domingo, 26 de octubre de 2008

Dark Waters: H. P. Lovecraft en Rusia

El mes de octubre llega a su final, y lo va a hacer con la fiesta de importación americana más querida por los aficionados al cine de terror. Que otros lamenten nuestra yankificación por celebrar el Samhain, la Noche de Todos los Santos (pues eso es lo que significa Halloween en inglés); nosotros encontraremos una buena excusa para disfrazarnos, fingir ser monstruos de la noche, beber y divertirnos. Y ver películas de terror, por supuesto.

Y ya que es domingo, hoy voy a sugeriros para acompañar la cercana festividad céltica un título inencontrable en nuestro país a no ser que recurráis a la Mula o a un importador de los buenos: Dark Waters, Dead Waters en su edición de DVD americana, el primer (y hasta ahora único) largometraje del poco prolífico director italiano Mariano Baino. Se trata de una coproducción con Ucrania que debe mucho al cine de maestros del terror como Lucio Fulci, y aún más a los relatos de ese influyente escritor (y estúpido racista) llamado Howard Philips Lovecraft.

Un convento que bien podría estar en Innsmouth

¡Me voy a tirar horas quitando esta mierda roja de encima!

¿Quién me ha ensuciado el poster de la Heavy Rock?

"Soy la que vive y estaba muerta

Y contemplad: vivo para siempre

Y tengo las llaves del Infierno y la Muerte"

Tras abrir el filme con estos macabros versos, nos vemos en una zona costera, pedregosa y sin vegetación, en la que se alza una fortificación: una especie de convento, a juzgar por las figuras encapuchadas que sostienen cruces en un acantilado que está justo delante de la construcción. En la capilla, un sacerdote lee un libro con anotaciones en un lenguaje que parece árabe, mapas y dibujos de aspecto desagradable, mientras afuera ha empezado a llover a cántaros. La lluvia pronto provoca un rosario de goteras en el recinto sagrado, hasta el punto de que una pared se viene abajo y deja pasar un torrente de agua que sumerge al clérigo. Mientras este intenta salir a flote, muere empalado por una cruz que flotaba en el agua.

Intercalándose con el episodio del cura (cuya relación con el resto del filme, si es que existe, nunca llega a revelarse), vemos a una monja huir hasta otro acantilado, llevando en su mano un enorme amuleto de piedra con un diseño exactamente igual a uno de los que veíamos en el libro: la cara de un demonio erizado de colmillos. Mientras parece dudar si salta o no, una presencia sin rostro la sigue hasta allí y provoca su caída; ella muere, y el amuleto se rompe en pedazos, que sus (presumiblemente) compañeras de orden recuperan y ocultan en una caverna iluminada con velas.

Veinte años después, la joven Elizabeth (Louise Salter) viaja en un desvencijado autobús hacia el convento del prólogo, ubicado en algún lugar sin determinar de Europa del Este. Durante el viaje, se dedica a leer una carta de su amiga Theresa (Anna Rose Phipps), que por algún motivo sin aclarar ha ido allí, y que le explica que es un lugar arcaico y sin una sola de las comodidades del siglo XX. Lo que Theresa no le cuenta es que ha empezado a tener motivos para sospechar que pasa algo muy raro en ese lugar. Y tampoco va a tener ocasión de explicárselo en persona: mientras investiga un hueco tras la pared de su celda, encuentra a varias monjas llevando a cabo un ritual de flagelación en las cavernas, pero es asesinada por una de ellas.

Elizabeth llega, de noche y bajo un aguacero de impresión, a una especie de pequeño puerto pesquero. Sus intentos de convencer a uno de los lugareños de que la lleve a la isla donde está el convento son infructuosos, pero cuando sale de su choza tiene la suerte de encontrar a otro marinero más dispuesto. El viaje no está exento de sobresaltos, pues a su benefactor le acompaña en el barco una especie de freak que come pescado crudo cogido de la propia cubierta; el marino le garantiza que es inofensivo para tranquilizarla.

¿Alguien... puede llamar... al traumatólogo de guardia?

Me lo merezco... por hacer el salto del ángel... sin mirar.

A su llegada, Elizabeth es recibida por Sarah (Venera Simmons), una joven novicia que parece la única mujer joven y alegre de todo el convento. No tienen mucho tiempo para conversar antes de que nuestra heroína sea conducida a una entrevista con la madre superiora (Mariya Kapnist), una anciana ciega y con menos voz que Kayako Saeki. A través de la conversación entre la protagonista, la anciana y su intérprete, averiguamos el motivo de la visita de Elizabeth a este lugar tan remoto: quiere averiguar por qué su difunto padre llevaba veinte años pagando una suma de dinero al convento. También confirmamos que las monjas no son trigo limpio, pues le aseguran que su amiga Theresa se largó a toda prisa hace muy poco... lo cual, siendo indulgentes, se puede considerar una media verdad.

Tras verse obligada a dejar sus posesiones terrenales bajo la custodia de la orden (puto ascetismo), Elizabeth pasa su primera noche en el convento. No es una noche tranquila: comienza con un sueño en el que se ve recorriendo una galería subterránea iluminada con velas, hasta llegar a una puerta tras la que se ve una luz brillante, y al despertarse contempla a las monjas salir del convento en procesión, sosteniendo cruces en llamas, y bajar por el acantilado. La estampa se parece sospechosamente a una escena que vivió poco antes de terminar su trayecto en bus, lo que le da más motivos para fisgonear por el convento.

Al día siguiente, su curiosidad le lleva a la polvorienta biblioteca del convento, donde ella y Sarah encuentran un libro bastante parecido al que leía el sacerdote del prólogo. Leyéndolo con detenimiento, Elizabeth se encuentra con unos pasajes que recuerdan al Apocalipsis de San Juan... con algunos añadidos: por ejemplo, que aquellos que vean a la Bestia quedarán marcados con la ceguera (¿alguien ha nombrado a la madre superiora?), que la Bestia es "el Alfa y el Omega, el Principio y el Fin" (¿alguien ha dicho "blasfemia"?) y que es "la que vive y está muerta" (¿de qué nos suena eso?).

Y si la primera noche de Elizabeth no fue tranquila, su segunda noche con la orden le hace parecer un remanso de paz en comparación. La joven vuelve a ver a las monjas, que esta vez llevan un cadáver bajo unas sábanas, y cuando las intenta seguir llega a una especie de pozo, habitado por un hombre ciego y decorado con una escena familiar: un fresco que representa el cadáver de Theresa justo después de ser asesinada. Aterrada por el descubrimiento, Elizabeth cae al pozo, pero logra salir por una puerta situada en una pared del fondo... para encontrarse con Sarah al otro lado, que tras un breve forcejeo logra convencerla de que no está en el ajo con el resto de la orden.

Comparando lo que saben, las dos muchachas llegan a la conclusión de que Elizabeth tiene que largarse lo antes posible de la isla. Y va a ser difícil, porque el barco que la llevó allí no zarpará hasta la próxima semana. Mientras espera, a Elizabeth y su nueva amiga les pueden pasar cosas muy desagradables... como descubrir qué es exactamente lo que las monjas ocultan en el subsuelo del convento.

¡Levántate, Batman, y sigue luchando!

Se decía que era capaz de exorcizar demonios de un regüeldo.

Las caries de Sor Angustias eran conocidas en todo el convento.

El guión inicial de Baino y Andy Bark situaba el filme en Inglaterra, con una protagonista americana, pero la entrada en el proyecto de un productor ruso trasladó el rodaje a Odessa (donde se rodaron las escenas de las catacumbas), Kiev y la península de Crimea. La experiencia fue muy dura para el equipo, que tuvo que luchar contra las duras condiciones climáticas y hasta sufrió un timo a manos de su manager de producción, que vendió su estudio en Odessa a una producción rival y les obligó a desplazarse a Chernobyl (¡eso sí que da miedo!) para completar la película. Es posible que, al igual que George Lucas tras dirigir La guerra de las galaxias, el director italiano quedara escarmentado de esta labor por las penalidades sufridas y decidiera limitarse a escribir guiones.

Y es una lástima, porque Dark Waters es un ejemplo excelente de lo que se ha dado en llamar "terror lovecraftiano", en la misma línea que filmes como El Más Allá de Lucio Fulci. A saber: comunidades cerradas pobladas por personas hoscas y siniestras, escritos que sugieren horrores más allá de la imaginación, macabros cultos a entidades más allá de la realidad, y atmósferas de pesadilla gobernadas por una lógica más simbólica que narrativa; de hecho, esta última solía tomarse las vacaciones cuando Fulci estaba al mando.

En el filme de Baino, las cosas no llegan a los extremos de patinaje neuronal del Padrino del Gore, pero sí que hay momentos en los que estamos tan desorientados como la protagonista; sobre todo en el último tercio del metraje, con sus continuos saltos del presente a flashbacks del pasado, alucinaciones y sueños. Pero, en términos generales, es posible seguir el hilo general de la trama sin demasiado dolor de cabeza. Eso no quiere decir que no vaya a haber ambigüedades en la historia: como ya he dicho, nunca llegamos a entender qué tiene que ver la escena inicial del sacerdote con el resto del metraje, ni tampoco se nos explica qué propósito exacto tienen los rituales que celebran las monjas.

La atmósfera irreal y macabra del filme se sostiene en estos elementos, pero más aún en unos exteriores agrestes y unos interiores hostiles y poco acogedores, así como en una banda sonora de sintetizador-imitando-órgano obra de un tal Igor Clark. En ningún momento de la película estamos en lo que se podría llamar "el mundo normal": de principio a fin, Baino nos sumerge en un universo insular, endogámico y atrasado, habitado por personas que son feas por fuera y, en la mayoría de los casos, también por dentro, y en el que llueve de manera casi constante. El guión inicial de Dark Waters iba a ser una adaptación pura y dura de La sombra sobre Innsmouth, y el resultado final muestra sin tapujos la influencia de esta historia de Lovecraft... aparte de darle al agua un papel muy similar al que tiene en las películas de Dario Argento, y tomar prestada la idea de que la visión del Mal provoca ceguera de la citada El Más Allá.

El final no traiciona el tono lovecraftiano, mostrándonos al obligatorio monstruo de manera oblicua y sirviéndonos las necesarias revelaciones horribles sobre el pasado de la heroína, para desembocar un epílogo que, sin ser igual al de El Más Allá, recuerda mucho a él.

Por cierto, estoy empezando a notar dolor en mi tripita...

A ver si adivinas qué he hecho con la mermelada de fresa. 

En el lado de los fallos, la película no logra provocar ese terror duradero que nos impide dormir durante noches. Tal vez tenga que ver la mala calidad de mi copia, y tal vez tenga que ver que sabemos demasiado poco de la protagonista como para simpatizar con ella hasta pasada la mitad del metraje; y para entonces, ya es un poco tarde para provocarnos insomnio.

Tampoco ayuda que los asesinatos del metraje estén rodados, en general, de manera bastante inepta: en lugar de horrorizarnos con la agonía de las víctimas, parece que la cámara se limita a mirar estos sucesos de reojo, salvo honrosas excepciones. Y en estos casos, tampoco es que nos asalte la brutalidad de los hechos, sino que nos quedamos pensando "mira, otra escena de sangre y vísceras".

De modo que esta no es una película para los que disfrutan tensándose cual cuerda de violín y temiendo ver en las esquinas oscuras a los monstruos de la peli, como yo. Más bien es para los que saben saborear una historia de ambiente ominoso y llena de referencias a horrores blasfemos anteriores al advenimiento del hombre... un club del que también soy miembro.

5 comentarios:

lasaga dijo...

No conocía este titulo, me le apunto.

No sabia nada de Lovecraft y el racismo, cuenta un poco mas a ver

Pequeño perdedor dijo...

Lo explican bien en http://es.wikipedia.org/wiki/Howard_Phillips_Lovecraft#Racismo. Básicamente, el hombre estab muy escocido porque, descendiendo de una familia cuyos antepasados se remontaban a los primeros colonos blancos de Estados Unidos, vivía pobre y sin reconocimiento; y por ello lo descargaba con el que no pertenecía a su "alto linaje".

Vamos, que le pasaba lo que a tantos genios: un talento divino combinado con una soplapollez rayana en la oligofrenia.

Santos G. Monroy dijo...

Acabo de dar con tu blog. No tiene desperdicio, por lo poco que he visto: Pavor, oscuridad, Lovecraft, videojuegos de canguelis, la secuela de uno de mis videojuegos favoritos (System Shock 2), referencias a los geniales Thief. Nada nada, te apunto a mi tripulación. ¡Saludos!

Paula dijo...

Hay Halloween en Ciudad Real? porque en Santander nada de nada... y yo quiero!

Pequeño perdedor dijo...

Algo hubo, en según que locales. Poquito, pero hubo