pompas fúnebres, con música de los años 30 resonando en los altavoces y una actitud jovialmente excéntrica ante su macabra tarea. Mientras Gillis y Dobbs intercambian pareceres sobre la identidad del infortunado y la causa exacta de su muerte, el gruista del pueblecito, Harry (Robert Englund, dos años antes den interpretar al entrañable Willy en V y tres antes de pasar a la leyenda con Pesadilla en Elm Street), intenta alcanzar el cadáver para sacarlo... y descubre que el hombre quemado ha tenido el inmenso infortunio de sobrevivir a las llamas.

El siguiente día pasa con normalidad para la mayoría de habitantes, dejando de lado el hecho de que un desconocido agoniza con quemaduras de tercer grado en el hospital local. Claro que, teniendo en cuenta que no tardamos en empezar a recordar algunas caras que estuvieron presentes en el "recibimiento" del pobre "Freddy" (empezando por la dueña de la cafetería local, que con fingido asombro pregunta al sheriff por el horrendo "accidente"), no nos extrañamos de la calma. Tampoco nos extrañamos de que el sheriff Gillis sea incapaz de seguir con su vida como si tal cosa. Tal vez influya que durante sus pesquisas descubre que el extraño, cuyo nombre resulta ser George Lemoyne, recibió la visita de su encantadora mujercita Janet (Melody Anderson, la guapa Dale Arden en Flash Gordon) antes de churruscarse; cuando Dan le pregunta por el tema, ella pone la excusa de que le iba a comprar equipo fotográfico para la escuela en la que trabaja como profesora, pero resulta que el director no sabe nada del tema cuando el sheriff se lo comenta.

Por cierto, que el dueño del motel de Potter's Bluff se parece en físico y comportamiento a cierto personaje televisivo...

Cuando a una mujer visita a un hombre en su habitación de motel, ya se sabe bien a lo que va. Va allí porque es un fresca, y esto es verdad aquí y en Lima.

 Hola. Soy el Bonico. El Bonico del Tó.

Volviendo a Dan, el otro motivo de su intranquilidad es que su doctorado en Criminología le ha dado un quinto sentido y medio digno de Dylan Dog, y ese quinto sentido y medio le dice que el accidente de la furgoneta es una escena cuidadosamente dispuesta para encubrir un atroz asesinato. Gillis acaba por confiar sus sospechas a Dobbs, quien, tras exponerle su particular visión ética y estética de su trabajo de embalsamador (uno de los mejores parlamentos del metraje), reconoce que es una posibilidad bastante plausible.

Cuando un marinero borracho topa con el "comité de bienvenida oficial" de Potter's Bluff y aparece muerto, la teoría de Dan Gillis parece cobrar fuerza, y más aún cuando el desconocido churruscado es víctima de un atentado fatal a manos de su amiga Lisa antes de poder hablar con el oficial de la ley. También cobran fuerza las tiranteces entre Gillis y Dobbs; el anciano se toma los recientes óbitos con dos partes de temperamento artístico y una parte de espíritu empresarial, y a Gillis le enfurece cada vez más que trate tan a la ligera dos asesinatos ocurridos en "un pueblo que cabe en la palma de la mano".

... ni los ojos de los quemados vivos se respetan.

Cuando las ganas de morfina aprietan...

Lo que el quinto sentido y medio de Dan Gillis no alcanza a decirle es que en el fondo de este asunto hay algo muchísimo más raro que un grupo de paletos con una idea de la diversión propia de un sketch de Miguel Gila. Nosotros, sin embargo, lo vemos con total claridad cuando una familia perdida entra una noche en la cafetería del pueblo a preguntar por dónde ir a su destino y dónde coger gasolina, y uno de los empleados de la estación de servicio  se ofrece a ayudarles. ¿A que si os digo que se llama "Freddy" vais a adivinar de quién se trata?

Sobre todo si tenemos en cuenta que la última vez que te vimos parecías el puto Paciente Inglés.

¡Dichosos los ojos, Freddy! ¡Qué buen aspecto tienes, ladrón!

Pero Dan va a toparse muy pronto con un indicio claro del feo secreto de Potter's Bluff. Literalmente. La misma noche que la familia tiene la mala fortuna de cruzarse con el "comité de bienvenida", el sheriff atropella a un hombre que, a pesar de la violencia del choque, propina un fuerte golpe a Dan cuando se acerca y se da a la fuga... olvidándose en la rejilla de ventilación del coche patrulla un brazo que todavía se mueve por si solo. Tal vez Gillis no sepa muy bien qué pensar cuando mande analizar los restos de la extremidad, pero los espectadores no tardaremos en empezar a figurárnoslo...

Motivos para temer los pueblos pequeños y tranquilos

Muertos y enterrados es un buen ejemplo de cómo hacer una película de terror porque, en primer lugar, sabe darle a la acción un  ritmo lo bastante pausado para que la audiencia aprenda a conocer a los personajes principales, sin ser tan lento como para convertirse en una cura contra el insomnio; y en segundo lugar, juega a tener al espectador más informado que el protagonista como fuente adicional de intranquilidad y miedo. La investigación de Dan Gillis avanza con la parsimonia que lo haría si se diera la misma situación en el mundo real, mientras los espectadores nos damos cuenta, con  creciente alarma, de que entre los pueblerinos reconocemos cada vez más caras de los participantes en los asesinatos: nos dan hasta ganas de avisar al sheriff a gritos de que está rodeado de sanguinarios asesinos, y eso siempre es señal de que una película está sabiendo mantener la tensión como Dios manda.

También ayuda que los asesinatos sean crueles y, en general, bien realizados, gracias a las magistrales artes de Stan Winston. Salvo en un caso concreto al que me referiré más adelante, todas las muertes están caracterizadas con atroz realismo. Pero la labor de Winston también se extiende a otros momentos del metraje (cuya mención revelaría más de la trama de lo deseable); el mejor de todos posiblemente sea aquel en el que vemos, en un encuadre fijo y a través de un juego de desvanecidos, el proceso por el que William G. Dobbs reconstruye el cadáver de una de las víctimas, una escena a la vez bella y sangrienta.

La atmósfera de amenaza, tensión y muerte tiene un excelente aliado en la banda sonora compuesta por Joe Renzetti, que sabe alternar lo bucólico y lo ominoso, e incluso llega a prefigurar en algunas melodías el trabajo de Akira Yamaoka para Silent Hill.

En cuanto a las actuaciones, tanto James Farentino como Jack Albertson encarnan con convicción a sus personajes, aunque el veterano destaque bastante más por tener a un personaje tan excéntrico y entrañable como Dobbs a su disposición. El resto del elenco les complementa correctamente, y hasta logra arrancarnos algunos escalofríos extra en las escenas de los asesinatos, sonriendo con cándida alegría mientras acosan a sus futuras víctimas o contemplándoles con tranquila indiferencia mientras les masacran.

Sus bienvenidas son para morirse.

El comité de recepción de Potter's Bluff en acción.

Pero todo ese terror queda automáticamente superado por todos los giros inesperados que da la historia en su tramo final, llevándola a territorio lovecraftiano (¿o acaso pensábais que O'Bannon y Shusset situaron el pueblecito al lado de Providence al azar?) y asestándonos una sonora bofetada en sus últimos y terribles segundos. Baste decir que (¡ALERTA DE SPOILER!) Manuel Ortega Lasaga vio esta película antes que El Sexto Sentido, y eso le permitió adivinar la sorpresa final del filme de M. Night Shyamalan.

Sin embargo, en el excelente conjunto de la película hay un par de fallos que chirrían como un reggaetonero en un festival de heavy metal. Uno tiene que ver con el momento ¿¡EEEEEHHHHH!? protagonizado por la familia que se convierte en objetivo de los habitantes de Potter's Bluff a mitad del metraje. Tras sufrir un choque contra una farola, se empeñan en buscar ayuda en una casa cercana, a pesar de todos los signos que muestra de llevar abandonada unas cuantas décadas, incluyendo telarañas que podrían valer como redes de pesca de lo gruesas que son; el marido parece darse cuenta bastante antes que la mujer de que lo que están haciendo es una memez, ¡y a pesar de ello sigue buscando ayuda en el sótano de la casa en vez de largarse de allí con viento fresco! La posterior persecución a manos de los sonrientes pueblerinos no causa tanto impacto después de ver durante varios minutos a dos adultos supuestamente responsables hacer tanto el mongolo como para provocarnos ansias homicidas, o al menos el deseo de nominarles a los Premios Darwin.

Otro fallo gordo tiene que ver con uno de los asesinatos, que al parecer es fruto de la presión de los productores por meter más gore en la película, y cuyos efectos especiales no corrieron a cargo de Winston. La buena impresión de las escenas gore anteriores se ve parcialmente arruinada al ver un maniquí de plástico cantoso deshacerse con ácido mientras mueve robóticamente la mandíbula para simular (sin éxito) los gemidos agonizantes de la víctima. Y ya que hablamos de asesinatos, uno de ellos lo vemos dos veces (en el momento que ocurre, y en la grabación en súper 8 que hacen los dementes pueblerinos), y los hechos ocurren de manera totalmente distinta en las dos ocasiones, lo que es un error de continuidad bastante grave.

Pero que estas meteduras de gamba no os alejen de Muertos y enterrados, si es que la podéis encontrar por ahí en vídeo o DVD, porque es una de las mejores y más atmosféricas películas de terror de principios de los 80, y vale más que el 80% de lo que hoy pasa por cine de terror. Tal vez porque en aquellos tiempos todavía se podía hacer una película de terror para mayores de 18 años sin que la productora interfiriese para amariconarla en pos de la odiosa clasificación PG-13, tumba y ruina de tantos títulos de género actuales.

5 comentarios:

Paula dijo...

30 ya... ¡Felicidades! Espeo que el tránsito no haya sido muy duro...

Paula dijo...

Por cierto, gracias por la crítica. Me has descubierto películas que, a diferencia de muchas de las actuales, me permiten llegar a los créditos finales. A ver si te animas y lo haces más a menudo.
Gran comentario de las mujeres en los moteles, aunque siempre hay alguna excepción que no lo pone tan fácil. Conste en acta, que el mundo femenino no es todo tan malo, o tan bueno, jeje.

lasaga dijo...

Oh, que bravo! Acabo de ver en el Spoiler que me has robao el comentario que iba a hacer jeje

Cojonuda peli, y si, una de las molonas de calidad de los 80
la tengo que revisar de nuevo

a ver si es verdad que actualizas más a menudo fiera!

Pequeño perdedor dijo...

Gracias, gracia amado públic ;P Como podéis ver, al menos esta vez he actualizado a tiempo.

Paula: el comentario de la foto sobre las mujeres en los moteles se suponía que era una parodia del Bonico del Tó, dado su increíble parecido con el personaje secundario que sale en la imagen ;)

Anónimo dijo...

Hola. Si alguien posee la edición en DVD de esta película y quiere venderla, que se ponga en contacto conmigo. Pagaré bien.

Saludos,

climentll@terra.es