¡Buenos días, tardes, noches o momento del día concreto en el que me leáis! Espero que no se os haya hecho larga la espera de un nuevo post: con eso de mi trabajillo temporal (aunque bien pagado), la verdad es que no tenía espíritu para ponerme a darle a la tecla. Ahora que se me ha terminado el trabajillo temporal (aunque, recalco, bien pagado), y como ya no me noto tan terriblemente agotado (para eso habrá que esperar a que el paro me haya minado debidamente la moral), encuentro que éste es un momento bastante bueno para retomar mi análisis del Morrowind por la parte en la que lo dejé: la correspondiente a sus dos expansiones, que vienen de serie con el juego completo en la única edición oficial que puede encontrarse de él en la actualidad.
Sí hombre, para Juegos de Tronos estoy yo ahora
¡Un asesino menos! Quedan… uh… doscientos, decena arriba o abajo.
Por cosas de la vida, esta entrada del blog ha salido unas cuantas semanas más tarde de lo que pretendía. De hecho, mi pretensión inicial era poner un irónico contrapunto a la celebración del Día de Gastarnos los Cuartos en Aparentar Ante Nuestra Pareja, conocido popularmente como Día de San Valentín, pero una mezcla de natural vagancia y jaleos diversos en los que me he metido, incluido el comienzo de mi nuevo trabajo y mi visita a las Cromel, retrasaron mi propósito de actualizar. Y como a estas alturas hablar de pelis de psicópatas asesinos ambientadas en pleno Día del Corte Inglés los Enamorados quedaría muy pasado, mejor hablo de cierto estreno todavía en cartel. Uno de esos que acojona casi como una peli de terror japonesa, sólo que con genuino sabor británico y un nombre que va a juego con este, nuestro blog: La mujer de negro. Y no podría ser menos, ya que es una producción de Hammer Films, la productora que toma el nombre (y, por lo visto, testigo) de la que fuera mítica casa del cine de terror hecho en las Islas Británicas, y además una adaptación de la novela homónima que ya fuera llevada al cine por Nigel Kneale (El experimento delDoctor Quatermass) y a las tablas en una exitosa obra teatral.
Y cuando digo “morir”, quiero decir “hacerme una cuenta de Twitter” Sí, en lugar de la imagen de Graf Orlok, ahora luce en la página una bonita ventana a mis desvaríos en versión breve, para los que no podáis aguantar la espera a que me levante de mi delgado, fofo y holgazán culo para actualizar esto.
Endemientras, escuchaos un poco de música de la buena para aguantar la espera.
No sabéis la de años que llevo deseando hacer por fin este chiste. Aunque sea uno de los juegos de palabras más infames que jamás he pergeñado.
¿Todo bien en vuestras vidas? En la mía, por increíble que parezca, las cosas van por fin sobre ruedas, o al menos mejor que el pasado año por las mismas fechas. En menos de un par de semanas, si la cosa no se tuerce, comenzaré un nuevo trabajo, y estoy que no quepo en mí de gozo, ilusión y nerviosismo. Por otra parte, me siento bastante avergonzado de tardar tanto en actualizar el blog, pero tengo mis motivos; más bien, un solo motivo, y de él os vengo a hablar hoy. Aprovechando que ahora mismo sigue de moda el Skyrim, quinta entrega de la ilustre saga The Elder Scrolls, voy a tratar en profundidad las bondades (y fallos) de una de sus precuelas, la tercera parte de dicha saga, que me ha tenido la mayor parte del mes de enero (sin contar lo que ya lleva transcurrido de febrero) tan ensimismado como a muchos de vosotros las aventuras del Nacido del Dragón.
El regreso del héroe que fue y será
Curiosidad: nuestro compañero en la nave-prisión acabaría siendo declarado santo por haber expulsado de Morrowind a los corredores de acantilado.
En vista de que parece que en este bluaj hablamos más de videojuegos que de cine, y de que hace eones que no promociono el trabajo de mis colegas con impúdicos panegíricos, permitidme que os ofrezca, queridos lectores, un excelente cortometraje para que visionéis. … y Dios en la de todos, escrito y dirigido por una buena amiga de este blog, ofrece una deliciosa mezcla entre comedia negra y escalofriante radiografía de la maldad y de la falta de empatía que pueden desplegar las personas normales y corrientes. Disfrutadlo.
El primer mes del año ya llegó a su final, y atrás queda la alegría del día de Reyes y la tristeza de ver que la economía de este país, y la de todo el mundo, va tan de culo o más que el pasado año. Y eso sin contar la que produce ver desaguisados como el naufragio del Costa Concordia, la absolución de los cómplices de Miguel Carcaño en el juicio por la muerte de Marta del Castillo, la de el presidente Francisco Camps en el caso Gürtel, y todo lo que tiene que ver con la puñetera ley SOPA y con el cierre de Megaupload, aunque de eso último tal vez hable en un manifiesto/sarta de chorradas al estilo del que ya pergeñé hace un par de añitos cuando todo el jaleo de la ley Sinde. Y sin tener en cuenta, tampoco, el pesar que me produce mi propia tendencia a la apatía y al derrotismo, que sigue presente a pesar de tenerla más controlada merced a las maravillas de la ciencia psiquiátrica y farmacológica. Debe de ser que enero, al venir justo después de unas fechas de alegría y reencuentro con la familia y ser un mes invernal, siempre da más sensación de que todo es sombrío y chungo.
Y hablando de felicidad navideña, tengo que decir que la hubo a manos llenas durante mi visita a la familia. No sólo compartí fechas tan señaladas con mis padres y mis hermanos, sino que inicié a mis sobrinos en el maravilloso mundo de los juegos de rol con las Aventuras en la Marca del Este, confirmando de paso el teorema de Doña Pitu y Herberwest según el cual toda partida, sea al juego que sea, se convierte al cabo de unas pocas sesiones en una iteración de Fanhunter. En este caso particular, la fanhunterización se produjo desde la sesión inicial, con momentos tan memorables como el ataque de risa de mi sobrino pequeño al hacer un juego de palabras entre el nombre de la capital de Reino Bosque (Marvalar) y “malabares”, o la decisión conjunta de los cuatro chavales de rebautizar al malvado clérigo Cartaramûn, villano principal de la aventura introductoria que les dirigí, como “Carteraman”.
Pero esto no es un blog de rol (por ahora), sino de cine y videojuegos rarunos (o no rarunos, pero que “molen”, desde el punto de vista de este humilde juntaletras), así que corto ya con el rollo “Qué triste es mi vida, volumen LXXVII” y voy con la película de este post. A ver, ¿cuántos de vosotros conocéis Redline?
Parece un películón, ¿eh? Eso pensé yo, y por eso me dirigí ipso facto a Películas Yonkis a echarle el guante… para descubrir que la que habían subido con la ficha y la descripción de esta peli era otra Redline, rodada tres años antes que la japonesa, y que a su manera resulta tan interesante como ella… aunque no precisamente por sus virtudes cinematográficas.
Y cuanto más acelero, mayor hostiazo me pego
Esta imagen bien podría ser un resumen gráfico de la película. Pero, al mismo tiempo, es incapaz de reflejar sus muchas y extrañas peculiaridades.