martes, 22 de julio de 2014

El ataque de los tomates asesinos, o el rancio buqué de la caspa clásica

¿Es una primavera sin La Página Negra una primavera de verdad? Espero que así sea, porque si no ¡vaya faena que os habré hecho este año! Eso sí, mi ausencia está (semi) justificada: los chicos de Pixel Busters y algunos amigos cercanos nos hemos embarcado en la aventura de hacer una revista digital de videojuegos, Game Report. Visitad el enlace y descargad los tres números que hemos hecho hasta ahora; para los que seáis fans de mis gilipolleces, el número 2 contiene mi debut en la revista con un artículo dedicado a dos de los padres fundadores del survival horror (Clock Tower y Sweet Home), y el número 3 tiene un artículo dedicado al Official Nintendo Seal of Quality (y todo lo que llevaba detrás) y un análisis de Earthbound, el mítico RPG de Shigesato Itoi para la Super NES.

Hay otro motivo más para mi ausencia, y éste es más difícil de justificar: estos meses me ha dado una pereza enorme ver películas para analizar. Suena feo, pero lo es todavía más cuando se contempla el pedazo listado de filmes que tengo en mis manos y que aún no he visto. Fiaos de mí cuando os digo que veo la lista, reflexiono sobre mi pereza y me entran ganas de darme de palos de pura vergüenza… pero no las suficientes como para solucionar la situación. Es increíble lo desmotivador que resulta llevar parado una larga temporada y, para colmo, con la muerte de tu padre de por medio, en especial por las ideas tan sombrías que van anidando en tu cabeza hasta que se convierten en el filtro a través del cual procesas toda la realidad.

¿Tiene esto algo que ver con mi decisión de traeros en el post de hoy una película que, en buena medida, es la antítesis de tan negros pensamientos? En realidad, no, pero eso ya os lo explico más adelante; por ahora, dejadme que os presente El ataque de los tomates asesinos, un filme del que todos hemos oído hablar pero que no hemos visto tantos. ¿Merece su status de peli de culto, o es que la gente es una exagerada? ¡Leed y averiguadlo, leches, que para eso está este blog!

Redondos, rojos, jugosos y… ¿mortales? ¿¡EN SERIO!?

Un momento, si se hace con carne humana... ¿no sería estofado? ¿O sandwich?

¡VAS A VER TÚ AHORA QUIÉN HACE ENSALADA A QUIÉN, HUMANA DE MIERDA!

En 1963, advierte el texto que abre el metraje, Alfred Hitchcock planteó en Los pájaros la invasión de una tranquila población costera por una gigantesca bandada de aves; la gente se lo tomó a cachondeo hasta que, en 1975, algo así como siete millones de mirlos invadieron la ciudad de Hopkinsville, Kentucky (punto de peregrinación magufo por su famoso duende) y resistieron todos los esfuerzos humanos dirigidos a desalojarlos. Una advertencia de lo más ominosa, ¿verdad?

Pues tranquilos, que la peli no va a tardar en mostrar sus verdaderos colores con su escena inicial; en ella, un ama de casa deja un tomate en el fregadero, cuando la fruta empieza a rodar por sí misma mientras emite un sonido similar al de un niño bisbiseando (o refunfuñando), salta del fregadero, y se abalanza sobre la pobre señora mientras esta no puede reprimir un grito de horror ante la amenaza. Sí, chicos y chicas, al fin ha ocurrido: ya sea por mutaciones derivadas de la contaminación ambiental, por los experimentos con transgénicos (¿existían entonces?), o por algún ritual blasfemo realizado por una secta satano-vegana, los tomates han cobrado conciencia propia y han declarado la guerra a la raza humana.

Ya os he visto la sonrisa burlona, ya. ¿Qué amenaza pueden suponer unas frutas (que no verduras) cuyas características principales son su consistencia blanda y su facilidad para ser aplastadas? Por desgracia, los Estados Unidos que nos presenta este metraje son un país regido por un presidente tan idiota como para vender la Estatua de la Libertad a Israel, y habitado por gente tan estúpida como para reelegirle después de semejante barrabasada; o sea, un país casi tan estúpido como la España actual. Los tomates no tardan en hacer estragos entre la población, y los intentos de las fuerzas del orden por controlar la situación chocan de frente con las tácticas de las aviesas frutas, que incluyen el uso de tomates kamikaze contra vehículos, zumo de tomate mortal contra los consumidores, e incluso ataques acuáticos al estilo Tiburón; y todo ello sin dejar de emitir ese bisbiseo cabreado.

O cualquier clon italiano de Tiburón, ya puestos.

Si creéis que la idea de los tomates atacando a bañistas es ridícula, es que no habéis visto Tiburón: La Venganza y su escualo cabreado con la familia Brody.

La única esperanza del Estado Mayor estadounidense parece residir en el agente (¿del FBI? ¿De la CIA? ¿La NSA? ¿Departamento de Agricultura? ¡A saber!) Mason Dixon (David Miller) y en su equipo de “élite”: el especialista en disfraces Sam Smith (Gary Smith), el especialista en submarinismo de la Marina Greg Colburn (Steve Cates), la nadadora olímpica y desertora de Alemania del Este Greta Attenbaum (Benita Barton) y el paracaidista (y milico sonado en general) Wilbur Finletter. ¿Qué puede hacer un grupo así contra los tomates? Por lo pronto, Smith se infiltra entre ellos gracias a sus talentos de disfraz (consistentes en ponerse un traje de tomate gigante digno de una promoción de supermercado o de un parque atracciones particularmente penoso), Attenbaum realiza una misión de reconocimiento en el campo, Colburn hace lo propio en una… ¿fuente pública? y Finletter acompaña a Dixon como guardaespaldas/tormento constante.

Pero que no os haga pensar lo que os cuento que la película se centra en exclusiva en las desventuras de Mason y su estrambótica pandilla de Sam Fishers de mercadillo; de hecho, la película tarda un buen rato en erigir a Mason como el héroe de la historia, porque está muy ocupada en seguir al mismo tiempo otras historias. La primera de ellas es la del jefe de prensa de la Casa Blanca, Jim Richardson, al que el presidente encarga trabajar con la agencia de publicidad de su última campaña electoral, Mind Makers, en una campaña de imagen que mantenga a la masa tranquila respecto a la amenaza tomatil e ignorante de la incapacidad del Gobierno para detenerla; la segunda es la de Lois Fairchild (Sharon Taylor), una intrépida reportera (y sí, hay una gag en el que se topa con un compañero llamado Clark) a la que el director de su periódico ha encargado descubrir la verdad sobre la amenaza de los tomates asesinos empleando cualquier medio, incluyendo el uso de sus encantos femeninos (ah, los 70, esa época tan ASQUEROSAMENTE MACHISTA según nuestros estándares actuales), y cuya búsqueda de la verdad acaba cruzando su camino con el de Dixon.

Y, además de todo eso, ¡tomates gigantes! ¡Números musicales inesperados! ¡Muertes estúpidas! ¡Ridículas batallas contra tomates! ¡Misteriosos asesinos con pasamontañas y pésima puntería! ¡Horrendas canciones de moda! ¡Soldados zumbados con katanas! ¡Inesperados insertos de publicidad cachonda! ¡Un desenlace sospechosamente parecido al de Mars Attacks! ¡Y chistes tan, tan malos que al final te ríes de puro malos que son! ¡Así se hace un clásico de culto, niños y niñas!

¡Que te he dicho que no lo quiero en mi ensalada, joder!

Claro que no se compara al momento en el que el especialista en disfraces de viste de Hitler.

Esta escena es lo primero que supe de la película. En serio.

Casi desde que tengo conocimiento de que existe una cosa llamada “cine fantástico” he sabido de la existencia de El ataque de los tomates asesinos, pero hasta el pasado sábado no era más que un nombre que mencionar en las conversaciones sobre cine marciano y casposo para hacerse el entendido. Todo lo que sabía del filme, gracias a una conversación con Manuel Ortega Lasaga sobre el tema, era que en una escena el especialista en disfraces, infiltrado entre los tomates como uno de ellos, arruinaba su cobertura… por cometer el error de preguntar si alguien tenía un poco de ketchup. Fue el pasado sábado, mientras mi ordenador recibía una pasada a fondo del antivirus, cuando terminé un revisionado de Dredd y mi disco duro multimedia pasó a la siguiente peli de la lista, que resultó ser este clásico del cine de serie B tirando a Z. Como al ordenador aún le faltaba un buen rato para terminar con el antivirus (y eso sin contar el análisis durante el arranque que le seguiría), me puse a verla… y, aunque no fue una experiencia desagradable, tampoco es que tenga mucha prisa por repetirla.

El gag del experto en disfraces pidiendo ketchup resultó ser emblemático del estilo de comedia general de la película, basado en un humor absurdo precursor de La hora chanante o Muchachada Nui (en el sentido de que la mayoría de chistes y sketches te hacen reír de lo monstruosamente chorras que son), o de las maravillosas comedias disparatadas en plan Aterriza como puedas. Qué lástima que aquí se note que quien está detrás de las cámaras no es uno de los hermanos Zucker o Jim Abrahams, sino un tal John DeBello que no sabe mantener una mínima cohesión en su película.

¿A alguien le hace un spin-off o crossover con The Warriors? Ahí dejo la idea.

Otra consecuencia inesperada de esta crisis: bandas de tomates criminales que asaltan a los transeúntes y conductores en callejones poco transitados.

¿A qué me refiero con esto? A que las escenas se suceden sin demasiada relación entre sí, saltando de una situación a otra sin que parezca muy claro quién es el protagonista o cuál es la línea argumental más allá de “¡LOS TOMATES NOS ATACAN, HUYAMOOOS!”; de hecho, en los primeros treinta minutos parece que el protagonista va a ser el jefe de prensa, porque es el personaje con una presencia más constante de escena en escena. Además, las subtramas de la campaña publicitaria y de los “especialistas” a las órdenes de Dixon no cumplen más función que dar pie a dos o tres gags chorras y desvanecerse sin llevar a ninguna parte. Y dentro de la trama principal, hacia la mitad del metraje Mason Dixon sufre un ataque de tomates del que logra escapar gracias al secreto punto débil de los frutos… pero necesita que le ocurra lo mismo una segunda vez para conectar su supervivencia con dicho punto débil, demostrando en el proceso que algunos guiones requieren que un personaje sea TOOOOONTOOO para que la trama no se venga abajo antes de completar suficiente metraje.

Pero eso no es óbice para que la película dé buen material para una tarde de risas con los amigos y unas cervezas, ni debe impedir reconocer que alguno de sus números musicales (sí, números musicales: ¿no lo mencioné unos párrafos más arriba?) está de lo más inspirado. No sólo eso, sino que en bastantes aspectos (sobre todo en el modo de derrotar a los tomates) se adelanta a la ácida Mars Attacks! de Tim Burton, aunque la peli del director de Sleepy Hollow tenga más medios y un guión más competente. Y además, ¿no os pica la curiosidad por saber cómo de mala es, y cómo fue capaz de provocar la aparición de tres secuelas, dos videojuegos y una serie de dibujos animados?

Eso sí: como ya he dicho, esta es una peli para ver una vez, y nada más; a no ser que vuestra pandilla de amigos pretenda convertir su visionado en una ocasión ritual con juegos de bebercio y todo, en cuyo caso ¡ADELANTE!

De todas formas, los connoisseurs sabemos que Killer Klowns From Outer Space es diez veces más chorra y divertida.

2 comentarios:

Sol dijo...

Jajajajaja como me cague de risa cuando era chiquita con esta peli

Pequeño perdedor dijo...

Hombre, es que de esas pelis que te pillan con según qué edad y se convierten en todo un símbolo de tu infancia :)