domingo, 23 de noviembre de 2008

Drácula: el nacimiento de una leyenda

¡A fé mía que estas dos últimas semanas han sido atareadas! Y no sólo por tener que ocuparme de un par de entrevistas para un especial de próxima publicación en el periódico en el que trabajo, y de cubrir un congreso provincial del Partido Popular, sino por haber recaído en un viejo vicio. Pero eso no implica que vaya a dejar de lado mis otras adicciones, oh no: para todo hay tiempo en esta vida, siempre que lo sepamos equilibrar. Por ejemplo, mientras bajaba el parche imprescindible para refocilarme en la caza mayor de muertos vivientes en Northrend, tuve tiempo de sobra para ver uno de los clásicos que dieron forma al cine de terror: Drácula. Y ahora, algo más de una semana después, puedo por fin publicar mi impresión sobre ella.

De la página al escenario, y del escenario a la gran pantalla

I'm a man of wealth and taste

Please let me introduce myself

Aquel abogado irlandés y empresario teatral llamado Bram (diminutivo de Abraham) Stoker ni se figuraba la que iba a liar con la publicación de Drácula, la novela epistolar en la que trataba el mito vampírico inspirándose vagamente en el temido (y amado por sus compatriotas rumanos) Vlad Tepes. Además de enfurecer a perpetuidad a Rumanía por la asociación entre su héroe nacional y un monstruo bebedor de sangre, fijó en la imaginación colectiva el arquetipo por antonomasia del vampiro. Otros medios de contar historias, como el cine y el teatro, no tardarían en fijarse, y aquí es donde comienza la historia de nuestra película.

El honor de ser el primero en adaptar la novela correspondió a Friedrich W. Murnau y su Nosferatu (1922), pero lo hizo sin la autorización de la viuda de Stoker y dueña de los derechos de sus obras, Florence Stoker; esta interpuso una demanda que cerca estuvo de provocar la destrucción de todas las copias de esta película. La primera versión de la historia que recibió el visto bueno de la mujer fue la obra de teatro escrita por Hamilton Deane (1924) y revisada para su estreno en Broadway por John L. Balderston (1927); en ella, el intérprete que encarnaba al conde era un actor de origen austro-húngaro, huido de su tierra por haber colaborado en montar un sindicato de actores, cuyo nombre artístico era Béla Lugosi.

En esos años, el productor Carl Laemmle, seducido por el potencial de la novela, buscaba adaptarla al cine sonoro. Había planeado inicialmente hacerla con Lon Chaney de protagonista, pero su muerte en 1928 se lo impidió. A esta desgracia se unía la Gran Depresión, que obligó a revisar a la baja la superproducción que Laemmle pretendía realizar en un principio. En ese contexto, la obra teatral ofrecía un atajo importante para el proyecto: el guión ya estaba hecho, y sólo había que arreglar algunos aspectos para aprovechar las posibilidades de la gran pantalla... al menos en teoría. La producción también aprovechó a dos de los actores de la obra, aunque el bueno de Béla tuvo que presionar para que le eligieran.

El resto es historia del cine: la película marcó un hito en la historia del cine, Lugosi marcó otro al sufrir el caso de encasillamiento más brutal que jamás haya sufrido un actor (me río yo de Michael Landon, el pobre Béla sí que lo pasó de pena), y el vampiro ocupó su sitio en el podio de los grandes monstruos del cine hasta hoy. La pregunta que hay que hacerse ahora es: ¿resiste una película de 1931 el paso de los años?

La respuesta, por supuesto, es que no. Ninguna lo resiste. Pero las hay que tienen más encanto nostálgico que otras, de modo que debemos hacernos otra pregunta más: ¿es lo bastante buena para su época como para justificar la leyenda en torno a ella?

Soy Drácula, y le doy la bienmordidavenida

Lástima que el Mercadona más cercano quede donde Jesucristo pegó las tres voces.

Bonito sitio para pasar las vacaciones, vive Dios.

En un país multicoloooooooor (rojo sangre, sobre todo)

Había un conde que evitaba el sooooooool

Y fue famoso en el lugaaaaaaaar

Por su extraordinaria maldaaaaaaaad

Dios, alguien debería abofetearme por mezclar a la abeja Maya con Drácula. En fin, ¿por dónde iba yo? Ah, sí...

Por las oscuras tierras de Transilvania, a principios del siglo XX o finales del XIX, marcha en diligencia un hombre con una misión. Un hombre que no se deja amilanar por las advertencias de los lugareños de que la noche de Walpurgis es mala para ir adonde va; que no cree esas ridículas historias sobre vampiros y brujas; que no presta más atención a las prisas del cochero que le lleva al paso de Borgo, penúltima etapa de su viaje, por largarse de ahí; y que no ve nada raro en que la diligencia que le lleva después parezca ser conducida por un murciélago en una etapa de su viaje. El hombre es Renfield (Dwight Frye, un actor de teatro que tendría amplia presencia en los clásicos del terror de los años 30), su destino es el castillo del conde Drácula (el amigo Béla), y su futuro es más negro que la noche transilvana.

Renfield es un agente inmobiliario que viene a negociar con el conde Drácula la compra de la abadía de Carfax, una semiderruida propiedad en Londres; al menos, eso es lo que él cree. El ruinoso estado del vestíbulo del castillo le sorprende, pero no lo bastante como para hacer lo más sensato y huir de allí como alma que lleva el diablo, de modo que acepta la hospitalidad del excéntrico y exageradamente amable vampiro noble transilvano. Por supuesto, la velada acaba con el consabido corte-accidental-que-excita-la-sed-de-sangre-de-Drácula, el crucifijo-sorpresa-que-detiene-al-vampiro, la actuación de las Dracula's Brides con su performance "¡¡¡Ay omá qué rico (el líquido rojito)!!!", y la intervención del conde en el último momento para preservar su presente cena y futuro esclavo. El fundido a negro interviene antes de que cualquier posible subtexto homoerótico se haga notar demasiado.

No mucho tiempo después, el velero Vesta viaja hacia Gran Bretaña, desconocedor de la carga mortal que lleva en sus entrañas. Cuando cae la noche, el fiel (y ya enloquecido como mandan los cánones) Renfield avisa a su maestro de que ya ha caído la noche, y el conde sale de su ataúd para tomar un Piscolabis de Marinero. La nave llega a puerto con toda la tripulación muerta y el capitán atado a su timón, para horror de los testigos.

Ya en Londres, Drácula comienza pronto a ocupar su tiempo en la caza por las calles, a lo Jack el Destripador. Pero no tarda en incluir entre sus intereses la ópera, entretenimiento aristocrático por excelencia. Allí mantiene un encuentro (muy poco) casual con el doctor Seward (Herbert Bunston), su hija Mina (Helen Chandler), el prometido de ésta, John Harker (David Manners) y una amiga de la joven, Lucy Weston (Frances Dade). La velada es de lo más normal, teniendo por tal un encuentro entre ricos ingleses y un noble centroeuropeo excéntrico, salvo por un detalle: la críptica afirmación que el conde hace de que "hay destinos en la Tierra peores que la muerte".

La infortunada Lucy, que manifiesta a su amiga haber quedado fascinada con el aristócrata transilvano, no tarda en comprobar personalmente esa afirmación. Esa misma noche, el vampiro entra en su habitación mediante su forma de murciélago y se abalanza sobre ella. La autopsia posterior sólo encuentra una señal que resultaba menos sospechosa en la época que en la actualidad: dos punciones en el cuello...

Historia de una pasión: Vlad Tepes y la gomina

Usted es para mí algo más que un tentempié de medianoche, se lo juro.

Señorita Lucy, le aseguro que mis intenciones con usted (no) son honorables.

No cabe duda de que Drácula debió de ser una película terrorífica para las impresionables audiencias de su época, nada acostumbradas a un filme de terror en el que lo sobrenatural campaba por sus respetos a cara descubierta y sin las explicaciones racionales de última hora que hasta entonces eran comunes en el naciente género. La primera parte del metraje, por lo menos hasta que el conde conoce al doctor Seward, y el tramo final son muy eficaces en este sentido, mostrándonos imágenes y escenarios que excitan las partes más oscuras de nuestra imaginación: incluso hoy resulta impresionante el plano general del castillo de Drácula al poco de comenzar el filme, y digna de aplauso la elipsis con la que se nos muestra el horrible destino de los marineros del Vesta a través de la sombra que proyecta su difunto capitán. Claro que, aún con su importante significado cultural y teniendo en cuenta los aspectos mencionados, Drácula es un título sobrevalorado.

¿Por qué me atrevo a blasfemar de esta manera contra uno de los pilares del cine de terror tal y como lo conocemos? Tal vez porque, para empezar, la película tiende a disimular mal sus orígenes teatrales. Los personajes ocupan la mayor parte del metraje hablando sin cesar, cuando en bastantes momentos valdría más que callaran la boca y actuaran, y se mueven por escenarios cerrados y que se repiten con frecuencia; aunque esto último también tiene que ver con el bajo presupuesto con el que tenían que trabajar. Por una u otra cosa, el filme se hace pesado de ver en muchos momentos de su parte central.

Y ya que hablamos de los personajes, los actores que los encarnan tienden a sobreactuar que da gusto. Esto es disculpable en parte, puesto que el cine sonoro era todavía joven y estaba desarrollando su propio estilo de actuación, lejos del cine mudo y sus gestos y expresiones exageradas; pero ello no es óbice para que Drácula se resienta de la manera artificiosa y forzada con la que Renfield, Mina, Van Helsing o el propio conde expresan sus sentimientos y reacciones en bastantes puntos del metraje.

Y déjeme advertirle que, como se ponga tonto, los suyos van a ser los próximos que entren en la caja. ¿Comprende?

Herr Drácula, permita que le muestre mi colección de colmillos de vampiro.

Por otra parte, estos hace que las actuaciones de Béla Lugosi y Dwight Frye sean irregulares, pero no malas. En sus mejores momentos, Lugosi transmite a la perfección la impresión de un monstruo de origen noble, educado y de modales anticuados, con un punto de excentricidad en el deliberado cuidado con el que habla inglés y que no considera que ser un vampiro esté reñido con la elegancia y el buen gusto en su vida diaria; Fry hace lo propio con la quintaesencia de criado de fidelidad demente al villano principal, que repetiría más adelante en Frankenstein. ¿Y en sus peores momentos? En sus peores momentos, parecen dos actores sobreactuando como si no hubiera mañana, lo que provoca cierto humor involuntario. En conjunto, los dos lograron, pese a sus fallos, consagrar sus papeles como dos de los arquetipos definitivos del género, por lo que merecen al menos un aprobado alto.

Continuando con las quejas, la abundancia de murciélagos de plástico cantosos a más no poder, si bien un mal necesario en una adaptación de la novela de Stoker, perjudica un montón al tono de la película, sobre todo porque aparecen con mucha frecuencia. Tampoco es que le haga mucho bien uno de los personajes, un celador del sanatorio del doctor Seward con acento de clase obrera y que viene a cumplir (mal) la función de secundario cómico con sus comentarios pseudograciosos cada vez que tiene que devolver a Renfield a su celda.

En  cuanto a la trama, los minutos finales de Drácula tienen dos fallos bien serios. El primero es la escena en la que el conde Drácula, enfurecido por la traición de Renfield, le mata arrojándole por las escaleras de la abadía de Carfax: la última conversación de amo y esclavo se nos muestra en un plano general muy alejado, que nos permite admirar el decorado que hace las veces de interior de la abadía, pero que convierte a los personajes centrales de esta parte de la película en pitufos difíciles de percibir. El segundo, el momento en que el vampiro es destruido por Van Helsing: vale que 1931 era una época temprana para el gore, pero la manera en que Tod Browning presenta el fin del villano es de una pobreza de espíritu decepcionante.

No me quiero despedir sin clamar contra la injusticia con la que el filme trata a la pobre Lucy. Si en la novela su progresiva vampirización y posterior "liberación" a golpe de estaca por Van Helsing eran la gran tragedia de la historia concebida por Stoker, en el filme su presencia se limita a servir de desayuno para el conde y aparecer luego brevemente como la "dama de blanco" cazadora de niños; por lo que vemos en la película, los personajes ni siquiera se preocupan en investigar sus actividades una vez destruyen a Drácula, por lo que bien podría seguir zampándose bebés hasta nuestros días. Frente a "fallos" atribuibles a la manera de ver el cine de la época o al estado naciente del cine de terror, el tratamiento de Lucy en Drácula es una cagada inexcusable y un perfecto ejemplo de momento "¿¡EEEEEHHHHH!?", por convertir a una secundaria importante en una 'redshirt' venida a más.

En resumidas cuentas, ver Drácula hoy en día tiene cierto interés, pero sobre todo para los arqueólogos del cine y para los que quieran culturizarse sobre las raíces del terror filmado. A los demás les parecerá, y no sin cierta razón, un filme algo aburrido a ratos y que no llega a estar a la altura de su leyenda. Tal vez sea algo injusto, porque todavía hoy asociamos a los personajes de Drácula y Renfield con los mostrados en este título clásico, pero tiene fallos lo bastante serios como para haber quedado mal incluso en su tiempo.

Y sí, ya lo sé. Debo aún dos críticas por las dos semanas sin publicar en el blog. Dadme tiempo, y me pondré al día con ellas.

6 comentarios:

Fet dijo...

Clásico entre los clásicos. Aunque la versión hispana me parece superior.
Pero es cierto, hay que ponerse unas gafas de los años 30 para verla.

Pequeño perdedor dijo...

Eso he oído, eso he oído. De hecho, comenté el dato con mi profesor de Historia del Periodismo, hace ya tiempo, y no se lo creyó. No le culpo, pues lo normal era que ocurriese lo contrario, pero...

lasaga dijo...

Buen post señor pequeño perdedor. Estoy de acuerdo con lo redactado. Browning tiene obras mucho mejores como Muñecos infernales, the unknown o la mitica freaks. También pienso que la de Christopher Lee es mejor.

La primera parte del metraje es algo más cinematográfica. La segunda ya es como bien apuntas, teatro puro y duro. Me gusta la justificación que das respecto al cine mudo. También que vinieran de la version teatral haría algo de daño.

Tienes una pequeña errata sobre el fin de Chaney que fue dos años despues.

Ya te vale, mira que no haberla visto hasta ahora... ayyyyyy, pero mas vale tarde que nunca

Santos G. Monroy dijo...

Pequeño, de acuerdo en que es una película sobrevalorada, aunque, estéticamente, me pareció sobrecogedora. Mi favorita sobre el personaje sigue siendo la dirigida por Coppola. ¿Qué te parece ésta?

Pequeño perdedor dijo...

Manuel: me apunto lo de Lon Chaney, y prometo mirar el asunto con más detenimiento.

Santos: precisamente eso es lo que más me repatea de Drácula. Comienza con una introducción deliciosamente siniestra, con imágenes como el castillo en lo alto de la montaña, el conde saliendo de su ataúd y el destino final del capitán del Vesta... ¡y de repente se convierte en ver a algo más de media docena de personajes deambular por ahí mientras parlotean! Y el Drácula de Coppola tendrá por aquí, algún día, su propia (y laudatoria, sospecho) crítica.

Santos G. Monroy dijo...

Jejje, espero que sea laudatoria. ¡No me defraudes!