lunes, 26 de noviembre de 2007

Phenomena: la doncella, el dragón y el Profesor X en los Alpes suizos

Hace seis días que se celebró el 20-N, día en el que un grupo de ancianos nostálgicos y seniles, acompañados por niñatos que no tienen ni idea de lo que supondría vivir de nuevo bajo el antiguo régimen, rindieron homenaje al sátrapa gordito que nos tuvo cuatro décadas bajo un conjunto de principios morales y políticos tan retrógrado como delirante. Esa jornada, las demás personas nos limitamos a continuar con nuestra rutina cotidiana, parando si acaso un momento para alegrarnos de que hace 32 años que nos libramos de tal tipejo. En mi caso, elegí revisar, a fin de tratarla aquí, la segunda película de Argento en la que se inspira cierto juego japonés de Super Nintendo. Arrellanáos en vuestra silla o sillón, y preparáos para todo un canto de amor a la naturaleza y a los animales... aderezado con un asesino misterioso, poderes sobrenaturales y prefiguraciones de CSI.


Yo quisiera ser civilizado como los animales

Así cantaba hace ya tiempo Roberto Carlos (no, el futbolista no) en El progreso, uno de los temas más famosos del cantante melódico brasileño, y uno de los más demoledores con nuestra manera de vivir. Un tema que bien podría hacer suyo, aunque con arreglos heavymetaleros, Dario Argento. En sus filmes, los animales siempre han tenido un importante papel, algunas veces como siervos del Mal, pero la mayoría de las ocasiones como meros testigos mudos o incluso aliados de los protagonistas: El pájaro de las plumas de cristal, por ejemplo, se llama así porque el ave de dicho nombre es la que acaba delatando la localización del asesino. Ese amor por los animales tiene su expresión máxima en nuestra película de hoy, cuya idea surgió tras leer un artículo sobre entomología forense. Argento se lamentaba de que muchas especies de insectos se estaban extinguiendo sin que nadie luchara por ellos como se lucha por las ballenas o los delfines, y pretendía aportar su granito de arena con el retrato positivo que hace de los mismos en el filme.

Para protagonizar este alegato en favor de los insectos vestido con ropajes de thriller sobrenatural, el director romano hizo una de las mejores elecciones de casting de toda su carrera. La joven actriz y modelo Jennifer Connelly acababa de debutar en el cine con un breve pero muy intenso papel en Érase una vez en América: el del amor imposible del futuro gángster David Aaron "Noodles". ¿Quién podía dar mejor el tipo de muchacha inocente cuyo paso a la madurez implica enfrentarse a un gran peligro? ¿Quién no se enamoraría de ella al verla en pantalla? ¿Quién no la animaría al verla en peligro y desearía que saliese con bien al final? Si alguien ha contestado "yo no" a las preguntas anteriores, que haga el favor de mirar en el diccionario lo que es una pregunta retórica; y ya de paso, que se compre un alma de repuesto, que la suya está más que deteriorada.

Con semejante conjugación de factores, tenía que salir una obra maestra. Lo que salió, sin embargo, es una de las películas más apaleadas por los críticos. A los detractores de Argento les provocó un patatús, y hasta algunos admiradores del director renegaron de la película. Lo más gracioso de estos últimos es que adujeran motivos como el exceso de elementos argumentales o la disparidad de estilos en la banda sonora... cuando luego aclaman Inferno, que en recargar el argumento y variar el estilo estilo de la banda sonora con cada escena no tiene rival. Pero todo eso no importa, porque el tiempo ha dado la razón a Argento: Phenomena se ha convertido con el paso de los años en un filme de culto. Ahora vamos a intentar ver por qué.


Abuelito dime tú, ¿por qué matan a muchachas por aquí?

La película empieza en boscosa, montañosa y bucólica Suiza, en una región conocida como "la Transilvania suiza" (con un apodo tan halagüeño, dan ganas de irse de vacaciones para allá). Un autobús recoge en medio del campo a una comitiva de turistas y emprende la marcha, sin darse cuenta de que se ha dejado en tierra a una pasajera (Fiore Argento, hija mayor de Dario). Mientras una evocadora melodía acompaña a los créditos iniciales, nuestra turista despistada intenta buscar ayuda y refugio frente al viento en una casa de campo apartada del camino. Tras entrar por la puerta principal, que no está cerrada con llave (mala señal) intenta llamar a voces la atención de quienquiera que habite en la vivienda. No sabe que hace tiempo que ha llamado la atención del único inquilino presente en el lugar; tampoco sabe que más le valdría volver a la carretera y hacer dedo hasta la población más cercana, pues dicho inquilino está encadenado a una pared, y apenas ha visto a la joven ha empezado a pegar violentos tirones a sus cadenas hasta arrancarlas de cuajo. Pero ya es demasiado tarde para ella: el misterioso ocupante de la casa la ataca, primero con las cadenas y luego con unas tijeras de costura, y tras una persecución que les lleva a un mirador sobre una cascada la apuñala y decapita. La cabeza cae al agua y baja por las corrientes hasta hundirse en un tranquilo remanso. En poco más de seis minutos, ya tenemos la primera víctima de la película.

De hecho, se trata de la primera de una larga serie, como descubrimos en la siguiente escena, en la que el inspector Geiger (Patrick Bauchau), investigador de la policía suiza, ha llevado la cabeza, ya pasto de los insectos y gusanos, al entomólogo escocés John McGregor (Donald Pleasence, el inolvidable doctor Sam Loomis de La noche de Halloween). McGregor es un especialista en insectos necrófagos, postrado en una silla de ruedas tras un accidente de coche, y que vive con la única compañía de Ingrid, una chimpancé entrenada que hace las veces de enfermera. Por las especies de larvas y gusanos que se encuentran en los restos de la cabeza, McGregor determina que la muerte ocurrió hace ocho meses y medio; más o menos por la misma época desapareció una turista danesa llamada Vera Brandt, la primera de una serie de jóvenes de las que nunca se ha vuelto a saber, y cuyo caso está investigando Geiger. El hallazgo viene a confirmar que las jóvenes desaparecidas, entre las que se encuentra Greta, una muchacha que solía visitar a McGregor, han sido víctimas de un asesino en serie. No es que el buen profesor no se oliera algo así, pero darse de morros con la fea, feísima prueba de lo que es probable que le sucediera a su joven amiga tiene que ser bastante duro de sobrellevar.

Enmarcada ya la premisa del filme, es hora de que conozcamos a nuestra protagonista: Jennifer Corvino (Jennifer Connelly), la guapa hija adolescente del famoso actor y director Paul Corvino, que ha venido a Suiza a estudiar interna en el elitista colegio de señoritas Ricardo Wagner (no os riáis, así le llaman en el doblaje español). En el viaje desde el aeropuerto hasta el centro le acompaña una de las profesoras, Miss Bruckner (Daria Nicolodi, pareja durante muchos años de Dario Argento y madre de Asia Argento). Durante el trayecto, sufren un percance típico de los viajes en coche por el campo: una abeja entra por la ventanilla. Pero mientras que Miss Bruckner se asusta e intenta mantarla, Jennifer la trata con delicadeza y deja que se pose en su mano. Ante la mezcla de sorpresa y asco de la profesora (y de unos cuantos espectadores, no me cabe duda), la muchacha explica que los insectos le gustan y que jamás le han hecho daño; mientras dice esto, acaricia el lomo de la abeja, lo que nos da la primera pista de que esta muchacha es algo más que una amante de los animales corriente.

Apenas llega al colegio (con voz de narrador incluida... ¿a qué nos recuerda eso?), Jennifer conoce a su compañera de habitación, Sophie (Federica Mastroianni, sobrina de Marcelo Mastroianni). También conoce a la estricta directora del centro (Dalila di Lazzaro), que entra para confiscar los posters de Paul Corvino que Jennifer ha traído consigo y recordarle con ello lo estrictas (léase: estúpidas, crueles e irracionales) que son las reglas en este lugar. El incidente sirve para que Jennifer y Sophie traben amistad, ya que esta última es "fans" (que es como ser "fan", pero en plan histérico-Super Pop) del apuesto padre de la primera, y le hace mucha ilusión compartir clase y dormitorio con la hija de su ídolo y mito erótico. A modo de inauguración de su amistad, Sophie hace gala de su conocimiento sobre los chismes de la familia de Jennifer, y esta a su vez le habla sobre el día en que su madre abandonó a su padre (basado en el día en que la madre de Dario Argento hizo lo propio con su padre, Salvatore).

Esa misma noche, lo extraño empieza a invadir la vida de Jennifer. Aquejada de un ataque de sonambulismo, se levanta y empieza a deambular por el colegio hasta llegar a la cornisa del último piso. Al mismo tiempo, el asesino que opera por estos parajes persigue a su nueva víctima por el interior de un edficio aparentemente abandonado. Sus caminos se cruzan al final cuando Jennifer presencia desde la cornisa la muerte de la joven, lo que no es suficiente para sacarla de su trance. Tampoco sale de él cuando la cornisa se desprende a su paso y, gracias a una inverosímil (en el mundo real, claro, pero no en Argentolandia) sucesión de casualidades, logra llegar al suelo sin romperse nada, ni cuando sufre un leve accidente con un coche conducido por dos chicos. Los jóvenes intentan llevarla a un hospital, pero ella se debate en sueños, intentando despertar, y acaba cayéndose del coche y rodando cuneta abajo hasta el bosque; los chicos deciden dejarla tirada ahí, pensando que está drogada, y demostrando con ello que el asesino debería ampliar su campo de acción a los niños pijos con coche. Al menos la caída tiene al final el doble efecto positivo de despertarla sin que recuerde lo que le ha pasado durante su paseo nocturno y cruzarla en el camino de Ingrid, que la conduce hasta el profesor McGregor.

El encuentro con McGregor es de lo mejor que le podría pasar a Jennifer, ya que el entomólogo no sólo empatiza con ella (es guapa y le encantan los insectos: ¿qué más puede pedir?) y le permite pasar la noche en su casa (sin segundas intenciones, no seáis malpensados), sino que se da cuenta de un curioso detalle: un escarabajo que está estudiando en esos momentos se excita ante la presencia de la muchacha, y segrega por sus glándulas la sustancia que utiliza para atraer a la hembra. Al profesor le sorprende tanto más por estar fuera de la época de celo de este insecto, pero no se le ocurre qué demonios puede causar este comportamiento. Antes de que la chica vuelva al Ricardo Wagner (no sé cómo puedo poner esto sin que me entre la risa), McGregor le sugiere que la próxima vez que le pase se repita a sí misma "ando dormida, debo despertarme" hasta salir del trance.

La directora del colegio se toma con bastante menos alegría el sonambulismo de Jennifer, y la obliga a pasar un examen médico con electroencefalograma incluido, sugiriendo que puede ser esquizofrénica o estar drogada; como es de esperar, Jennifer, que durante la prueba sufre breves flashes del asesinato que presenció sin saberlo, acaba marchándose de la enfermería con un importante cabreo. Las compañeras de Jennifer tampoco se toman bien el problema de la joven: por alguna disparatada razón, que a buen seguro tiene que ver con pasar la edad del pavo en un internado y bajo la supervisión de una descendiente directa de la señorita Rotttenmeier (ni a mi peor enemigo le deseo algo así; bueno, a mi peor enemigo sí, pero no a los demás), creen que se está dando aires de importancia.

La noche cae de nuevo, y Jennifer convence a Sophie de que la vigile mientras duerme, para despertarla en caso de que le dé otra vez por pasear sonámbula. Con lo que las chicas no cuentan es con la inesperada visita del novio de Sophie, un milico. Al ver las señales de luz que este le manda, Sophie se escabulle para tener un encuentro clandestino con él, dejando a Jennifer sin supervisión. Como es de esperar, sufre otro episodio de sonambulismo, pero gracias al Método McGregor (tm) sale del trance... para descubrir que está sola. Jennifer sale inmediatamente a buscarla, sin saber que su amiga acaba de tener un fatal encontronazo a la vuelta de su cita. Sola y sin ninguna idea de dónde puede estar Sophie, nuestra heroína recibe la inesperada ayuda de... una luciérnaga. Como si el insecto supiera a quién busca (guiño-guiño) , guía a Jennifer hasta un guante enganchado a una reja, cubierto de gusanos; este guante le provocará a Jennifer el susto de su vida cuando, al llegara su habitación, su visión se convierta por un momento en la de unos ojos compuestos... que contemplan el cadáver de Sophie.

Este suceso, aparte de disparar la hostilidad del entorno académico hacia ella (que culmina en una memorable escena que viene a ser como el clímax de Carrie pero con menos sangre de cerdo y más insectos cabreados), confirma un inesperado y prodigioso hecho: Jennifer posee la capacidad psíquica de empatizar con los insectos. Y esa capacidad, junto con la sabiduría del profesor McGregor, puede ser la que permita a la joven encontrar al responsable de la muerte de su amiga... a no ser que el asesino le mande a hacerla compañía antes.


¡Insecticos y monetes! ¡Ay los monetes!

No puedo culpar demasiado a la crítica convencional por odiar Phenomena. ¿Qué pensarían al ver semejante mezcla de thriller sangriento, misterio y poderes paranormales que bien podría colar en un episodio de los orígenes de los X-Men? Casi me imagino a los más altos del gremio (léase: pedantes que creen que de John Ford para acá todo es una mierda) echando espumarajos por la boca al aparecer los créditos finales. Lo que no acaba de entrarme la cabeza es que haya devotos de Argento a los que no les gustara.

Para empezar, la trama es otro cuento de hadas sangriento, igualito que en Suspiria: una joven que llega a una tierra desconocida para ella debe enfrentarse a un terrible mal para devolver el orden de las cosas a su estado natural y dar el primer paso a la madurez. Multitud de relatos míticos (es decir, de cuentos de hadas) comienzan con la toma de conciencia de la perturbación de una armonía idílica; el asesinato inicial representa esa ruptura, y la toma de conciencia de la misma se produce en la escena posterior, cuando McGregor constata que las desapariciones de muchachas son obra de un asesino en serie. Jennifer es la doncella inocente y virtuosa (de ahí que vista de blanco en casi todo momento) capacitada para enfrentarse al Mal, y McGregor es el sabio mentor (con bastante de precursor del insigne Gil Grissom y otro tanto, dado el contexto, del Profesor Xavier)que le enseña los conocimientos que le harán falta en su misión. El asesino, por supuesto, es el monstruo, el dragón, la encarnación del Mal a la que la heroína debe vencer para restaurar la paz en el lugar.

El guión se atiene más a la lógica del relato mítico que a la de nuestro mundo real, y eso tal vez explique que haya detalles que no tengan mucho sentido en un primer visionado: sí lo tienen, lo que pasa es que dicho sentido no es el normal en nuestro mundo, sino el normal en Argentolandia. Por ejemplo, tenemos la desaparición de la escuela por más de un día de Jennifer, que en el mundo real provocaría una operación policial de búsqueda (ya me puedo imaginar a la directora del colegio comiéndose las uñas de ansiedad y preguntándose a cuánto estará el billete para Pernambuco en caso de que la muchacha no aparezca), aquí no parece despertar mucho la ansiedad ni del centro de estudios ni de la policía, aunque sí del abogado de la familia, como vemos al final de la película. También nos podemos detener en la burla multitudinaria a la que la joven se ve sometida por parte de sus crueles compañeras, con el beneplácito velado de la directora; si bien antes se nos han dado pistas de que Jennifer empieza a no caer bien entre las demás alumnas, no se nos da suficiente motivo para que de repente se lancen en manada a mantearla (y eso convierte esta escena en un genuino "momento ¿¡EEEEEEEEEEEHHHH!?").

La naturaleza misma se nos presenta como aliada de la heroína. Los insectos, en apariencia tan insginificantes y hasta repulsivos, actúan como fuerzas positivas que ayudan a Jennifer a investigar los crímenes y hasta protegen su vida en varias ocasiones. Son a la vez avisos mudos de la presencia del Mal, como en Suspiria, y agentes activos en la lucha contra él. No debemos olvidar tampoco a Ingrid, la servicial asistente del doctor McGregor, cuyo papel en el final de la historia es muy similar al del cazador en Caperucita Roja (y hasta ahí puedo leer...). Los fenómenos naturales tienen un papel más ambiguo: el viento, tradicional aviso de la presencia del mal en el cine de Argento, está muy presente durante todo el metraje, y llega a sugerirse que puede tener relación con la violencia del asesino, mientras que el agua, otro símbolo frecuente de la inminencia de la muerte, aparece tanto al principio como en el clímax final. En cuanto a los adversarios a los que Jennifer tiene que superar, no todos son aliados directos del Mal. Están los que son estúpidos e ignorantes y no miran más allá de sus prejuicios, como la directora, que equipara a Jennifer con el bíblico Beelzebub, Señor de las Moscas, o las compañeras de clase de la muchacha. Por otro lado tenemos al monstruo y a su cómplice, que van matando a las personas que intentan ayudar a la joven o hacer amistad con ella. Unos y otros aúnan esfuerzos sin darse cuenta para dejar a Jennifer sin refugio seguro alguno y obligarla a enfrentarse cara a cara con el monstruo.

Y ya que mencionamos al monstruo, no podemos obviar la carga de perversidad que lleva encima, y sin la que una película de Argento sería como una película de Jackie Chan sin tortas. Aunque nunca se llega a decir de modo explícito, la motivación de los crímenes del asesino es claramente sexual. No hay más que ver su reacción al ver a la primera víctima acercarse a su guarida, recorriéndola de arriba a abajo con la mirada y tratando de liberarse con violencia de sus cadenas. Durante la secuencia del primer asesinato, enrolla a su víctima con las cadenas que le ataban (lo que equivale al manoseo y la subyugación al que un violador somete a su víctima) para luego apuñalarla hasta morir con unas tijeras (que no hace falta ser Freud para imaginarse qué simbolizan); las siguientes muertes de jovencitas las lleva a cabo con un instrumento aún más fálico, una lanza desmontable. Pero ahí no acaba el festival de depravación, porque nuestro asesino, como explica el profesor McGregor tras analizar el guante encontrado por Jennifer, se lleva los cuerpos a su guarida para mantener "contacto" con ellos. No hace falta que diga aquí la clase de "contacto" que me viene a la mente ante estas palabras.

En resumidas cuentas, para apreciar el lioso pero fascinante guión de Phenomena tenemos que cambiar el chip "thriller misterioso y sangriento" a "cuento de hadas misterioso y sangriento". Así apreciaremos mejor la resonancia simbólica de sus escenas... y sabremos perdonar mejor sus lapsos de lógica.


"Os amo. Os amo a todos"

Por otra parte, la película tendrá un guión digno de los Hermanos Grimm en pleno colocón de tripis, pero no valdría ni como papel higiénico si la cinematografía, la música y los actores fueran de tercera regional. Empezando por estos últimos, no puedo decir que destaquen mucho sus interpretaciones (algo que suele pasar en las películas de Argento, qué se le va a hacer), salvo por la bella y poderosa presencia de Jennifer Connelly, que ilumina la pantalla en todas sus escenas. Tanto Pleasence como Nicolodi parecen estar correctos, aunque siempre resulte difícil de apreciar en una versión doblada, y Dalila di Lazzaro no tiene que poner mucho esfuerzo para ser creíble como una institutriz reprimida metida a directora de escuela.

La fotografía se caracteriza por utilizar iluminación natural en casi todas sus escenas, en claro contraste con la manera de obrar de Argento en Suspiria. Pero eso no significa que la película no haga uso del color: al contrario, el azul del cielo, el verde de los bosques y campos y el blanco de la nieve y de los vestidos de nuestra protagonista dominan una paleta que nos transmite el ambiente campestre, bucólico y algo frío de un cantón suizo. Argento también utiliza los colores para hacer una identificación simple, pero efectiva, de los personajes principales: como he dicho repetidas veces, la heroína viste de blanco (¡ALERTA: SPOILER AL SELECCIONAR EL TEXTO!) mientras que para buscar a su antagonista sólo tenemos que fijarnos en quién viste de negro. Argento también hace gala de sus trucos de cámara y puntos de vista imposibles, haciéndonos ver el mundo no sólo a través de los ojos del monstruo, sino de los ojos compuestos de los propios insectos, en un nuevo alarde audacia e inventiva del hombre que quiso rodar una escena de Inferno desde el punto de vista de un rayo al caer.

Para la música, Argento contó con la mitad de los Goblin (Claudio Simonetti y Fabio Pignatelli) bajo el nombre de la banda para la mayor parte de la música. El resultado es una banda sonora exagerada, grandilocuente y fabulosamente ochentera, con una mezcla de teclados tecnopoperos y voz de soprano ululante en el fabuloso tema central, y una combinación de temas tranquilos e intimistas para los momentos de paz con otros algo más tensos. No llega, sin embargo, a acercarse al nivel de tensión y mal rollo que generaban los Goblin al completo en Suspiria.

Pero los Goblin no son los únicos que ponen música a la película. El mismísimo Bill Wyman, por entonces todavía bajista de los Rolling Stones, se encarga del melancólico y siniestro tema inicial, mientras que Simon Boswell (cuyo grupo, Andi Sex Gang, aparece en el disco de la película pero no en el filme) pone otro temita oscuro y amenazador.

El capítulo más controvertido en la música de la película es la utilización de heavy metal en algunas escenas, que le valió los odios de muchos... lo que demuestra que entre detractores y fans de Argento hay muchos cretinos con el gusto musical en el recto. La canción Flash of the Blade, de los Iron Maiden, acompaña el segundo asesinato de la cinta de manera muy apropiada (por el título, más que por la letra), ayudando a mantener la tensión aún en los momentos en los que no pasa mucho en la pantalla, aunque se corte de manera muy abrupta al cambiar de escena. En el tramo final de la película vuelve a ser utilizada con parecido resultado en otra situación de tensión. No se puede decir, sin embargo, que la inclusión de Locomotive de Motörhead funcione tan bien, porque no pega mucho con lo que pasa en la escena a la que acompaña.

Creo que lo mejor que puede definir esta película es su carácter rabiosamente ochentero. Su música, su estilo visual y su historia nos retrotraen a esa época tan fabulosa y hortera en la que el cine de terror italiano todavía estaba en boga. Es una lástima que el DVD sea inencontrable en España (la última edición data de 2005), pero si tenéis afición por la peculiar cinematografía de Argento haréis muy bien en comprarla si se os cruza la oportunidad. A no ser que seáis de esos aficionados que reniegan de Phenomena, en cuyo caso rezaré porque el buen Dios (o el mal Diablo) os quite las telarañas de los ojos y os recomendaré que reviséis Suspiria, Inferno, Rojo oscuro o Tenebre mientras esperáis a que se produzca el milagro.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

He leido tus análisis (que no críticas) al cine de Argento y son de quitarse el sombrero. Lo mejor y más completo publicado en español.

Pequeño perdedor dijo...

He cabalgado a hombros de gigantes, como quien dice: libros como "Darío Argento o la alquimia del miedo" (editado por Glénat hace eones) o "Broken mirrors, broken minds" (de Maitland McDonagh) me dieron muchas claves para entenderle mejor.

Y si lo que el caballero echa de menos es que me ponga crítico con Don Darío, no se preocupe, que ya hablaré de Insomnio por aquí algún día :P

Anónimo dijo...

Tengo ahora mismo entre mis manos
"Argento o la Alquimia..." (no, no es casualidad) y tus análisis son mucho más disfrutables, entretenidos y completos. Cuidado con tus "gigantes", que lo mismo son molinos...

Y no, lo de "análisis" no va por ahí, sino justo lo contrario: estoy hasta los cataplines de leer las "sesudas críticas" de parias que no se han molestado en dedicarle un sólo segundo de su tiempo a tratar de saborear a Argento, a buscarle las vueltas o a internarse en su mundo simbólico (aquí "Argentolandia") y que, a pesar de ello, no dudan en dejar para la posteridad sus "profundas reflexiones".

Ahora,si realmente te apetece echar mierda sobre el Maestro (con fin edificante, desde luego), mejor empieza por "La Terza Madre"...
Telita.

Anónimo dijo...

Vamos, lo dicho, un gran trabajo. Sí te animas a escribir otra, la leeremos con gusto.

Pequeño perdedor dijo...

Oh sielos, ¿fastidió La terza madre? Con las ganas que teníamos de ver la trilogía concluida...

Bueno, antes tendré que repasarme Inferno. Y Tenebre, qué demonios ;)