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martes, 22 de julio de 2014

El ataque de los tomates asesinos, o el rancio buqué de la caspa clásica

¿Es una primavera sin La Página Negra una primavera de verdad? Espero que así sea, porque si no ¡vaya faena que os habré hecho este año! Eso sí, mi ausencia está (semi) justificada: los chicos de Pixel Busters y algunos amigos cercanos nos hemos embarcado en la aventura de hacer una revista digital de videojuegos, Game Report. Visitad el enlace y descargad los tres números que hemos hecho hasta ahora; para los que seáis fans de mis gilipolleces, el número 2 contiene mi debut en la revista con un artículo dedicado a dos de los padres fundadores del survival horror (Clock Tower y Sweet Home), y el número 3 tiene un artículo dedicado al Official Nintendo Seal of Quality (y todo lo que llevaba detrás) y un análisis de Earthbound, el mítico RPG de Shigesato Itoi para la Super NES.

Hay otro motivo más para mi ausencia, y éste es más difícil de justificar: estos meses me ha dado una pereza enorme ver películas para analizar. Suena feo, pero lo es todavía más cuando se contempla el pedazo listado de filmes que tengo en mis manos y que aún no he visto. Fiaos de mí cuando os digo que veo la lista, reflexiono sobre mi pereza y me entran ganas de darme de palos de pura vergüenza… pero no las suficientes como para solucionar la situación. Es increíble lo desmotivador que resulta llevar parado una larga temporada y, para colmo, con la muerte de tu padre de por medio, en especial por las ideas tan sombrías que van anidando en tu cabeza hasta que se convierten en el filtro a través del cual procesas toda la realidad.

¿Tiene esto algo que ver con mi decisión de traeros en el post de hoy una película que, en buena medida, es la antítesis de tan negros pensamientos? En realidad, no, pero eso ya os lo explico más adelante; por ahora, dejadme que os presente El ataque de los tomates asesinos, un filme del que todos hemos oído hablar pero que no hemos visto tantos. ¿Merece su status de peli de culto, o es que la gente es una exagerada? ¡Leed y averiguadlo, leches, que para eso está este blog!

Redondos, rojos, jugosos y… ¿mortales? ¿¡EN SERIO!?

Un momento, si se hace con carne humana... ¿no sería estofado? ¿O sandwich?

¡VAS A VER TÚ AHORA QUIÉN HACE ENSALADA A QUIÉN, HUMANA DE MIERDA!

martes, 21 de enero de 2014

The Pit: trolls, peluches, y niños con obvios problemas mentales

Se va terminando enero, pero la cuesta continúa; de hecho, ¿alguien la ha abandonado en todo el año? Yo no, desde luego. Aún así, espoleado por mis amigos, he picado el cebo que ofrecía Devir y me he comprado la edición en español de Pathfinder… pero mi lectura de la misma va a tener que esperar, por lo menos, a que complete mi repaso del básico de Dark Heresy con vistas a conducir a mis jugadores al siguiente paso de las carreras de sus PJs: ser agentes probados de los Sagrados Ordos de la Inquisición del Dios Emperador de la Humanidad. Entretanto, busco trabajo, estudio francés por mi cuenta, e intento reducir el número de títulos por jugar en mi amplio catálogo de juegos.

Pero hoy no va de juegos el asunto, sino de cine raruno. Gracias a la generosidad de Manuel Ortega Lasaga, obtuve una copia “de seguridad” (codazo-codazo-guiño-guiño-no-diga-más) de un filme bastante extraño de principios de los ochenta. Él dijo que me iba a gustar; el resultado de visionarlo fue… algo distinto a lo esperado. Claro que este desfase de expectativas tuvo más que ver con la calidad del producto que con lo extraño que era, porque en este segundo punto resultó más que capaz de pulverizar cualquier preconcepción con la que me senté a verla. ¿No os lo creéis? Pues leed, leed lo que os tengo que contar de ella…

Tenemos que hablar de Jamie

Última vez que trato de atajar por el bosque cuando voy mamado. Lo juro.

Ugh… he bebido tanto tequila que no sé si el que asoma ahí es un crío o el malo de Saw.

lunes, 21 de octubre de 2013

Hemoglozine 2013: el terror vuelve a Ciudad Real

Larga ha sido mi ausencia por estos lares, pues largo ha sido el periplo que de España me llevó a Suiza (desde donde os hablé de ese angustioso docudrama zombi que es The Gerber Syndrome), de Suiza a Inglaterra (donde recuperé el contacto con amigos y familiares que viven allí, y confirmé que mi inglés es lo que se dice “LA POLLA CON CEBOLLA” en términos coloquiales, o “fluido” en lenguaje de CV), de Inglaterra a Santander (donde hice mimitos a mi madre en forma de un arroz tres delicias que me quedó de muerte y resurrección), y, por último, de Santander a Ciudad Real (donde he vuelto a mis andadas roleras entre asalto y asalto de mi búsqueda de trabajo). Y, con todo ese jaleo, casi ni me he dado cuenta de qué señalado acontecimiento se me echaba encima.

Sí, señoras y señores, chicas y chicos: Hemoglozine está aquí de nuevo.

(Disculpen el lapsus, pero es que Pitbull aparece en todas partes. Casi como Samuel L. Jackson, pero sin molar nada)

Presentación de Hemoglozine 2013 en el Casino, feat. Pitbull Frasi López y Carlos Gutiérrez

lunes, 10 de junio de 2013

13 asesinatos y medio (y un porrón de minutos de más)

Por fin ha pasado una nueva era geológica (o casi), y eso quiere decir que ya va tocando actualizar de nuevo La Página Negra con algo de cine. Lo cierto es que he estado bastante perro a la hora de ver películas, de ahí la tardanza esta vez. No, no tengo una excusa más creativa. De hecho, si la tuviera, es probable que el esfuerzo de escribirla fuese suficiente como para encender antes en mi ser la chispa de la creatividad e impelerme a actualizar antes mi blog. ¿Qué quiere decir todo esto? Que necesito aprender a escribir mejores introducciones para mis posts, y que estoy todavía calentando antes de salir al campo de la crítica de hoy.

Y la critica de hoy va dirigida en especial a fans del terror, de los años 80 y de Scream, porque habla de una película impregnada del ambiente de comienzos de la década y que es la antepasada más lejana del filme de Kevin Williamson y Wes Craven. Sí, estamos a punto de hablar de la primera comedia slasher de la historia del cine: Student Bodies, en español titulada 13 asesinatos y medio.

El follar se va a acabar, malditos jovenzuelos

Próximamente en la sesión de primera hora de la tarde de tu cine favorito.

Slashers con cuenta de cadáveres incluida: ¡para que no te pierdas entre tanto muerto!

domingo, 4 de noviembre de 2012

Cuando los zombis caminaron por Ciudad Real

Ayer mi intención era ir, por fin, a una de las proyecciones de Hemoglozine. Incluso compré la entrada por anticipado en Zona 84. Y sin embargo, a las siete de la tarde llegué a casa tan agotado que no pude hacer otra cosa que ducharme, echarme en la cama y dormir hasta la medianoche.

¿Por qué? Porque aquella tarde fui uno más de los muertos vivientes que aterrorizaron Ciudad Real en la I Zombie Walk CR.

Zona de maquillaje en la sala Zahora Magestic.

miércoles, 31 de octubre de 2012

¡Feliz Noche de Brujas, y bienvenidos a Hemoglozine!

Pues sí, chicos y chicas, ya es Noche de Brujas, Samhain, o Halloween. Llamadlo como queráis, pero es una gran excusa para disfrazarse de monstruo, para ver películas (y jugar a juegos) de terror… y, sobre todo, para inaugurar un festival de cine dedicado al género.  Hemoglozine 2012 por fin ha arrancado, y allí he estado yo para ver la inauguración como un plumilla más.

Lo cierto es que, como ya me pasó con la proyección de Quatermass And The Pit, llegué con un poco de retraso respecto a la hora prefijada para el comienzo, las siete de la tarde. Rock FM me hizo más llevadero el camino, y cuando al fin encontré aparcamiento cerca de Las Vías (y lejos de los odiosos “gorrillas”), me dirigí a la carrera hacia la entrada con los compases de Revolution todavía en mis oídos. Justo frente a la puerta, me pareció ver a unos chicos de aspecto… digamos que extraño, pero lo cierto es que iba con prisas y no me pude fijar mucho en ellos: tan sólo alcancé a echarles una foto antes de meterme en el vestíbulo del complejo de ocio. Ay, si la hubiera revisado tras tomarla…

"¡Espera, ya está! ¡Son polis de incógnito fichando a posibles perroflautas entre los asistentes!"

“Pues sí que noto algo raro en estos jambos, pero no acabo de ver el qué”.

lunes, 29 de octubre de 2012

Hemoglozine llega a Ciudad Real, parte 1: programa de actividades principales

“¡Hombre, por fin actualiza este mangarrián!” Eso es lo que muchos os estaréis diciendo, y razón no os falta en vuestro reproche. Mis disculpas por tirarme dos meses (y pico) sin actualizar, y mis disculpas por no explicaros el motivo de la ausencia esta vez, pero prefiero centrarme en cosas más interesantes. Por ejemplo, en el festival de cine fantaterrorífico Hemoglozine, que esta mañana presentaba su programa de proyecciones y actividades.

Sí, ahora La Página Negra hace algo más que críticas: hace periolistismo de salón. No me tiréis piedras por la calle, que duele, y sale más barato insultarme en los comentarios.

Seis valientes que van a llenar de luz (mortecina) y de color (rojo sangre y vísceras) los próximos días en Ciudad Real

De izquierda a derecha: Rhodelinda Julián, Antonio Gallego, Daniel Chamorro, Alejandro López-Roso, Luis Eduardo González y Sandra Beldad. ¡HEMOGLOZINE!

viernes, 6 de julio de 2012

Machete, un genuino héroe mexicano

Un mes. Un puto mes exacto para actualizar el blog. Por otra parte, considerando que hace unos días recibí una mala noticia en el plano personal… pues sigue siendo imperdonable, pero no tanto, supongo. Más grave es el hecho de que no me prepare casi nada las partidas de rol que les dirijo a mis amigos en tierras manchegas, o al menos así lo veo. Lo cierto es que ambas cosas tienen raíz en la misma pereza fundamental que se interpone también entre mi situación actual y mi sueño infantil de ser un escritor; dicho de otro modo, que me cuesta horrores arrancarme a escribir porque soy un puto GANDUL.

Pero aquí estoy, porque ha llegado el momento de pagar una deuda contraída en los albores de este blog. Casi cinco años después de que me quedara flipado con su (falso) tráiler y lo comentara en este rincón de la Red, ha llegado el momento de hablar de Machete.

El mexicano más duro a ambos lados del Río Grande

Porque si lo haces, te espera tarde o temprano una horrible (y afilada) muerte.

Machete, el mexicano al que nunca deberías intentar joder.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Vamos al Zombies Party con Shaun Of The Dead

Cuando os advertí en mi último post que la próxima actualización bien podía llegar en enero de 2012, no exageraba. Dos meses, dos, me han hecho falta para vencer mi vagancia y elaborar una crítica como Dios manda. Bien es cierto que algo ha tenido que ver mi participación en un taller de monólogo, gracias al cual estrené un texto propio en el escenario de la Tetería Arabian, y mi empecinamiento en mantener en funcionamiento una campaña de Ánima: Beyond Fantasy que a ratos recuerda a una película de Tarantino. Pero por fin aquí estoy de nuevo, al filo de mi vuelta a casa por Navidad, para recomendaros… una comedia romántica. ¿Me he vuelto moñas? No, porque es una comedia romántica… en medio de un apocalipsis zombi.

Un mal día para reconciliarme con mi cariñito

Lo único que pide es que se abstenga de contar el chiste del perro Mistetas, al menos mientras dure el asedio no muerto.

Liz está un poco harta de que Ed (derecha) se acople a todas sus citas con Shaun (centro). No obstante, y en vista de que los zombis han tomado la ciudad, esta vez está dispuesta a hacer una excepción.

domingo, 30 de agosto de 2009

La bestia bajo el asfalto: con los cocodrilos seguimos

No merezco perdón de Dios por ser tan perro con las actualizaciones del jodío blog, pero mi excusilla tengo: volvía hace dos semanas de las vacatas, durante las cuales estuve muy ocupado haciendo el mono con mis sobrinos, y los primeros días del regreso estuve viendo la primera temporada de Sobrenatural, que me han regalado junto a la segunda por mi cumpleaños. Y a ello se añade una bonita indigestión-mareo que sufrí el pasado lunes. Pero bueno, ya estoy aquí otra vez tocando las narices, porque no hay ausencia que mil años dure. O algo así.

Y ya que la última vez hablé de cocodrilos con hambre de seis semanas (trialará), hoy sigo abundando en el tema sobre la base de una de las monster movies más aclamadas de los años 80: La bestia bajo el asfalto, una historia salida de la calenturienta mente del cineasta independiente John Sayles, dirigida por Lewis Teague e inspirada en la conocida leyenda urbana que habla de caimanes en las cloacas de Nueva York. ¿Interesados? Seguid leyendo…

Mi lagartito ha pegado el estirón

Busca a alguien que le cuide/Y a quien se pueda comer.

Le han echado/No le quieren/Pobrecito, qué va a hacer

Érase una vez una niñita de Chicago que fue con sus papaítos de vacaciones a Florida, y que durante esas vacaciones fue a ver un espectáculo de cocodrilos vivos. Los papás de la niñita le compraron a modo de recuerdo una adorable cría de caimán, que la niñita pensaba quedarse hasta que se creciera para donarla a un zoo. Pero hete aquí que, de vuelta a la Ciudad del Viento, la convivencia con el animalito se vuelve difícil gracias a su mala costumbre de masticar la ropa de papá, quien acaba tirando al pequeño reptil por la baza mientras la nena está en la escuela, planeando contarle al volver que el bicho, simplemente, se murió. ¿Moraleja de esta pequeña introducción? No se tira a las crías de cocodrilo por el inodoro: es un acto de tremenda crueldad con un pobre animalito que, al fin y al cabo, no es más que un bebé. Además, puede ocurrir que la criatura sobreviva al chapuzón y encuentre un modo de subsistir en las cloacas…

Algo así como una década después, la policía de Chicago está investigando el macabro hallazgo de una extremidad humana en su planta de depurado de aguas. En el centro de la investigación está el detective David Madison (Robert Forster), un agente de policía que trabajaba antes en el departamento de policía de San Luis hasta que un trágico incidente le arrebató a su compañero de patrulla y le colocó encima el sambenito de gafe; por este motivo ninguno de los demás agentes quiere salir a patrullar con él, y un desagradable plumilla de tabloide, Thomas Kemp (Bart Braverman), no hace más que acosarle con preguntas sobre lo que sucedió entonces.

También da la casualidad de que acaba de perder a su perrita, y la mañana que acude a investigar el caso de la alcantarilla pasa por su tienda de mascotas habitual a comprar otro perro. Esa acción aparentemente trivial no sólo está relacionada, sin que él lo sospeche siquiera, con su caso: ¡está directamente en el centro del problema! Resulta que el zarrapastroso dueño de la tienda se saca un sobresueldo secuestrando a perros por la calle y vendiéndolos a la compañía farmacéutica del multimillonario Slade (el veterano Dean Jagger). Allí los pobres animalitos son utilizados por el futuro yerno e investigador en jefe de Slade para un experimento de hormonas de crecimiento. Una vez dejan de ser útiles, el '”proveedor” se ocupa de hacer desaparecer los cadáveres de los perros en las alcantarillas. Seguro que os podéis figurar adónde lleva este curso de acción; en el caso del dueño de la tienda de mascotas, a lo que acaba llevando es a una muerte a manos de la lagartija sobredimensionada durante una de sus operaciones de eliminación de pruebas.

La aparición de los pedacitos de la nueva víctima en el drenaje de aguas de la ciudad aumenta la presión sobre el jefe de policía Clark (Michael V. Gazzo), además de atraer a la comisaría a un grillado que asegura ser el autor de las muertes y que intenta volar a los agentes en pedazos con una bomba casera. El agente Madison decide bajar a las alcantarillas para investigar lo que pasa, logrando que un novato al que no le importa su reputación le acompañe en la visita. Por desgracia para el bravo jovenzuelo con placa, la maldición de Madison le alcanza en forma de las mandíbulas del cocodrilo, pero ambos encuentran los cadáveres de perros anormalmente grandes de los que la bestia se ha estado alimentando hasta la fecha.

Matamos a la lagartija sobredimensionada esta y nos casamos. ¿Hace?

“Eres una eminencia en herpetología, tienes un cerebro privilegiado y unos senos preciosos”

La traumática experiencia deja a Madison varios días en coma, y nadie le cree cuando despierta y explica lo que le ocurrió a su compañero (y no culpo al jefe Clark por ello, la verdad); es decir, nadie excepto el repugnante Thomas Kemp, que decide bajar a las alcantarillas a ver por sí mismo qué hay de verdad en lo que dice el desafortunado piesplanos. El periolisto acaba entrando a formar parte de la dieta del bicho, pero no sin antes bombardearle a fotos con su cámara; cuando la corriente de agua la lleva al exterior y sus fotos son reveladas, hasta el más escéptico tiene que reconocer que Madison no desvariaba. La aparición de la prueba fotográfica de la existencia del monstruo marca la vuelta a la trama de su antigua dueña; sí, la niña de hace diez años, Marisa Kendall, ha crecido hasta convertirse en una respetada experta en reptiles (Robin Riker), y con su ayuda logran comprobar que el cocodrilo es tan gigantesco como el poli afirmaba. De paso, Madison y ella entablan un romance que, con sus altibajos, les endulza la dura tarea de perseguir a la criatura.

El departamento de policía pone entonces en marcha un arriesgado plan para acabar con la amenaza. La unidad de SWAT entra en las alcantarillas y, armada con cacerolas, intenta ahuyentar al animal hasta una salida de aguas en la que le está esperando un ejército de polis armados hasta los dientes; es tan ridículo como suena, pero lo mejor es que además no es mala idea. Con lo que no cuentan es con que el bicho elija otra salida para dejar atrás el mundo subterráneo y aumentar la proporción de humanos en su papeo diario.

Madison, mientras tanto, sospecha que la compañía Slade tiene algo que ver con los perros anormalmente crecidos y el consiguiente sobredesarrollo del cocodrilo, y sus teorías al respecto se ven indirectamente confirmadas cuando el jefe Clark, presionado por el corrupto alcalde (Jack Carter), le aparta del cuerpo. Este último, mientras tanto, pone a cargo de la caza de la bestia al coronel Brock (Henry Silva), una especie de gran cazador blanco que viene a ser a los héroes tipo Allan Quatermain lo que Torrente es a los polis de las películas de acción. ¿Apostamos a ver cuánto tarda en fracasar, y obligar con ello al jefe Clark a recurrir de nuevo a Madison y Kendall?

Si es que el clembuterol no podía traer nada bueno

Conmigo en el caso, esa lagartijita no tardará en caer. ¡Fijo!

Soy el capitan Zapp Brannigan, y me ocuparé del cocodrilo.

Desde que leí en Goremanía sobre esta película, y descubrí que años antes me la había perdido gracias a que mi madre no me dejaba ver Noche de lobos (sniff, sniff… ¡cuánta injusticia materna!), me volví loco buscando este filme en todos los videoclubs añejos de Santander y las márgenes del Nervión. Me llegué a pillar una especie de secuela sin relación argumental, que venía a ser un remake malísimamente hecho, sólo porque creía que era la original. No fue hasta el advenimiento de Internet cuando pude hacerme con una copia de seguridad y disfrutar de esta pequeña parodia-homenaje a Tiburón. Gracias, Internet.

Dicho lo cual, la verdad es que al principio la película no es que tenga demasiado para destacar por encima del aluvión de copias de baratillo del filme de Spielberg que inundaron el mercado en los 70 y 80. La perspectiva del policía atormentado le da un toquecillo de cine negro, pero en el fondo no es diferente a las tribulaciones del sheriff Brody con el alcalde de Amity; la conspiración farmacéutica que da origen involuntariamente a la bestia sirve de denuncia a los pocos escrúpulos de las empresas del ramo, pero ese es un ángulo que sería más que manoseado por americanos e italianos antes de que despuntaran los 90; y la estructura inicial se acomoda en un esquema predecible de avanzar la trama-visitar las alcantarillas-ver al cocodrilo jalarse a otro personaje secundario.

Por suerte, perseverar es vencer, y más en el caso de las películas como esta. La primera media hora, pese a ser más floja, tiene suficientes toquecitos de humor negro (las desventuras del dueño de la tienda de mascotas, el zumbado de la bomba en la comisaría) como para prometer algo más. La estrambótica cacerolada por las alcantarillas para atrapar al cocodrilo marca el lento paso del aspecto cómico al primer plano, pero es con la aparición del trasnochado e hilarante Brock cuando la película se decanta definitivamente por echarse unas risas a costa de las matanzas que realiza el reptil gigante. Y por si alguien no lo pilla todavía, el filme nos presenta una escena en la que un consternado David Madison se topa con una ristra de vendedores ambulantes tratando de sacar tajada de la histeria colectiva vendiendo souvenirs del cocodrilo.

¿O se creen que me he largado de las alcantarillas por la cacerolada de los SWAT?

¡POR FIN! ¡AIRE PURO Y COMIDA LIMPIA!

Por suerte, y a diferencia que tantas comedias terroríficas (que en no pocos casos son películas vendidas como “comedia” porque sus creadores se dan cuenta de que fracasan patéticamente como filmes serios), La bestia bajo el asfalto no descuida las muertes, sobre todo después de cruzar el ecuador del metraje. Al igual que su obvia inspiradora, la película tiene los santos cojones de presentarnos la muerte de un niño a manos del monstruo (y de manera aún más cruel, diría yo), y la estela de destrucción del bicho culmina en una salvaje entrada en un convite de boda; por desgracia, la escena queda desvirtuada por la obvia estupidez de un conductor de limusina, que se queda quieto mientras el reptil se zampa a uno de los villanos humanos de la historia, en vez de llevar a su pasajero (el otro villano) lejos de la muerte kármica que le espera.

Por lo que toca al cocodrilo, parece ser (eso dice Wikipedia) que la marioneta usada para representarlo dio bastantes problemillas, por lo que en no pocos casos Lewis Teague rodó a un cocodrilo de verdad en escenarios a escala; a mi juicio, no le quedó demasiado cantoso, porque sólo se nota en el hecho de que el animal se mueve demasiado fluidamente para ser de mentira y no puede ser tan grande como la comparación con el escenario sugiere. En cuanto a la marioneta en sí… bueeeno, digamos que casi todo su cuerpo se mueve aceptablemente, pero que falla en una parte; por desgracia, esa parte es la cabeza, lo que estropea los primeros planos en los que vemos al animalejo masticar a otro figurante más.

Añadamos a eso que los actores no brillan (salvo tal vez Robert Forster, que improvisó todas las coñas sobre la incipiente calvicie de David Madison) pero tampoco provocan arcadas, y tenemos una alternativa de baratillo a Bruce el Tiburón más que digna y con suficiente personalidad propia como para no acabar olvidada en el fondo de las estanterías de un videoclub de barrio… a no ser que el género no os tire demasiado.

Tal vez por eso nunca la encontraba, por mucho que buscara. En fin, bendita sea Internet otra vez.

domingo, 26 de abril de 2009

The Quiet Earth (El único superviviente): el horror de la soledad forzosa

Por chorrogésima vez consecutiva me he retrasado en actualizar. El motivo: estaba ocupado participando en las jornadas de Tierras Baldías todo el fin de semana, lo que incluyó participar en un concurso de relato corto organizado con motivo de las mismas… y ganarlo. No, ni yo mismo me lo creía, pero así fue. Si cuidara mi escritura en este blog la mitad de lo que la cuido, alomojó hasta me premiaban en un concurso de blogs; bueno, y si respetara mi propio régimen de actualizaciones, en vez de vaguear una semana entera.

Pasando al grano, vamos con la que fue la película neozelandesa más taquillera de su época (1985), un filme de ciencia-ficción basado en una novela del escritor Craig Harrison que plantea interesantes cuestiones filosóficas y hasta metafísicas en el contexto de un extraño apocalipsis.

Dios, acabo de sonar como un tertuliano de Qué grande es el cine. Que alguien me apalee, por favor.

Y entonces no quedó ninguno… excepto yo

Y lo peor de todo: soy uno de los culpables de esta situación.

Me llamo Zac Hobson, y ahora soy el último hombre en la Tierra.

Son las 6.11 en Nueva Zelanda. El sol sale como cada mañana cuando, de pronto… algo pasa. ¿El qué? No está muy claro: por un momento, la realidad se altera, y el astro rey se convierte en una especie de caótico torbellino de volutas rojas, para luego volver a la normalidad. O a algo que, en principio, parece la normalidad; al menos se lo parece a Zac Hobson (Bruno Lawrence, el guionista del filme), un científico que trabaja en la sucursal neozelandesa de los laboratorios Delenco, y que acaba de levantarse de una acalorada noche de sueño (a juzgar por su decisión de dormir desnudo). Excepto por el hecho de que su despertador se ha parado a las 6.12 (¡llegas tarde al trabajo, gambitero!), de que la radio sólo emite estática, y de que sus llamadas a la empresa no son respondidas, nada parece salirse de la rutina cotidiana de Hobson hasta el momento en que coge el coche para ir a trabajar.

En ese momento es cuando el científico no puede ignorar que algo anda muy mal: la gasolinera en la que va a repostar está vacía, hay coches abandonados en la carretera, y en una casa en la que acaba por entrar rompiendo un cristal hay claros signos de que sus ocupantes abandonaron el lugar de manera… MUY repentina: por ejemplo, una cama deshecha y una bandeja para el desayuno sobre el espacio que debían ocupar las piernas del durmiente mientras comía. De hecho, todos los lugares que Hobson visita desde el momento que sale de su casa muestran escenas similares, incluyendo la de un avión estrellado en pleno centro de Auckland en el que no hay restos humanos a pesar de que los cinturones de seguridad de los asientos siguen abrochados. Y cuando llega a su laboratorio e intenta ponerse en contacto con el resto de sucursales de Delenco en el mundo, no obtiene respuesta en ninguna. Sí, desde luego ha pasado algo muy raro aquí.

Y no tardamos en descubrir que la extraña desaparición del resto de personas tiene que ver con el proyecto que Delenco estaba llevando a cabo en esta instalación, y en el que al parecer trabajaba Zac Hobson. Cuando este baja a la zona de experimentación, se encuentra el cadáver abrasado por la radiación de Perrin, el jefe local del proyecto, y queda atrapado con él por el sistema de contención de emergencia de la instalación. Improvisando una bomba casera con un par de bombonas de gas, Hobson dicta en su grabadora un siniestro registro: es el 5 de julio, algo ha salido mal en la “Operación Flashlight”, y él parece ser el único superviviente al “Efecto” de dicho fallo en toda la Tierra.

De modo que, tras la explosión que le abre de nuevo las puertas de la libertad, la primera prioridad de Zac es encontrar a otros posibles supervivientes, para lo que pone una cinta en bucle perpetuo en la emisora de radio local con su nombre, dirección y número de teléfono, pinta carteles en blanco con esa información, y vaga día y noche por las calles en una búsqueda fútil de otros seres humanos. Pero al quinto día de (des)esperar junto al teléfono una llamada que nunca llega, se le enciende la bombilla: si ya no queda nadie en la Tierra, ¡ahora todo lo que hay sobre la Tierra es del que lo coja!

Lo que no comprendo es qué hace Alfred Hitchcock al fondo a la derecha.

Amigos para siempre/Will you always be my friend…

Y de este modo, nuestro amigo se lanza a una vida de lujo y desenfreno, marchándose a una mansión en el distrito más pijo de Auckland, llenándola de todo lo que saquea en los supermercados (incluyendo varios maniquíes y un emú disecado), y jugando al Ibertrén con trenes de verdad. El problema es que la falta de contacto humano, su culpabilidad por haber tomado parte en la Operación Flashlight, y el descontrol natural derivado de sus excesos van erosionando su salud mental. Primero pasa a vestirse con un salto de cama femenino, luego se proclama presidente de la Tierra ante una multitud de figuras de famosos de cartón piedra (incluso se permite mofarse del último hombre que intentó eso mismo: Hitler), luego entra a un a Iglesia exigiendo a Dios que baje a verle y amenazando con pegarle “un tiro al chico”, y acaba por coger un tractor y lanzarse a un frenesí (auto)destructivo. Sólo cuando atropella un cochecito de bebé, y se da cuenta de que podría haber matado al último bebé de la Tierra (si no hubiera estado vacío), recobra la cordura, y tras un breve momento de contemplación del suicidio y un baño purificador resuelve volver a la búsqueda de otros supervivientes.

¡Y qué oportuno! Apenas ha sustituido los fusibles que se le habían fundido en el cerebro, encuentra a la primera superviviente, Joanne (Alison Routledge). La tensión inicial de su aparición, pistola en mano, en el hogar de nuestro héroe acaba por disiparse ante el alivio y la alegría de encontrar a otra persona. Los dos acaban por establecer una relación romántica en el transcurso de su búsqueda de otras personas por toda la isla… y por a encontrar a un tercer superviviente, Api (Peter Smith, un actor maorí clavadito a Carl “Apollo Creed” Weathers), que convierte su relación en un triángulo amoroso.

Pero el encuentro con Api no aporta sólo la tensión de una rivalidad amorosa (y racial) con Zac, ni el júbilo de reunirse con otro ser humano más, sino que permite a nuestros héroes descubrir un posible porqué de su supervivencia al efecto, además de revelarnos por boca de Zac Hobson en qué consistía, a grandes rasgos, la Operación Flashlight… y un dato muy preocupante que ha estado observando en los últimos días con su instrumental: la carga de un electrón, una de las constantes del universo, está oscilando. Eso quiere decir que el universo se está volviendo cada vez más inestable, y que el Efecto puede volver a repetirse muy pronto… a no ser que encuentren la manera de evitarlo.

El Infierno son los otros… y el cielo también

Tú no mataste a mi padre. Prepárate a buscar más supervivientes conmigo.

Hola. Soy Íñiga de Montoya.

Dios sabe cuántas películas de ciencia-ficción y fantasía se pegan la gran hostia por prestar más atención a los efectos especiales que a los personajes (o por muchas cosas más). Si El único superviviente consiguió ser un taquillazo en su país de origen es porque supo cuidar este aspecto muy bien; no en vano el protagonista, Bruno Lawrence, es también uno de los tres guionistas del filme (junto a Bill Baer y Sam Pillsbury), y sostiene sobre sus espaldas la acción de la película durante más de media hora, logrando mantener el interés bastante bien… aunque la película, en general, es de las lentas, y eso puede tirar para atrás a más de uno.

La historia nos presenta un retrato creíble, triste, y a ratos entre terrorífico y descojonante de cómo reaccionaría un ser humano a un aislamiento de ese calibre. Aunque algunas escenas se pasan de la raya en la farsa (su visita a la iglesia es la principal culpable por exageración), el tono general de progresiva locura desesperada ante la falta de compañía está muy conseguido, y resulta dolorosamente familiar a los que, como yo (o Scott Ashlin), han pasado por una situación de soledad e incomunicación semiforzosa.

Claro que hora y media de un científico cuarentón viendo su cordura caerse a cachos puede ser demasiado para cualquiera. Sin otros personajes, no hay conflicto (a no ser que estés en una isla desierta de la que quieres escapar como sea, lo cual es otro cantar), y la acción se convierte en una tediosa escalera de bajada: la insoportable levedad de estar más solo que la una, si se quiere. Es verdad que las película pierde algo de intensidad con la llegada de Joanne y Api, pero no lo es menos que, de no aparecer ellos en escena, esa potencia se disiparía en menos de lo que canta un gallo.

Lo malo es que el muy cabrón se ha evaporado tras el efecto, y ya no me puede dar la revancha.

Los rumores sobre mi muerte a manos de Iván Drago fueron exagerados.

Allison Routledge y Peter Smith complementan bien a Lawrence, y entre ellos se establece una dinámica de tensión por el triángulo amoroso y los temas sociales y raciales que existen entre ellos, y camaradería por ser las últimas personas en la Tierra, que resulta más efectiva que el habitual “somos dos tíos para una tía, ¡peleémonos hasta sabotear nuestra propia supervivencia!” en el que degeneran muchas historias similares.

Además, la presencia de los otros personajes sirve para revelar algo más del misterio central de la película sin obligar al personaje de Lawrence a contarse a sí mismo lo que ya sabe, y para exponer algo de la metafísica y filosofía que subyace a la historia. ¿Puede ser, como sugiere uno de ellos, que los protagonistas sean los que han desaparecido del mundo normal mientras este sigue su marcha como de costumbre? ¿Que esté muertos y en el Cielo? ¿O en el Infierno? Esos posos de duda le hacen mucho bien a la película, y no cabe duda de que dan material para horas y horas de tertulia con los amigos después de verla.

Sobre todo por el final. El final… me limitaré a decir que cuando lo vemos, se nos queda la boca tan abierta como al protagonista. Es de esos epílogos que sólo se entienden con unos cuantos visionados… si es que alguna vez se entienden;  y si no, tampoco importa, porque a uno nunca se le quita la cara de asombro, ni las ganas de especular con el destino final de los tres supervivientes.

El único superviviente conoció una edición en VHS en nuestro país, pero aparte de eso no tengo constancia de que se haya editado en DVD en España. Si os va la ciencia-ficción cerebral y filosófica, y no os importa que su ritmo sea lento, no estaría mal que le echaseis el guante a través de eBay, de algún importador o de la mula. Sobre todo si queréis juntar a unos amigos y hacer tras la proyección un debate friki sobre las posibles interpretaciones del final: ¡horas de entretenimiento garantizadas!

miércoles, 4 de marzo de 2009

Better Off Dead: el desamor no duele, pero escuece que no veas

Perdonadme que no corrija todavía la ruptura de la paridad pelis-videojuegos que rige en este blog, pero ya sabéis el tiempo que lleva completar un juego en estos días. Al menos, un juego de los que ahora mismo centran mi atención, y de los que hablaremos a su debido tiempo. Por ahora, volvemos a los terrenos de la comedia estudiantil con uno de los múltiples títulos que forjaron la carrera de John Cusack durante los años 80, y que incluye una maravillosa dosis de humor negro sin llegar a los abismos de oscuridad de los que disfrutamos en Escuela de jóvenes asesinos.

Lane, no es amor/lo que tú tienes/se llama obsesión

Y no porque los protagonistas fueran unos frikis; lo que pasaba es que los coches no llevaban alerones ni el tubarro trucado.

La primera versión de A todo gas no caló entre el público.

Ya sé que no es propio de mí invocar por el estribillo cierta odiosa y omnipresente canción del verano de hace varios años, pero es que Aventura bien podría haber escrito su célebre bachata después de ver las tribulaciones del joven Lane Meyer (John Cusack), que reside en Greendale, en el Norte de California y que ama a su novia Beth (Amanda Wyss)... demasiado. No es sólo que tenga el cuarto empapelado con fotos de su bello rostro; es que lo tiene hasta en los percheros de su armario. Sin embargo, el pobre diablo no sospecha que su preciosa Beth le ha echado el ojo a otro tipo: Roy Stalin (Aaron Dozier), el arrogante guaperas que capitanea el equipo de esquí del instituto local. Durante un viaje a la cercana estación de esquí en el que Lane intenta (sin éxito) ingresar en el equipo, se materializa la ruptura de su relación de seis meses en una sucesión de escenas bastante confusa; como es de esperar, el amigo Lane lo encaja bastante mal.

Y cuando estás obsesionado con tu novia y ella te da calabazas por el Capitán Capullo, ¿qué te puede pasar? Que empieces a plantearte que, como reza el título del filme, estás mejor muerto. Pero si, como Lane, eres bastante indeciso a la hora de dar el paso fatal, y para colmo tienes una racha de mala suerte épica, lo normal es que tus intentos de poner fin a tu miserable vida sólo consigan hacerla más miserable aún. Y lo que es peor, hacerlo de maneras muy cómicas para cualquiera que te esté observando.

Pero esa mala suerte en el suicidio es sólo un problema menor para Lance. Más serio es el hecho de que vive rodeado de gente que en algún momento se dejó la cordura olvidada por ahí y no pasó a recogerla por Objetos Perdidos. Su madre (Kim Darby) está obsesionada con ser el ama de casa perfecta, pese a que su cocina parece el fruto de las pesadillas que tendría Lovecraft si se indigestase; su padre (David Ogden Stiers) intenta ir de enrollado y anticipar sus problemas sin sospechar lo que le pasa por la cabeza, creyendo que toma drogas; su hermano (Scooter Stevens) es una especie de genio circunspecto de ocho años, con más que probable síndrome de Asperger y un poco sano interés por los inventos disparatados y las mujeres fáciles.

Porque si no está James Caan, no es una verdadera fiesta Playtío.

Sólo nos falta James Caan, y ya tendremos una verdadera fiesta Playtío.

Y si salimos de su familia, su amigo Charlie (Curtis Armstrong, el inolvidable Herbert Viola de Luz de Luna) es un drogadicto que prefiere "experimentar" con gelatina de frutas o nieve (de la de verdad) antes que con drogas como Satanás manda; un par de hermanos coreanos (Yuji Okumoto y Brian Imada) se empeñan en retarle a carreras callejeras mientras uno de ellos narra la acción imitando al locutor televisivo Howard Cosell; el dueño de la hamburguesería local (Chuck Mitchell, el inolvidable villano de Porky's) siempre intenta partirle la cara cuando choca con él a consecuencia de sus encuentros con los hermanos; la odiosa mujer que vive frente a su casa (Laura Waterbury) intenta convertir a la estudiante francesa de intercambio a la que acoge, Monique (Diane Franklin, en una antítesis de su papel en El último americano virgen) en la novia del retrasado social que tiene por vástago (Dan Schneider, hoy día famoso como productor y guionista de series como Drake & Josh); y el repartidor de periódicos es un implacable demente que llegará a extremos dignos de un psicokiller de serie B (y rodados de la misma manera en algunos momentos, que es lo más cachondo) con tal de cobrarse una deuda de dos dólares.

Pensándolo bien, si yo viviera en ese entorno también me plantearía el suicidio. O eso, o unas bonitas vacaciones en Silent Hill, que es más tranquilito y la gente es más normal.

Mientras navega por el entorno de locos que rodea su adolescencia, Lance intenta desesperadamente buscar un modo de salir adelante con su vida sin Beth o ponerle fin definitivamente; de empeñarse en vivir o empeñarse en morir, por citar a cierta obra maestra. ¿Está la contestación a ese dilema en sus intentos por esquiar la montaña más peligrosa del lugar (con desastrosos resultados)? ¿Está en sus intentos de salir con otra chica (con desastrosos resultados)? ¿Está en sus vívidas ensoñaciones diarias (con... vale, ya pilláis cómo va esto)? ¿O quizás está mas cerca de lo que él mismo piensa?

En busca de la autoestima perdida en el mar del disparate

¿Qué ven las tías en él? Tal vez su sexy mezcla de matonismo, superficialidad y actitudes de maltratador en potencia.

Roy Stalin: conocerle es odiarle.

Better Off Dead, al igual que Escuela de jóvenes asesinos, mira al lado trágico y oscuro de la adolescencia en las high schools norteamericanas intentando (con éxito) sacarle la vena jocosa. la diferencia es que, donde el filme protagonizado por Sosita Winona Ryder y Christian Slater hacía una cruel disección de las dinámicas sociales de esos malsanos ambientes, el filme protagonizado por Cusack prefiere estudiar cómo uno de esos jóvenes afronta el duelo de una relación rota con el telón de fondo de una realidad disparatada.

En el aire bizarro y exagerado de los personajes que rodean al protagonista debe de influir el hecho de que el guionista y director del filme, Savage Steve Holland, es un animador de formación, ya que cualquiera de ellos se sentiría como en casa en un episodio particularmente sarcástico de los Looney Tunes, o en una temporada de Los Simpson o Padre de familia (de hecho, los hermanos coreanos tenían un cameo en esta última). Incluso un personaje tan realista (y despreciable) como el villano principal, Roy Stalin, mueve a la risa gracias a su apellido; sólo le falta un mostacho fino, una chistera, un monóculo y una risa maquiavélica para ser un malo de opereta. Sin llegar a provocar la carcajada, las marcianas situaciones que provocan estos personajes tiene el mismo efecto que un sketch decente de Muchachada Nui: hacernos alternar entre la sonrisa y un semiasombrado "pero qué fuerte" cada poco tiempo.

Y siempre procuraba ir bien peinado, fuera a donde fuera.

El joven Jason se tomaba muy en serio el cobro de los periódicos que repartía.

Pero si eso fuera todo lo que tiene la película a su favor, no pasaría de ser una versión adolescente de Aterriza como puedas. Menos mal que Holland sabe mantener el tragicómico sufrimiento de su personaje principal en territorio bastante realista. Las dudas existenciales de Lane, sus poco entusiastas amagos de suicidio e incluso su delirante ensoñación diurna, en la que se imagina discutiendo con un dibujo de su novia, son sucesos creíbles, dolorosos e hilarantes a un tiempo, y ayudan a que simpaticemos con él: después de todo, está pasando por una versión un poco exagerada de algo que muchos hemos vivido de primera mano.

El filme también sabe reflejar el lento y arduo proceso por el que una persona sobrevive a la ruptura con el ser amado; en ese sentido, los sucesivos asaltos a la montaña de Lane, o el Camaro estropeado que yace frente a su garaje son metáforas obvias, pero eficaces, de los obstáculos que tiene que afrontar para recuperar la felicidad, y que desembocan en un duelo-casi-a-muerte, cómico y tenso a la vez, con los villanos, símbolos últimos de dichos obstáculos. Que el catalizador de ese intento definitivo de seguir adelante sea una chica le da un siempre bienvenido toque adicional de ternura al proceso, además de convertir los minutos finales en lo que a mí me parece una parodia muy graciosa de las películas de capa y espada.

En el terreno de la actuación, Cusack está adecuado en la mezcla de tristeza e ironía despreciativa con la que interpreta al atribulado Lane, y el resto de actores también saben darle credibilidad a sus surrealistas personajes. Ninguna actuación fue tan mala como para hacerme rechinar los dientes de horror, y con eso me conformo. Y sale Herbert Viola esnifando nieve (no, cocaína no: nieve) con una chistera de vagabundo guay, lo cual siempre es un punto a favor.

Por el lado de los defectos, Savage Steve Holland resulta en varios momentos algo brusco en sus transiciones entre escenas, sobre todo en los primeros minutos de la película, en los que yo no me enteraba si la escena en que Lane intentaba entrar en el equipo de esquí ocurría antes o después de ver a Betty poner la foto de Roy Stalin en el marco que hasta entonces ocupaba la del protagonista. También hay algunos gags, como la ensoñación animada y videoclipera en la hamburguesería, que aparecen sin venir a cuento, en plan "pues no molaría que Lane se imaginara como el doctor Frankenstein y creara una hamburguesa viviente que cantara con la voz de David Lee Roth".

Si no os importan esos fallos, u os los tomáis con buen humor, Better Off Dead es una bunea elección cuando tenéis el cuerpo ochentero una tarde de sábado y queréis además que el humor sea negro, pero sin pasarse.

Y reconozco que yo podía ser bastante tenaz a la hora de ajustarme a mi ruta cuando repartía el Qué! por mi ciudad natal, pero lo del repartidor de periódicos de esta película me parece excesivo.

PD: ¡Se me olvidaba! Sale Vincent Schiavelli, y eso casi vale el precio de la película por sí solo.

domingo, 22 de febrero de 2009

Viernes 13 (2009): aparquen su cerebro a la entrada, por favor

Disculpad que hoy me salte un poco la alternancia, pero es que el juego que tenía pensado glosar hoy me está durando más de lo que había pensado (aunque no por mucho; sospecho que estoy muy cerca de su final). En su lugar, permitidme que os acerque al último remake regurgitado por Hollywood: el de una saga de la que hablaba hace no tanto, al hilo del segundo juego de Los mitos de Chzo. Coged un machete y calzáos una máscara de hockey, que nos metemos en los dominios del tío Jason.

Campamento Crystal Lake: unas vacatas para morirse

¡Ah, no, es un simple asesino en serie! Ya me quedo más tranquila, en contra de la lógica más básica.

¡Sielos, un mirón pervertido que espía a las muchachas mientras se bañan!

Sabedores de que la saga original comenzaba con la madre de Jason, y de que los espectadores quieren verle a él y no a su vieja, los responsables del engendro filme resumen el equivalente al primer filme de la saga en los minutos del prólogo: en 1980, la última y desesperada superviviente de la venganza descontrolada de Pamela Voorhes logra huir de ella el tiempo suficiente como para darle muerte, decapitándola de un machetazo. El cadáver sin cabeza es encontrado poco tiempo después por el pequeño Jason, al que todos (madre incluida) suponían más ahogado que el pasaje del Titanic; en la cabeza del niño resuena la voz de su madre, exigiéndole que la vengue...

Saltamos a la actualidad, donde un grupo de adolescentes más desarrollados de lo común y con las hormonas echando humo van de acampada por esa misma zona, ignorando las leyendas que hablan de Crystal Lake como un lugar maldito. Claro que en la elección del lugar para acampar ha influido mucho que el friki de la pandilla, Wade (Jonathan Sadowski), y otro de los chicos estén buscando una plantación de marihuana que, se dice, está perdida en esos bosques, y cuya venta podría hacerles a los dos muy ricos. Cuando cae la noche, y tras recordar la leyenda de Jason al amor de la lumbre, las parejitas se van cada una por su lado mientras Wade tiene la delicadeza de dejarles solos e irse a, um, "desbeber" lo bebido. Nadie culparía a los espectadores por pensar que a partir de ahí van a ver una repetición bastante fiel de Viernes 13, 2ª parte; y así es, pero lo que la peli original estiraba a lo largo de hora y media, este filme lo despacha en algo así como un cuarto de hora. El título de la película aparece por fin mientras el patio de butacas se recupera de la sorpresa de ver lo expeditivo que es Jason (que todavía viste la tela de saco que llevaba en la segunda parte, pero de una manera bastante más digna que en la versión original).

Saltamos a un mes después de la matanza que acabamos de ver, cuando otra pandilla de adolescentes liderada por el niño rico y capullo integral Trent (Travis van Winkle, un nombre ideal para quedarse dormido cien años) se dirige a la casita junto al lago (huelga decir cuál es el lago) de su "popó" a pasar el fin de semana bebiendo, drogándose, follando y evitando cualquier actividad productiva o imaginativa. La pandilla incluye los sospechosos habituales de estas películas: el amiguete aún más irresponsable que el protagonista (Ryan Hansen), las rubias guarrillas y con poco cerebro (Willa Ford y Julianna Guill, totalmente intercambiables por lo que a esta película se refiere), y la nota de color étnico políticamente correcto que encarnan el chico negro (Arlen Scarpeta) y el chico asiático (Aaron Yoo) de la pandilla. Ah, y no se nos olvide Jenna (Danielle Panabaker), la chica sensible que, por motivos que a cualquiera con dos dedos de frente se le escapan, es novia de Trent.

Son jóvenes, son guapos, y son tan estúpidos que matarles es deprimentemente fácil.

Tommy Hilfiger presenta su catálogo de víctimas para la primavera de 2009. 

Durante una parada para echar gasolina, Trent tiene un cuasi-encontronazo con Clay Miller (Jared Paladecki, el Sam Winchester de Sobrenatural), que está empapelando el área con carteles de su hermana Whitney, desaparecida hace precisamente un mes. Cuando vemos la foto de Whitney Miller (Amanda Righetti, actualmente integranter del elenco principal de El Mentalista), no tardamos en reconocerla como la última integrante del primer grupo al que atacó Jason. La dulce, dulce Jenna logra parar el conflicto en el último momento, y Clay se larga en su moto (es un buscador de misterios solitario, POR SUPUESTO que va en moto) mientras el grupo prosigue su marcha hacia la cabaña.

Los azares del destino acabarán llevando a Clay, tras breves y tensos encuentros con un policía local y algunos lugareños, a llamar a la puerta de Trent, y Jenna no tardará en irse con él, en teoría para disculparse por la pésima educación de Trent (en la práctica, es muy posible que la chica se haya dado cuenta por fin de que está saliendo con un perfecto imbécil). Y Jason tampoco tardará en cambiar su máscara de tela de saco por su icónico protector de hockey, para a continuación aplicarse en la tarea de apiolar a la pandilla de Trent y Jenna miembro a miembro. De modo que, a medida que el grupito de amigos se vaya viendo cada vez más reducido, Clay se convertirá en una opción más razonable de supervivencia ante la furia asesina de Jason... ¿Pero serán las habilidades de Clay suficientes para derrotar al terror de Crystal Lake antes de que se les funda a todos?

Pero qué víctimas más tontas tengo

Si no les matara yo, seguro que se las arreglaban para matarse ellos de alguna manera estúpida. Y llevándose por delante a inocentes, que es lo peor.

Técnicamente, sólo soy un repartidor de Premios Darwin. 

Ahora voy a decir algo que, sin duda alguna, os va a hacer dudar de mi cordura y mi buen gusto, de modo que os ruego que sigáis leyendo para ver cómo explico mi afirmación.

Allá va: el remake de Viernes 13 es un gran película.

No, dejad de mirarme con esos ojos como platos. No estoy desvariando; ya sé que nunca he sido el tipo más normal de mi barrio, pero no se me ha caído el buen gusto mientras iba al baño a ducharme, ni tampoco he perdido un par de tornillos. Lo diré aquí y ante un tribunal, una y mil veces: el remake de Viernes 13 es un gran película.

Claro que me estoy dejando la otra mitad de la frase: este remake, digo por tercera vez, es un gran película... siempre y cuando uno tenga muy presente qué es lo que va a ver. Si uno cree que va a ver una película de terror y a sufrir por el horrible destino de los protagonistas, no es que se vaya a llevar una terrible decepción: es que saldrá del cine acordándose de los muertos del director, Marcus Nispel (que ya se ocupó del remake de La matanza de Texas), y de los guionistas, Damian Shannon y Mark Swift. Pero es que si alguien va al cine esperando que Viernes 13 sea una película de terror, tiene toda mi conmiseración por ser tan jodidamente ingenuo y apollardao.

Pero si uno sabe que los más de cinco euros que deja en la taquilla (palomitas y Coca-Cola opcionales) son el pago por ver al tito Jason descuartizar a un grupo de adolescentes imbéciles que llevan sobre sus cabezas carteles imaginarios que rezan Hola-soy-tonto-crújeme, Viernes 13 es una gran película, porque cumple a la perfección con esta promesa. Jason es brutalmente eficaz en sus acciones, sin recrearse en innecesarias florituras para acabar con los mermados hiperhormonados a los que caza... salvo excepciones que pasaremos a comentar en un instante.

Es verdad que el segundo prólogo del filme, en el que los guionistas nos dan una verdadera sorpresa (y, en reconocimiento a su trabajo, no es la única que nos dan) al aniquilar a los que parecía que iban a ser nuestros acompañantes/víctimas para el resto del metraje al estilo Death Proof, los asesinatos resultan bastante más difíciles de tragar, porque este grupillo de personajes resulta simpático a los ojos del espectador; tal vez porque, a diferencia que sus sucesores en la lista de cadáveres provocados por Jason, no tienen suficiente tiempo para demostrar la clase de idiocia que les arrebataría el favor del público. También influye que una de las víctimas, femenina para más inri, sufra el final más horroroso de toda la película, en una muestra de crueldad refinada bastante impropia de nuestro villano.

Pero tras esta inesperada muestra de genio (y de disonancia con el tono del resto de la película, gracias al bestial asesinato mencionado), Viernes 13 vuelve a encarrilarse en la fórmula, para regocijo de la desvergonzada audiencia, apiolando a un elenco de perfectos cretinos de maneras contundentes y, por qué no decirlo, hasta graciosas.

Este asunto me viene grande a mí solo. Por dos metros, para ser exactos. Y eso sin contar el machete que gasta el hijoputa en cuestión.

¿Dean? Necesito que tú y papá vengáis echando leches a Crystal Lake. 

Pero el precio de la entrada no incluye sólo matanza creativa: también incluye a Jared Paladecki canalizando a su personaje de Sobrenatural para ser el único capaz de plantar cara a Jason con garantías de éxito, una segunda vuelta inesperada del guión, una muerte adecuadamente bestia para Jason, y una resurrección carente de sentido en un final sorpresa carente de sentido, pero sin el cual la película estaría como desnuda.

Claro que, teniendo en cuenta que el bueno es Jared Paladecki, en caso de que no haya secuela es facilísimo imaginar como acaba ese susto final: Clay se sobrepondrá inmediatamente al susto, volverá a canalizar el poderío de Sam Winchester, y le dará a Jason Voorhes tal toba de hostias que el pobre no sólo volverá de cabeza al fondo del lago, sino que se quedará ahí el suficiente tiempo para asegurarse de que lo primero que ve al salir no es la bota de Clay/Sam. Digamos que unos tres o cuatro años serán más que suficientes.

Lo dicho en los párrafos anteriores se resume en este: Viernes 13 es un gran película siempre y cuando el espectador sepa que va a ver una monumental chorrada en la que personajes demasiado estúpidos para vivir reciben una dosis letal de karma a manos de un asesino indestructible, y este a su vez recibe la suya a manos del trasunto de un cazamonstruos televisivo. Es posible (por no decir seguro) que no sea buen cine ni de casualidad, pero es ideal para disfrutarla con una pandilla de amigos, palomitas a granel y un nivel etílico moderado.

Y ya que estamos, encuentro gratamente sorprendente que el personaje negro sea el único de la pandilla de Trent que logra plantar cara con cierta eficacia a Jason. De poco le sirve al final, pero por lo menos demuestra tener mucha más valía que los descendientes de los que esclavizaron a sus antepasados. Me quito el sombrero ante ti, hermano.

domingo, 8 de febrero de 2009

Fallout: caminante, no hay futuro/se hace futuro al andar

Os voy a confesar algo: no debería estar aquí. Debería estar retrasando la actualización, o haciéndola a través de un cibercafé. Debería estar en Santander, a 700 kilómetros de donde estoy sentado ahora mismo. Pero el temporal de nieve (tercero, si mi cuenta no falla) que azota el norte de la Península me ha obligado a ser cauteloso y quedarme por estos lares.

Al menos no he desaprovechado el tiempo: por fin he motnado una cajonera que hace meses me regaló mi madre, y que hasta ahora había sido demasiado perezoso para armar. Y he descubierto un nuevo vicio. Y, como es natural, no he faltado a mi cita dominical con vosotros, que esta vez nos lleva un clasicazo del rol por ordenador.

El Apocalipsis no será televisado: será videojugado

Y tú, valiente héroe, eres el único que puede detenerlas.

Tras la guerra nuclear, las ratas se disponen a heredar la Tierra. 

En el principio (y para el caso, supongamos que "principio=1988"), estaba Wasteland, un juego de rol para ordenador que contó entre sus diseñadores con nombres tan renombrados del mundillo como Michael A. Stackpole (Mercenaries, Spies and Private Eyes, además de ser novelista de Battletech por excelencia y el hombre que dejó en evidencia las conspiranoias ultraconservadoras contra los juegos de rol) o Ken St. Andre (Tunnels & Trolls, Stormbringer). El jugador manejaba a un grupo paramilitar de sudoeste de Estados Unidos, los Desert Rangers, que tras sobrevivir a una guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética se ven metidos en una aventura al investigar sucesos extraños en el desierto nuclear.

El título, desarrollado bajo el manto de Interplay para Electronic Arts, presentaba innovaciones como la persistencia de los cambios que el jugador introducía en el entorno, o que los personajes que el grupo podía reclutar podían negarse a cumplir órdenes en según qué situaciones. Y todo ello en un ambiente de comunidades aisladas tratando de rehacer la civilización, bandas de motoristas, grupos paramilitares y cultos del Apocalipsis, y sobre la base de las mecánicas de juego creadas por Stackpole y St.Andre para sus juegos de mesa. Los roleros que tenían por aquella época un Apple II de Macintosh o un PC de IBM cayeron sobre él cual guepardo sobre gacela joven y mollar, y el juego se convirtió en un clásico.

Cuando eso pasa, lo normales que el juego no tarde en tener una secuela; en este caso, sin embargo, lo más que llegó a tener fue una casi-secuela (a EA le entró cagalera en el último minuto) titulada Fountain of Dreams, que salió en 1990 y que no fue demasiado bien recibida por los fans al ser más corta que el juego original y mucho más difícil en su tramo inicial.

Mientras tanto, Interplay se convirtió en sello distribuidor además de productor, y acogió bajo sus alas a varios estudios desarrolladores (entre los cuales estaba un pequeño grupo de Irvine, California, que empezó llamándose Silicon & Synapse para luego cambiar su nombre a Blizzard; pero esa es otra historia). Un grupo de esos desarrolladores, dirigido por el escocés Feargus Urqhart y que contaba en sus filas con nombres como Tim Cain o Leonard Boyarsky, decidió que un ambiente tan atractivo como el dibujado por Wasteland   daba para mucho más que para perderse en las nieblas del tiempo y la obsolescencia tecnológica; pero como no tenían la licencia para hacer una secuela literal, decidieron hacer un juego que reflejase los aciertos de Wasteland con su propio y distintivo estilo. El título de hoy fue el resultado.

La guerra... La guerra nunca cambia

Y los dos primeros no cuentan.

Adivinad, en tres intentos, la inspiración de mi PJ.

Esa es la icónica frase con la que Ron Perlman comienza a narrarnos la sombría historia del mundo en el que se desarrolla el juego; un mundo en el que la evolución de la tecnología siguió unos derroteros más en la línea de la ciencia-ficción de los años 50 que nuestra realidad, pero en el que subsistió la misma avaricia por los recursos. A finales del siglo XXI, la lucha por las últimas reservas de petróleo y uranio entre Estados Unidos y China acabaron por estallar en una guerra abierta, y la guerra acabó por desatar el horror de las armas atómicas sobre el planeta. El 23 de octubre de 2077, el fuego nuclear barrió toda la vida de la Tierra.

Lo que no pudo barrer fue la vida de los que se refugiaron en las Bóvedas, refugios antinucleares diseñados por la compañía Vault-Tec para asegurar la supervivencia de sus habitantes en caso de un holocausto nuclear. Aquellos privilegiados que fueron capaces de coger sitio en uno de ellos pasaron varias generaciones a salvo de la radiación y de los terribles transtornos que había sufrido el mundo exterior.

Pero las cosas acaban de cambiar para una de las Bóvedas. Estamos en 2161, y el complejo chip que permite que la Bóveda 13 tenga una inagotable fuente de agua potable acaba de hacer catacrocker. El Supervisor (Ken Mars, el inolvidable rival de Howard Bannister en ¿Qué me pasa, doctor?), sabedor de que no van a poder sobrevivir mucho tiempo en estas condiciones, pero reacio a dejar que los habitantes de la Bóveda salgan a los peligros del mundo exterior (¿alguien ha dicho "padre sobreprotector", o voy a tener que decirlo yo?), decide que hay que seleccionar a uno de ellos para que desafíe los peligros más allá de la caverna antinuclear y encuentre un repuesto. Y el elegido, fíjate qué sorpresa, eres tú, señor jugador. O sea, nosotros.

Por lo menos no salimos a ciegas al mundo de afuera. Los mapas de la Bóveda 13 indican que a unos pocos días de camino a pie está la Bóveda 15. Parece un buen sitio para empezar a buscar el repuesto, y con un poco de suerte es posible que la aventura en el exterior no llegue a durar una semana antes de volver al confort del refugio.

Por supuesto, eso ni de casualidad será así. Nuestra búsqueda se convertirá en una odisea durante la que tendremos que enfrentarnos a la hambrienta (y mutada) fauna que puebla el desierto posnuclear, usar nuestra astucia para caer presa de los depredadores de dos patas que pululan por las pocas comunidades habitadas del exterior, y alquilar nuestros músculos (y cerebro) al servicio de causas más o menos (y a veces, mucho menos) nobles. La experiencia de buscar el chip purificador de agua también nos permitirá conocer exóticos lugares y encontrar las curiosas formas en que la vida, mutada o no, ha seguido adelante tras el fin del mundo.

Y ya que hablamos de las formas en que la vida ha continuado, ni nos imaginamos todavía lo peligrosas que son algunas de esas formas. No para nosotros, ni para nuestra Bóveda, sino para todo animal racional que camina sobre dos patas. Pero nos enteraremos, oh sí; vaya si nos enteraremos...

Teme a la radiación más que a cualquier dragón

Hay quien dice incluso que ahora es más sano ir a tratarse allí.

El Hospital Santa Bárbara no cambió mucho tras la guerra.

Fallout es un sospechoso habitual en cualquier lista de los mejores juegos de rol de todos los tiempos, y cualquiera que dedique un rato suficientemente largo a conocerlo verá sin dificultad por qué. El título de Interplay ofrece a los jugadores una enorme libertad de acción a la hora de configurar su personaje y de enfrentarse a las diversas misiones que podía encontrar en el juego. ¿Eres un bestiajo que prefiere disparar primero, disparar después, y seguir disparando hasta que no se menea nadie? ¿Un tipo sigiloso de dedos ágiles con problemas para diferenciar entre lo que es tuyo y lo que es de los demás? ¿Un astuto negociante capaz de convencer a la gente de que el sol sale por el oeste? ¿O una combinación de ambos? Da igual: en el desierto radiactivo, tus habilidades demostrarán su utilidad para ayudarte en la búsqueda del chip purificador y en muchas más cosas.

Gran parte de culpa es el sólido sistema sobre el que se asienta el juego: SPECIAL. Se trata de una mecánica de juego basada en siete atributos, habilidades porcentuales (cuyos puntos por nivel se determinan por la Inteligencia) y una capacidad especial o "perk" cada nivel múltiplo de tres. Los diseñadores de Fallout crearon SPECIAL después de que fallaran las negociaciones con Steve Jackson Games para usar GURPS, e inspirándose mucho en este sistema multiambiental; ironías de la vida que influyera tanto (al menos, a mí me lo parece) en Dungeons & Dragons 3ª edición.

Pero el sistema no lo es todo. De hecho, no es más que la base. El hermoso edificio (en ruinas por la guerra atómica, pero hermoso después de todo) que es Fallout está hecho de llanuras arrasadas por la bomba atómica, comunidades independientes que juntan a lo mejor y peor de cada casa en un intento por arrancarle sustento a la renegrida tierra y comercian a través del trueque de objetos (y de chapas de botella, la nueva moneda de curso), y monstruos (o bandidos) errantes que nos encontramos en nuestro recorrido por un enorme mapa que representa el sur de California. Y la radiación, menos presente de lo que estaría en un holocausto nuclear realista, pero contra la que la única defensa (aparte de las drogas anti-radiación, que tienen la posibilidad de convertirnos en adicto) es evitar los lugares donde se concentra.

En las ocasiones en que tenemos que luchar, el sistema de combate es por turnos. Nuestra Agilidad determina el número de Puntos de Acción (Action Points, o AP), que nos permiten movernos o usar armas y objetos. Durante nuestro viaje encontramos todo un elenco de instrumentos de muerte, que van desde lo rudimentario (cuchillos, puños americanos) hasta lo futurista (armas de plasma ¡Y GÁTLINGS LÁSER!), que nos permitirán hacer pedazos a nuestros adversarios de formas espectaculares y grotescas, sobre todo con los golpes apuntados: cuestan 1AP más que los normales, y es más difícil que impacten, pero cuando impactan... Para ayudarnos en los momentos violentos también hay diversos tipos de armaduras, y más drogas que potenciarán nuestro potencial combativo a costa de una posibilidad más alta de adicción.

De hecho, es muy posible que naciera antes que tu abuelo.

Harold: feo como un demonio, entrañable como tu abuelo. 

En cuanto a los personajes secundarios, el trato con ellos es a la manera que los veteranos del rol conocemos y amamos desde hace tiempo: el diálogo con opciones múltiples (mira y aprende, Morrowind). Dichas opciones varían según nuestros atributos (sobre todo Inteligencia y, en menor medida, Carisma... creo) y habilidades (sobre todo Habla -Speech-), y en ocasiones nos permitirán evitar encuentros violentos o solucionar ciertas misiones. Existe otra droga más, esta vez potenciadora de la Inteligencia, que nos puede ayudar en estas situaciones, y que no hace faltas decir que nos puede convertir en yonkis postapocalípticos.

De los personajes de Fallout, sólo un puñado tiene retrato y voz (las limitaciones técnicas, ya se sabe cómo son), pero en general son interesantes y están bien doblados por un elenco de actores que incluye, además de a los mencionados Perlman y Mars, a Richard Dean Anderson (McGyver), Tony Shalhoub (Monk) o Richard Moll (Juzgado de guardia, House- una casa alucinante). Sólo un puñado de ellos cruzan la barrera que separa a los buenos PNJs de los memorables, pero por suerte entre ellos están los villanos principales y el ghoul Harold, un zombie pensante-viejo guasón que hace las veces de personaje recurrente de toda la saga.

Lamentablemente, esa calidad no se extiende del todo a los personajes que podemos reclutar para que nos acompañen en nuestra búsqueda, que son (literalmente) cuatro gatos con un pasado que se puede resumir en un par de párrafos. Pero ese no es el problema: el problema es que no suben de nivel nunca (bueno, sí lo hacen con un mod que sacó un fan del juego años después, pero sólo una vez cada cuatro niveles del personaje), lo que acaba convirtiéndoles en carne de cañón rápidamente eliminable en los compases finales del juego. Y su inteligencia artificial, sobre todo a la hora de juzgar si es sensato disparar un subfusil en automático cuando estamos en la línea de fuego, tampoco es precisamente como para hacer la ola.

El interfaz también tiene algunos fallos muy molestos, como que sólo se puedan apilar objetos hasta tres cifras, o que poner una cantidad exacta con los botones "+" y "-" del menú sea TAN DESESPERANTEMENTE LENTO. ¡ARRRRGGGHH! Y ya que hablo de "desesperación" y "lentitud", el combate por turnos convierte algunos enfrentamientos en una tortura: esperad a ver la misión en la que tenemos que enfrentarnos a toda una ciudad de guardias armados, y en la que bien podemos echar una siesta entre turno y turno por la cantidad de PNJs que mueven ficha en ese periodo de tiempo.

Pero el más serio de los errores del juego es que existe una pequeña posibilidad de que, si no elegimos bien nuestras habilidades, nos quedemos atrapados a las puertas del final sin tener los medios para terminar el juego. Es relativamente difícil, porque las habilidades necesarias son todas claramente útiles y cualquier jugador las elegiría sin pensarlo dos veces. Pero es posible, y mi última partida con un personaje de combate cuerpo a cuerpo lo demuestra: por elegir mal mis habilidades (y en verdad, hay algunas bastante inútiles en el juego) acabé teniendo que desinstalarlo sin acabármelo. En parte esto también se debe a que no hay muchas subidas de nivel en Fallout (llegar al nivel 11 ya es bastante para terminar el juego), y por tanto tenemos menos posibilidad de diversificar al personaje.

Eso me hizo darme cuenta de que Fallout no me gusta ni de lejos tanto como yo quisiera creer. Sus momentos frustrantes y sus pequeños fallos de diseño (eso no incluye a los bugs, que son un molesto pero inevitable problema del género) llegan a pesar sobre mí demasiado como para que disfrute de verdad su desarrollo en muchos momentos. Casi seguro que es porque jugué a su segunda parte antes, y ese fue el juego que me enamoró de este universo.

Mi historia completa con Fallout 2 ya la contaré a su debido tiempo, pero que os sirva de lección: jugad a este clásico, pero jugadlo antes de jugar a su secuela, y no después. y aunque sea difícil de encontrar de cualquier otra manera, no lo compréis en la web de Interplay a no ser que no haya otro remedio. Ya os contaré por qué.

Y otra lección: dado que la evolución tecnológica ha hecho casi imposible jugar al juego en nuestros ordenadores actuales, visitad el foro de Clan Dlan para obtener los procedimientos con los que hacer que el juego funcione; y de propina, unos mods bastante apañados.