domingo, 31 de enero de 2010

Noroi: cuando haces el Iker Jiménez y muerdes mucho más de lo que puedes tragar

¿Os acordáis de mi propósito de Año Nuevo? Si es así, no me cabe duda de que lo daréis por incumplido, vista la amplia diferencia de tiempo entre la anterior entrada y esta. Pero tengo mis razones:

Algo así fue, pero sin la figurita de palo y sin tanta destrucción masiva. Por suerte, los capaces técnicos de la tienda en la que lo compré (nombre omitido para no hacer publi gratuita) fueron capaces de librarme del molesto bichito. Un cambio de antivirus y una pasada del mismo después (en la que detecté un virus potencial que se les escapó a los chicos de la tienda), mi ordenador está como nuevo o mejor, con menos programas que se cargan con el inicio del ordenador sin ser necesarios, y listo para volver a la refriega bloguera.

Y vuelvo al tajo con una película que tiene mucho en común con El proyecto de la bruja de Blair, y no poco con Ghostwatch. Es decir, periodistas magufos-pero-en-un-mundo-en-que-esas-cosas-existen, y naves del misterio que acaban encontrándose con misterios que amenazan con despedazarlas como en un tsunami de los gordos.

¿Quieres la verdad? ¡Tú no puedes soportar la verdad!

Desaparecido en extrañas circunstancias después de que la nave del misterio que pilotaba encontrara turbulencias.

Masafumi Kobayashi, nuestro protagonista.

Esta es la historia de Masafumi Kobayashi (Jin Muraki), un periodista que desde 1995 lleva himbestigando investigando sucesos paranormales de la más diversa índole, y de su último documental sobre el tema, Noroi, que trata sobre el último y más extraño de los casos que afrontó; uno que, a la postre, desembocaría en su desaparición a principios de 2004 después de que un incendio arrasase su hogar y acabara con la vida de su esposa.

Todo comienza el 22 de noviembre de 2002, cuando Kobayashi y su cámara habitual acuden a entrevistarse con una mujer que dice escuchar ruidos extraños en la casa de al lado, similares al llanto de bebés; cosa extraña, porque la vecina que vive allí (Tomono Kuga) vive sola con un hijo de corta edad (Shûta Kambayashi)… o por lo menos eso es lo que la mujer ha tenido oportunidad de ver, porque la dueña de la casa ruidosa tampoco es de las que se deja ver mucho por la calle. Tampoco es de las que acepte bien las visitas, a juzgar por la hostilidad con la que recibe a Kobayashi y su compañero, a los cuales echa de su puerta prácticamente a patadas. Eso no quiere decir que se vayan con las manos vacías, porque el cámara tiene su aparato en marcha mientras se alejan de la casa, y capta dos detalles interesantes: la cara del hijo de la irascible dama, mirándoles desde la ventana, y un sonido que, tras ser analizado por un experto, resulta ser el del llanto de una media docena de bebés. Pero la pista no se tarda en enfriar, porque la extraña ermitaña y su churumbel se marchan de su hogar a los pocos días de su encuentro con el documentalista, y lo único que este saca en claro de una segunda visita a la vivienda es que la señora se llamaba Junko Ishii, y que en su jardín hay varias palomas muertas por alguna razón. Ah, y que poco después la mujer que le habló del sonido extraño y su hija pequeña murieron en un accidente de tráfico.

El documental salta entonces a un hecho sin aparente relación con lo anterior: una especie de concurso de talento para niños cuyos padres quieren vivir sus sueños de fama y fortuna a través de ellos, con la salvedad de que estos niños tienen poderes psíquicos. De entre los pequeños concursantes destaca Kana Yano (Rio Kanno), quien logra acertar cuatro veces en el ejercicio de adivinar el dibujo que se esconde en una caja. Sin embargo, la quinta vez que lo lleva a cabo dibuja algo que no tiene nada que ver con el objeto del ejercicio: una especie de versión del rostro que aparece en El grito de Eduard Munch, o de la máscara del asesino de Scream. En la segunda de las pruebas que pasan los niños, consistente en materializar agua en un recipiente hermético, también ocurre algo raro con Kana: la pequeña materializa el agua (de río o lago, según los análisis), pero junto a ella aparece un pelo de bebé. Ni que decir tiene que Kobayashi se interesa por el caso y acude a entrevistarse con Kana y sus padres, pero aparte de constatar que la cría se pasa el día planchando la oreja y habla sola desde que participó en el concurso, no saca nada en claro… todavía.

Los de este programa sois unos fascistas coartadores del espíritu creativo, que lo sepáis.

¿Que no es la respuesta correcta? Y a mí qué, yo quería homenajear a Munch.

El metraje da entonces otro salto a otro hecho más sin relación aparente: la visita que dos cómicos de poca monta (se hacen llamar los '”Ungirls”, o sea, los “no-chicas”; sí, en serio) hacen junto a la actriz Marika Matsumoto (que no tiene nada que ver con Alberto Marica, por si alguien se lo pregunta) a un templo con fama de embrujado. Lo que parecía una tontería digna de las himbestigaciones investigaciones de Cuarto Milenio no tarda en irse al garete cuando la muchacha empieza a comportarse manera cada vez más aterrada, diciendo que le parece escuchar unas voces entre los árboles que rodean al santuario (varios de los cuales, situados en una zona concreta, presentan un aspecto peor que la Duquesa de Alba, si tal cosa fuera posible), y acabando por sufrir un ataque de histeria. Por si fuera poco, la actriz acude a una posterior gala en un pub para contar su experiencia, de la que dice no acordarse demasiado bien, junto a Kobayashi; uno de los invitados a la velada es el psíquico Mitsuo Hori (Satoru Jitsunashi), un tipo tronadísimo que viste sombrero y abrigo forrados de papel de plata y dice “defender a la Humanidad de gusanos ectoplásmicos”, y que nada más ver a Marika se le abalanza encima, farfullando que “ella tiene la culpa” y chillando “cuidado con las palomas” mientras le reducen.

Estos tres hechos sin aparente relación entre sí empiezan a entrelazarse cuando Kana Yano desaparece en extrañas circunstancias, poco después de recibir una visita de Mitsuo Hori. Kobayashi va a ver al psíquico zumbado en su casa, totalmente forrada en papel de plata por dentro y con las paredes recubiertas de mensajes en caligrafía apretada, y logra sacar en claro dos cosas del aterrorizado hombre: un dibujo de un edificio que el pobre diablo ve en su mente cuando intenta detectar dónde está Kana, y el nombre “Kagutaba”. Casualidades de la vida, Marika Matsumoto se entrevista poco después con el documentalista para explicarle sus extraños episodios de sonambulismo, en los que se dedica a anudar ovillos de lana y cables en un peculiar patrón de círculos, y cuando Kobayashi pone una cámara toda la noche en el dormitorio para ver qué pasa… ¿a que sabéis qué nombre, pronunciado por una voz masculina casi inaudible, se oye en la grabación?

Pero, ¿qué significa esa palabra? ¿Qué significan las extrañas máscaras azules que aparecen por un instante en la grabación de la primera visita a la casa de Mtisuo Hori? ¿Qué demonios tiene que ver todo eso con Junko Ishii y su hijo? Fiel a sus principios, Kobayashi está dispuesto a llegar hasta el final para desentrañar la verdad, por terrorífica que sea; pero no tardará en averiguar que tal vez, sólo tal vez, le hubiera convenido más dejarlo correr.

El proyecto del demonio de Shimokage

De tener a competidores como Goku o el Rey Chapa ha pasado a ser el hogar de segundones como Kactus Kagutaba y el Sintoísta Satanista.

El Gran Torneo de Artes Marciales pasa horas bajas por la crisis.

Os voy a confesar un secreto: en ocasiones veo muertos El proyecto de la bruja de Blair me dejó frío como un témpano cuando la vi. En lugar de la película más terrorífica desde El exorcista, lo que yo vi fue una historia estirada como el chicle sobre tres estudiantes de cine mongolos a más no poder que se pierden en el bosque y desaparecen a manos de, o bien la legendaria bruja del título, o bien el fantasma de un asesino en serie que operaba en el área. Ah, y a la chica con la que fui a ver la película al cine le dio mareo por los constantes vaivenes de la cámara.

Esta explicación viene a cuento de que, cuando veo Noroi, tengo una sensación similar a la que me embargó al ver [REC]: la de que los directores y guionistas vieron El proyecto… y dijeron: “¡qué idea más buena, y qué desaprovechada está! ¡Tengo que remediarlo ipso facto!”

No quiere decir eso que Noroi se parezca mucho a [REC], salvo por el hecho de que ambos filmes se presentan como el documento audiovisual registrado por una persona desaparecida en extrañas circunstancias relacionadas con hechos horribles. Si la película de Jaume Balagueró y Paco Plaza llegaba al terror a través del thriller acelerado y tenso como cuerda de violín, el trabajo del director y guionista Kôji Shiraisi y de su coguionista Naoyuki Yokota lo alcanza mediante un misterio de cocción lenta. De hecho, quizás en algunos momentos la cocción es demasiado lenta, un defecto que parece común en la cinematografía de terror japonesa (algún día hablaré por aquí de Kairo y ya veréis, ya…), y que perjudica un poco a la capacidad de la película de mantener la atmósfera de miedo.

Pero aún así la atmósfera es potente, y el misterio mantiene el interés durante todo el metraje, dejando al final la trama básica resuelta pero con suficientes preguntas sin responder como para volvernos locos interpretándolas durante un buen rato. Además de eso, los sustos, aunque contados, son de los potentes, sobre todo el que hace las veces de revelación final del metraje y el que juega con el uso de la cámara de visión nocturna en un momento dado (mira, otra conexión con [REC]). Lo único que se le puede reprochar en materia de argumento es una laguna bastante clara en relación con el objetivo del “villano principal”, que de acuerdo con todas las pistas que da la historia ya se había cumplido antes de secuestrar a Kana Yano.

Y a la 1.00, Samanta Villar pasa 21 días compartiendo piso con Sadako Yamamura.

Esta noche a las 23.00, Callejeros Cuarto Milenio en Cuatro.

En casi todo momento, la sensación de estar viendo un documental está bastante conseguida, gracias en gran medida a que los actores le ponen toneladas de empeño a dar credibilidad a sus papeles, así como a que varios de ellos, como Marika Matsumoto, se interpretan a sí mismos. Quizá Satoru Jitsunashi, en su papel de vidente loco, resulta un poco irritante a ratos, pero eso es más un resultado de cómo es el personaje: si pudieras escuchar los pensamientos de los que están a tu alrededor en kilómetros a la redonda, ¿no te volverías tú también un despojo histérico y demente?

Sin embargo, he dicho que ese aire de realidad se mantiene “casi” todo el tiempo; el “casi” corresponde a los momentos en los que aparece en la trama un elemento importante. La película desperdicia entonces unos segundos en repetir el momento en el que aparece dicho elemento, con música siniestra y todo, por si los espectadores fuéramos demasiado tontos como para reconocer una pista cuando la tenemos delante. Es algo irritante, que distrae de la historia, y que además pinta a Kobayashi como un director de documentales un pelín amarillista.

A la hora de hacer balance, no puedo decir que me haya gustado tanto como [REC], pero es un buen filme de terror japonés y un buen ejemplo de cómo coger la premisa de El proyecto de la bruja de Blair (que a su vez viene a ser una variación de la de Holocausto caníbal) y aprovecharla mejor que su fuente de inspiración. Recomendable, sin duda, a no ser que os guste el terror algo más “movidito”.

4 comentarios:

Maya Rincón dijo...

que genial eso de las nochicas xDDD QUE GENIAL !! xDDD esto es lo más friki que he leído desde ayer y los niñoscucas ...ya te lo explicaré..


Noroi entonces no? voy a tener que echarle un vistazo...

Fet dijo...

Apuntada.

Anónimo dijo...

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