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domingo, 30 de mayo de 2010

Iron Man: si bebes, no pilotes armaduras de alta tecnología

En este último mes de inactividad bloguera (vaya una adhesión a mis propios propósitos de Año Nuevo) me han pasado bastantes cosas importantes, tanto buenas como malas. En el lado malo, hace dos semanas mis jefes me dieron la triste noticia de que a mediados de junio me mandarán a la calle (por cosas del parné, que de mi trabajo no tienen queja), y mi reciente visita a la última edición de Tierras Baldías rebosó angustia existencial, obsesiones con lo que las cosplayers más monas pensarían de cómo las miraba, y una severa advertencia de la organización por zarandear a un chiquillo perteneciente a un grupo que andaba molestando a los que tomábamos parte en una partida (influyó el hecho de que pensaba que los críos en cuestión habían robado a alguien: es una larga historia). En el lado positivo, la susodicha partida fue una memorable incursión en el universo de Mass Effect, en la que interpreté a un salariano con gran éxito de crítica y público (léase: risas del copón), tuve oportunidad de ver en las mismas jornadas algunos partidillos de jugger (no, no he visto Sangre de Héroes, y sí, merezco el látigo por ello), y últimamente me he sentido mucho más apreciado de lo habitual por mis colegas de profesión y conocidos en general.

Ya sé que eso último es un débil consuelo ante la pérdida de empleo, pero un pobre desgraciado con serios problemas de autoestima como yo acoge esas migajas de respeto como un hambriento acoge un banquete de tres platos. Además, tengo apoyos familiares y no tengo cargas hipotecarias ni personales, así que mi situación no es tan terrible: cuando se me acabe el paro, tendré unos cuarteles de invierno a los que volver hasta que la puta crisis pase.

Porque algún día tendrá que pasar, ¿verdad? ¿VERDAD?

Menos mal que siempre me quedará la ficción para endulzar los putos amargores de la vida, y esta vez aprovecho la presencia en cartelera de la segunda aventura del hombre de Hierro para visionarme (y destripar) la primera de sus apariciones fílmicas, que ya iba siendo hora de que me la viera. De lo contrario mi vida social en el mundillo friki quedaría convertida en una sucesión de miradas incrédulas cada vez que confesara desconocer la película.

A mi vida social general ya le pasó algo parecido cuando dije que me NEGABA a ver Gran Hermano, pero eso no podría traérmela más floja. Y eso que mi (todavía) actual puesto de trabajo lo comparto con un ex concursante.

La semana más importante de la vida de Tony Stark

Porque como adaptéis Naruto o Bleach como adaptásteis Dragon Ball, nos vamos a cabrear de verdad.

Exigimos al Gran Satán de Occidente que la próxima adaptación fílmica de un manga respete un mínimo el trabajo original.

domingo, 12 de abril de 2009

Dragonball Involution, que no Evolution

Temía que este momento llegara. Una parte de mí temblaba de terror ante la posibilidad; la otra deseaba comprobar en persona la verdad, aunque me volviera tan loco como jugar al Eversion con un tripi en el cuerpo. Pero al final llegó: la visita de Doña Pitufina y Don Herberwest con motivo de la Semana Santa a estas tierras sirvió como excusa para juntarnos y ver lo que Hollywood había hecho con Dragonball. Y aunque a estas horas debería dirigirme en coche a mi hogar para pasar al menos parte de la semana de asueto que tengo por delante, ya me he saltado demasiadas veces mi propia rutina bloguera, de modo que aquí os cuento cómo fue; al menos, espero que os sirva para ahorraros el inútil derramamiento de euros en la entrada para ver este filme.

Por cierto, ante la imposibilidad de sacar afotos dentro del cine, las he tenido que sacar de Internete, como acostumbro con los estrenos en cartelera. Las que acompañan a este artículo salen de Blogdaddy y de Notas de cine, y lo menciono en itnerés de dar crédito a quien las puso online originalmente

Mi nombre es Goku, Son Goku

Lo suyo era más clavarle 6d6 de ataque furtivo al pobre desgraciado antes de que tirase iniciativa.

Bulma no era de las que ponía mucho esfuerzo en las emboscadas.

La primera señal de lo que se nos avecina es la introducción expositiva que nos comemos al iniciarse la película, que apesta descaradamente a añadido de última hora forzado por el estudio para que la gente entienda de qué va la historia: en ella, se nos explica cómo el terrible Rey Piccolo (James Marsters, Spike para los amigos) y su monstruoso secuaz Gozaru estuvieron a punto de destruir el mundo hasta que siete sabios sellaron al malvado en jefe dentro de una vasija mediante un hechizo. Desde entonces, el mundo ha seguido su camino en relativa paz, al menos hasta la fecha.

Nuestro narrador para esa escena resulta ser Gohan (Randall Duk Kim, a quien vimos como Creador de Llaves en Matrix Reloaded), un anciano maestro de artes marciales que vive con la única compañía de su nieto y discípulo, Goku (Justin Chatwin). Goku es un muchacho, que no encaja del todo en su escuela (que, a todos los efectos, es un típico instituto americano) y que no puede defenderse de los matones que se mofan de él porque prometió a su abuelo no hacer uso de su temible habilidad marcial contra pelagatos de a pie. Comprensiblemente, el chaval está harto: quiere vivir una vida normal, a ser posible una en la que se ligue a la guapa Chi Chi (Jamie Chung) y en la que la gente ya no se mofe de él por hablar en clase de, por ejemplo, alienígenas namekianos. Su abuelo le responde diciéndole que no tiene por qué angustiarse: sólo tiene que tener fé en quien realmente es.

La suerte parece sonreír al chico cuando, en un intermedio entre clases, encuentra a Chi Chi intentando abrir su taquilla, que por alguna razón no lee su tarjeta de estudiante. Usando su ki, Goku logra no sólo reventar la cerradura, sino abrir todas las demás taquillas de golpe. La impresionada y agradecida joven decide invitarle entonces invitarle a la fiesta que da esa misma noche en su casa por… porque hoy es hoy, supongo. Nuestro alborozado héroe queda tan entusiasmado por la posibilidad de que Chi Chi esté interesada en él que se le olvida que ese mismo día cumple los 18 años, y para cuando su abuelo sube a llevarle la tarta a su cuarto hace rato que el chico ha largado para casa de la jamelga en cuestión.

Lo que ni Goku ni Gohan saben todavía es que han elegido un mal momento para que el muchacho lleve una vida normal. Por motivos que la película nunca se digna en explicar, el Rey Piccolo ha conseguido escapar de su confinamiento, y acompañado por su cruel secuaz Mai (Eriko Tamura… ¿de qué me suena a mí ese nombre?) a bordo de su Palacio de Opresión Móvil, está buscando las legendarias Bolas de Dragón, siete MacGuffins esferas mágicas que, al ser reunidas, conceden un deseo a su dueño. Esto ya es bastante malo para el mundo en general, pero es aún peor para lo pobres desgraciados que las poseen; un club al que, mira tú por donde, ahora se ha sumado Goku, al que su abuelo Gohan ha confiado una de las esferas, explicándole su importancia y pidiéndole que la guarde bien cerca de él.

En la fiesta, Goku no tarda en convertirse en el rey del cotarro, después de salir airoso de una pelea con los malotes del instituto (en la que demuestra por qué una promesa de no hacer daño activo no significa que tus rivales vayan a salir ilesos si te atacan; es además la mejor escena de acción de toda la peli), y empieza a intimar con Chi Chi… cuando siente en su interior (¿cómo lo hace? ni idea) que algo va mal en su casa. Y así es, porque el Rey Piccolo y Mai están visitando a Gohan, y no son de los que les importe mucho dejar piedra sobre piedra en su búsqueda de las esferas. Para cuando Goku llega, sólo tiene tiempo de decir el último adiós a su agonizante yayo y recibir de él la misión de buscar las demás bolas con la ayuda de un tal Maestro Roshi (el gran Chow Yun-Fat, precursor oriental de Bruce Willis; sí, yo también me pregunto qué coño hace aquí).

A la mañana siguiente, Goku recibe una inesperada visita: la de Bulma Briefs (Emmy Rossum), hija del fundador de Capsule Corporation, que ha llegado hasta allí siguiendo el rastro de la Bola de Dragón que poseía la compañía, y que fue robada hace varias noches por Mai. Aunque en principio cree que la que tiene Goku es la suya, y por ello intenta llenarle de plomo, el chico le acaba demostrando que se equivoca al mostrarle que la esfera que tiene sólo cuenta con cuatro estrellas (la de Bulma tenía cinco). Viendo que ambos buscan lo mismo, y que a ninguno de los dos les gustaría que ese tal Piccolo hiciera uso de las siete bolas, deciden aliarse e ir en busca de Roshi.

¿Podrán nuestros héroes reunir las siete bolas e invocar a dragón Shenron antes de que Piccolo convierta el planeta en un infierno terrenal? ¿Podrán plantar cara a su infernal sicario Gozaru cuando por fin aparezca? Pero más importante aún: ¿aguantará alguien en el cine lo suficiente para ver la respuesta a estas preguntas?

Justo tan mala como la imaginabas

Parece usted Bruce Willis al principio de El último boy scout

Qué mal le veo, inspector Tequila.

Es verdad, como decía Doña Pitu anoche, entre bocado de carpaccio y degustación de provolone, que a los frikis nos encanta poner a bajar de un burro las cosas sin haberlas visto siquiera; pero es verdad también que pocas películas han demostrado ser tan merecedoras de ese tratamiento como Dragonball Evolution Involution. Parece mentira que Stephen Chow haya producido el filme, y que Akira Toriyama haya estado de productor ejecutivo, porque el filme es un egregio ejemplo de falta de respeto por la licencia original.

Para empezar, la acción no tiene lugar en nuestro mundo, ni en el de Dragonball, sino que parece saltar de uno a otro en cada escena. Nunca da la impresión de estar localizado en una Tierra paralela donde las grandes urbes modernas conviven con el ki y los torneos de artes marciales, sino que parece que el mundo cambia de enfoque a capricho del guión. No hace falta decir lo mucho que eso chirría, ni recordar la falta de coherencia interna que de eso se deriva, ni indicar que el espectador nunca siente que los personajes viven en un entorno vivo; y aún así, lo acabo de hacer. ¿Por qué? Me gusta regodearme, supongo.

Luego está el problema con los actores. El problema con ellos no es por ellos mismos, que actúan con bastante profesionalidad (al menos, eso dice Pitu; y a mí tampoco me dio la sensación de que lo hicieran ellos mismos mal), sino con las ridículas líneas de diálogo que el guión les hace escupir. Da penita verles forzados a soltar cliché tras cliché en cada escena, en gran medida porque ni siquiera son clichés que resulten mínimamente graciosos, sino que son de una sosez que descorazona. En la versión española, el efecto se ve agravado por un doblaje que se las arregla para multiplicar el ridículo de los diálogos empleando la entonación más inadecuada a cada momento. Con todo, hay excepciones: la manera en que James Marsters, como Piccolo, explica la experiencia de su encierro es un pequeñito diamante de brillantez en un erial carbonífero.

Y de la evolución de los personajes, casi mejor cuanto menos se diga. Los protagonistas, más que evolucionar, cambian a trompicones según al guionista, Ben Ramsey, le da la venada. Roshi pasa de borrachuzo lascivo y desaseado a sabio místico marcial sin nada que se parezca a una etapa intermedia de desarrollo, y por lo que respecta a los romances… Creedme, si algún día tengo la oportunidad de tener una historia de amor como la que viven Goku y Chi Chi, o la que surge entre Bulma y Yamcha (Joon Park), prefiero mi celibato forzoso a esos prodigios de falta de naturalidad y de “emparejamiento porque el guión lo dicta”.

Con todos esos puntos en contra, está claro que la película es una mierda; sin embargo, cabría esperar que al menos las escenas de acción molasen, ¿o no? Pues al principio parece que sí, con la grandiosa escena de Goku en la fiesta o su entrenamiento previo con Gohan, pero la película no tarda en bajar la calidad en ese sentido, presentándonos peleas cada vez más y más carentes de gracia hasta llegar a un tristísimo duelo final.

La calidad de los efectos especiales (que en general es bastante aceptable) poco puede hacer ante estos fallos, o ante la tendencia del guión de explicarnos las cosas a través de parrafadas de sus personajes en lugar de emplear flashbacks. El director James Wong y el guionista Ben Ramsey no sólo han hecho una mala adaptación; han hecho una mala película. Sólo espero que los pobres actores puedan salvar sus carreras después de este despropósito, y que vosotros no cometáis el error de ver esta morralla en el cine. Si no os queda más remedio que comprobar lo ponzoñosa que es, haced uso de vuestro derecho a la descarga sin ánimo de lucro; al menos así la podréis borrar luego del disco duro.

Esta crítica va dedicada a Dave Arneson, creador de Dungeons & Dragons, fallecido el pasado día 7 a los 61 años tras un cáncer. Esperemos que en el Otro Barrio él y Gary Gygax puedan solucionar amigablemente su disputa por la autoría del juego, y crear de paso unso cuantos módulos de calidad divina. Los roleros de este mundo nunca podremos agradecer lo suficiente que Arneson cogiera las reglas de un juego de estrategia y las modificara para dar origen a algo distinto. De modo que gracias, y descanse en paz.

lunes, 23 de marzo de 2009

Watchmen: ¿quién vigila (en la gran pantalla) a los vigilantes?

Este ha sido un fin de semana extraordinario, gracias a la visita de doña Pitu y Herberwest. Ayer fue un sábado de compras y descacharrantes conversaciones sobre temas varios, por ejemplo:

Y como guinda del pastel de tan animada jornada, los tres fuimos a ver una de las películas de superhéroes más esperada de la historia del cine, adaptación del considerado mejor cómic de superhéroes jamás creado. ¿Es el filme de Zack Snyder capaz, al menos, de ser una digna adaptación de la obra de Alan Moore y Dave Gibbons, a pesar de los desbarres iracundos del guionista británico en su contra?

Cinco minutos para la medianoche de la raza humana

Hurm... Yo me decanto más por algo que tenga que ver con patear sus gohulaag cabezas.

Y nuestro grito de guerra será: ¡Hoy es un buen día para que muera otro! 

Es el doce de octubre de 1985. El ya talludito Edward Blake (Jeffrey Dean Morgan, el padre de los hermanos Winchester en Sobrenatural), pasa una tranquila velada nocturna en su apartamento, viendo sin mucho interés las noticias sobre el progresivo calentamiento de las tensiones de la Guerra Fría antes de cambiar de canal para ver lo que parece una película erótico-festiva un anuncio del perfume Nostalgia (gracias, comentarista anónimo) con el Unforgettable de Nat King Cole de banda sonora. Para su desgracia, el temazo del célebre cantante negro acaba convirtiéndose en la banda sonora de sus últimos instantes de vida, cuando un asaltante cuya cara no vemos (pero al que Blake parece reconocer demasiado bien) entra en su piso y, pese a la aguerrida resistencia mostrada por Blake, logra propinarle una paliza brutal y arrojarle por la ventana hacia su muerte.

Los créditos iniciales, enmarcados por The Times They Are A-Changin’ de Bob Dylan, nos dan un pequeño repaso sobre cómo la realidad de Watchmen difirió de la nuestra con la aparición de los aventureros enmascarados antes de devolvernos al momento presente, en el que la muerte de Blake no está siendo sólo investigada por la policía, sino por el siniestro Rorschach (Jackie Earle Haley), un vigilante de obvias tendencias fascistas y aquejado de veleidades conspiranoicas. Registrando el apartamento de Blake, Rorschach acaba descubriendo que el difunto era el hombre tras la máscara del Comediante, un amoral operativo del Gobierno de los Estados Unidos implicado en multitud de turbios asuntos; entre ellos, la tercera reelección de Richard Milhouse Nixon, que en esta realidad sigue siendo presidente de los Estados Unidos.

La mentalidad pezona de Rorschach le lleva a creer que la muerte del Comediante puede indicar que hay un asesino de enmascarados sueltos, por lo que corre a avisar a algunos de sus compañeros de profesión. Su primera parada es en la casa de su antiguo compañero de fatigas, Dan Dreiberg, antaño conocido como el segundo Búho Nocturno (Patrick Wilson, el siniestro fotógrafo de Hard Candy). Dreiberg vuelve de una de sus habituales charlas con su predecesor tras la máscara del Búho, Hollis Mason (Stephen McHattie) para encontrarse a su ex partenaire en el ahostiamiento de malhechores zampando una lata de judías en su cocina; la conversación posterior entre ambos, en la que Rorschach le informa de sus teorías, acaba agriándose cuando Dan acusa a su antiguo amigo de ser un lunático, y este le devuelve la pelota recordándole cómo dio la espalda a los viejos tiempos mientras abandona la base subterránea donde Dan guarda sus cachivaches de supertipo.

El que Dan considere a su viejo amigo un zumbado no quiere decir que no se tome en serio la posibilidad de que alguien quiera fundirse a todos los enmascarados, por lo que no tarda en advertir a su vez a otro de los miembros del gremio: Adrian Veidt, alias Ozymandias Matthew Goode, quien interpretó a Gerald Brenan en Al sur de Granada), el hombre más inteligente del planeta y dueño de un impresionante imperio corporativo. Rorschach hace lo propio con el único hombre con superpoderes de esta realidad, el Doctor Manhattan (Billy Crudup), y su actual pareja, Laurie Juspecyk (Malin Akerman), hija y ocasional sucesora de la primera Espectro de Seda (Carla Gugino, quien ya hiciera de agente de la condicional de Marv en Sin City), pero la entrevista acaba con más acritud aún que la mantenida con Dreiberg; para ser exactos, Manhattan teleporta a Rorschach fuera de la base donde trabaja en un proyecto conjunto con Ozymandias para eliminar la dependencia de los combustibles fósiles de la Humanidad. La acritud continúa en forma de discusión entre Laurie y Manhattan, en la que el hiperpoderoso hombre azul le asegura que su habilidad para predecir el futuro (basada en sus poderes cuánticos, y responsable a su vez de su extremo fatalismo y progresivo desinterés por la raza humana) no está funcionando, lo que le hace pensar que la temida IIIª Guerra Mundial va a ocurrir , borrando al ser humano de la faz de la Tierra. Frustrada por el aparente derrotismo de Manhattan (y cumpliendo una predicción que le hace al inicio de su diálogo), la joven acaba yendo a cenar con Dan Dreiberg para tomar un poco el aire y recordar viejos tiempos.

Detener con tu amada un plan malévolo de un supervillano megalómano es un afrodisíaco aún más potente.

A las chicas les vuelve locas que les ayudes a fostiar a reclusos amotinados.

A través de una tensa reunión entre Laurie y su madre, y de los recuerdos de los asistentes al funeral de Edward Blake, vamos descubriendo más sobre el difunto… y como es de esperar, lo que descubrimos no es nada bueno: era un hijo de puta amoral hasta decir basta, capaz de asesinar sin remordimientos a una mujer a la que había dejado embarazada en Vietnam (él y Manhattan ganaron la guerra, básicamente) por herirle con una botella rota al negarse a reconocer al bebé, o de intentar violar a una compañera de grupo (la primera Espectro de Seda). Sin embargo, esos mismos recuerdos nos dejan entrever otra cara del Comediante: la de un hombre tan horrorizado por haber entendido demasiado bien la verdadera naturaleza del ser humano que la única manera en que podía mantener la cordura era convertirse en su parodia.

Y hasta el Comediante podía tener su límite en el cupo de atrocidades que podía soportar. Cuando Rorschach, que ha estado observando de tapadillo a los asistentes del funeral, descubre que uno de ellos es el supervillano retirado Edgar “Moloch” Jacobi (Matt Frewer, quien ya estuvo a las órdenes de Zack Snyder en El amanecer de los muertos), le sigue hasta a su casa y le interroga a la manera de Jack Bauer para averiguar qué diablos hacía presentando sus respetos ante la tumba de uno de sus ex archienemigos. La historia que Moloch le acaba contando es, cuando menos, preocupante: Blake apareció hace unas noches en su casa, llorando como una magdalena y farfullando sobre algo que había descubierto, tan atroz que había conseguido aterrorizarle, y sobre una lista en la que aparecía el nombre de Jacobi junto al de Janey Slater (Laura Mennell), la primera novia del Doctor Manhattan.

¿Puede esa lista tener que ver con las acusaciones dirigidas a Manhattan durante una entrevista televisada, según las cuales habría provocado cáncer a las personas más cercanas a él? Podemos apostar a que sí: agobiado por este hecho, y por haber sido abandonado por Laurie Juspecyk horas antes, el superhombre (¿dios?) se teletransporta a Marte. Y dado que Manhattan era la única razón por la que la URSS no se atrevía a pelearse con Estados Unidos, eso significa que a la Tierra le espera un futuro muy brillante; muy brillante en la oscuridad, para ser exactos. Pero ¿a quién le interesa que la raza humana haga una barbacoa nuclear consigo misma? Y lo más importante: ¿pueden los héroes enmascarados que siguen vivos impedir esos planes?

"Esta ciudad me teme, he visto su verdadero rostro”

Ahora sí que me van a dar de hostias como me detengan.

Te dije que no usaras aftershave con contenido de alcohol, Flanagan.

A estas horas, las bofetadas en Internet (y en cualquier área de discusión friki) sobre si Watchmen es una gran adaptación, un esfuerzo competente o una puta mierda resuenan todavía a plena intensidad decibélica. Mas de una amistad (o de una docena, conociendo la Red de Redes) se habrá ido al guano a estas horas por un quítame allá este Búho Nocturno. El propio Alan Moore hizo su numerito declarando lo mal que le parecía que la peli la hiciera Snyder, diciendo que había tenido un huevo de problemas con el comic-book original de 300 y que “había oído” (no, no la había visto) que la película sobre los espartanos era racista, homófoba y “sublimemente estúpida”.

Hurm.

Si en este pequeño silencio os ha parecido escuchar algo similar a un desesperado estertor agónico que acababa interrumpiéndose de repente, no os preocupéis. Era el poco respeto que me quedaba por el genial autor Alan Moore, a quien a partir de ahora puedo catalogar sin miedo como un has-been. O como un estúpido sublime, dado que su trabajo pasado es sublime y él ha demostrado a estas alturas que es un completo estúpido. Demasiadas fabadas de LSD y peyote, sospecho.

Una vez asegurada una fuente presente y futura de flames e insultos escritos con faltas de ortografía hacia mi persona, vamos a asegurar otra: como lector del cómic original (es decir, del mejor cómico de superhéroes jamás hecho), diría que el filme “del visionario director de 300” (hasta a mí me parece que con esa frase publicitaria se han pasado un poquitín) es una adaptación excelente. O al menos, muy buena. Con sólo unos pocos cambios, de naturaleza más bien cosmética o para cortar elementos que obligarían a alargar el filme aún más allá de sus dos horas y media, captura tanto la letra como el espíritu del original, mostrando a unos héroes que utilizan sus máscaras como un modo (parcialmente fallido) de afrontar sus neurosis o perversiones… cuando no son víctimas de los mismos superpoderes que les dan capacidades extraordinarias, como Manhattan.

El elenco de actores se mimetiza bastante bien con sus personajes, en parte por tratarse de desconocidos para el gran público. Las dos posibles excepciones son Carla Gugino, a la que no veo demasiado parecido de cara con la Espectro de Seda I del cómic, y el actor que interpreta a Richard Nixon, Robert Wisden, cuya prótesis nasal es demasiado cantosa; lo primero no es demasiado grave, pero lo segundo sí que empieza a ser algo serio. Aparte, encuentro curioso que Jackie Earle Haley, cuando por fin se quita la máscara de Rorschach, exhibe un fuerte parecido con Clint Eastwood; de alguna manera, le encaja al cabrón del personaje como un guante.

Por lo menos nos podrían dedicar una canción o algo.

¿Lo peor de este trabajo? Sentir que te vigilan los Def Con Dos. O eso dice la gente.

Por lo que se refiere a los aspectos más controvertidos de la historia original, la película no sólo no los oculta, sino que va más lejos aún que el propio cómic: las escenas de violencia son más sangrientas y brutales si cabe (la escena en la que el Gran Jefe intenta matar a Rorschach en la cárcel tiene algunos momentos que hasta a mí me cuesta soportar), Manhattan muestra desnudez frontal y sin censura en casi todas sus apariciones, y hay una escena de sexo entre dos personajes (no diré cuales: sólo diré que ocurre después de que ambos hagan una acción heroica juntos, y de que su primer intento “en frío” se viera frustrado por un gatillazo, lo que pone de manifiesto el aspecto de “perversión sexual” que la historia original atribuía al superheroísmo enmascarado) que no estaría demasiado fuera de lugar en una película del canal Playboy. Se puede discutir si era necesario hacer más oscuro y violento uno de los títulos que inspiró la oleada de oscuridad de la Edad de Hierro del cómic de superhéroes, pero al menos es digno de aplauso que Snyder y el guionista Alex Tse se atrevieran a hacerlo pasando de la corrección política hollywoodiense acerca de estos temas.

La película también hace uno de los mejores usos que he visto en mucho tiempo de la música ajena, empleando composiciones ajenas en momentos satisfactoriamente apropiados: los títulos de crédito iniciales, las escenas en Vietnam al ritmo de La Cabalgata de las Valkirias, la caminata de Rorschach y Búho Nocturno con All Along the Watchtower, el uso del Hallelujah de Leonard Cohen en la mencionada escena de sexo, el de Unforgettable en la pelea inicial entre el Comediante y su asesino… Y como broche de gala, el flashback en el que Manhattan reflexiona sobre su pasado y su “creación” con la música que Philip Glass compuso para Koyaanisqatsi de fondo: no se me ocurren composiciones más apropiadas para la personalidad y modo de ver el universo del buen Doctor, quien para mí es la representación más realista de cómo afectaría a una psique humana la obtención de superpoderes.

El único punto realmente controvertido es si era necesaria una adaptación tan escrupulosamente fiel, o eso me parece haber oído comentar; el caso es que da gusto ver el mundo inventado por Moore y Gibbons cobrar vida en imagen real, y con unos efectos especiales tan currados, sobre todo en lo referido al Doctor Manhattan y a su estancia en Marte. Además, el final es algo menos ambiguo que el cómic acerca de lo que pasará (¡SPOILERAZOS!): el diario de Rorschach se ve claramente en primer lugar en el archivo de los lunáticos del New Statesman, garantizando así que el plan de Ozymandias se irá al guano y que el hombre de la máscara cambiante se reirá una última vez de él después de muerto.

Por supuesto, esta crítica no es demasiado racional, ni bien estructurada, ni tiene una gran autoridad detrás. Son sólo unas reflexiones inconexas de por qué una película de dos horas y media no se me hizo larga ni me hizo exclamar “¡BLASFEMIA!” ante su interpretación de un cómic que adoro. Mi recomendación: comprad el cómic, y juzgad vosotros mismos si la adaptación funciona o no.

Y sí, Rorschach mola mazo, a pesar de que él y yo no podríamos ser más opuestos ideológicamente. Puede ser un facha conspiranoico, pero que me aspen si no me dan ganas de aplaudirle cada vez que supera una situación desesperada con su mezcla casera de ingenio y brutalidad desatada. Si le pudiéramos convencer de que dejara de creerse las mamonadas de Ayn Rand…