lunes, 26 de noviembre de 2007
Phenomena: la doncella, el dragón y el Profesor X en los Alpes suizos
Yo quisiera ser civilizado como los animales
Así cantaba hace ya tiempo Roberto Carlos (no, el futbolista no) en El progreso, uno de los temas más famosos del cantante melódico brasileño, y uno de los más demoledores con nuestra manera de vivir. Un tema que bien podría hacer suyo, aunque con arreglos heavymetaleros, Dario Argento. En sus filmes, los animales siempre han tenido un importante papel, algunas veces como siervos del Mal, pero la mayoría de las ocasiones como meros testigos mudos o incluso aliados de los protagonistas: El pájaro de las plumas de cristal, por ejemplo, se llama así porque el ave de dicho nombre es la que acaba delatando la localización del asesino. Ese amor por los animales tiene su expresión máxima en nuestra película de hoy, cuya idea surgió tras leer un artículo sobre entomología forense. Argento se lamentaba de que muchas especies de insectos se estaban extinguiendo sin que nadie luchara por ellos como se lucha por las ballenas o los delfines, y pretendía aportar su granito de arena con el retrato positivo que hace de los mismos en el filme.
Para protagonizar este alegato en favor de los insectos vestido con ropajes de thriller sobrenatural, el director romano hizo una de las mejores elecciones de casting de toda su carrera. La joven actriz y modelo Jennifer Connelly acababa de debutar en el cine con un breve pero muy intenso papel en Érase una vez en América: el del amor imposible del futuro gángster David Aaron "Noodles". ¿Quién podía dar mejor el tipo de muchacha inocente cuyo paso a la madurez implica enfrentarse a un gran peligro? ¿Quién no se enamoraría de ella al verla en pantalla? ¿Quién no la animaría al verla en peligro y desearía que saliese con bien al final? Si alguien ha contestado "yo no" a las preguntas anteriores, que haga el favor de mirar en el diccionario lo que es una pregunta retórica; y ya de paso, que se compre un alma de repuesto, que la suya está más que deteriorada.
Con semejante conjugación de factores, tenía que salir una obra maestra. Lo que salió, sin embargo, es una de las películas más apaleadas por los críticos. A los detractores de Argento les provocó un patatús, y hasta algunos admiradores del director renegaron de la película. Lo más gracioso de estos últimos es que adujeran motivos como el exceso de elementos argumentales o la disparidad de estilos en la banda sonora... cuando luego aclaman Inferno, que en recargar el argumento y variar el estilo estilo de la banda sonora con cada escena no tiene rival. Pero todo eso no importa, porque el tiempo ha dado la razón a Argento: Phenomena se ha convertido con el paso de los años en un filme de culto. Ahora vamos a intentar ver por qué.
Abuelito dime tú, ¿por qué matan a muchachas por aquí?
La película empieza en boscosa, montañosa y bucólica Suiza, en una región conocida como "la Transilvania suiza" (con un apodo tan halagüeño, dan ganas de irse de vacaciones para allá). Un autobús recoge en medio del campo a una comitiva de turistas y emprende la marcha, sin darse cuenta de que se ha dejado en tierra a una pasajera (Fiore Argento, hija mayor de Dario). Mientras una evocadora melodía acompaña a los créditos iniciales, nuestra turista despistada intenta buscar ayuda y refugio frente al viento en una casa de campo apartada del camino. Tras entrar por la puerta principal, que no está cerrada con llave (mala señal) intenta llamar a voces la atención de quienquiera que habite en la vivienda. No sabe que hace tiempo que ha llamado la atención del único inquilino presente en el lugar; tampoco sabe que más le valdría volver a la carretera y hacer dedo hasta la población más cercana, pues dicho inquilino está encadenado a una pared, y apenas ha visto a la joven ha empezado a pegar violentos tirones a sus cadenas hasta arrancarlas de cuajo. Pero ya es demasiado tarde para ella: el misterioso ocupante de la casa la ataca, primero con las cadenas y luego con unas tijeras de costura, y tras una persecución que les lleva a un mirador sobre una cascada la apuñala y decapita. La cabeza cae al agua y baja por las corrientes hasta hundirse en un tranquilo remanso. En poco más de seis minutos, ya tenemos la primera víctima de la película.
De hecho, se trata de la primera de una larga serie, como descubrimos en la siguiente escena, en la que el inspector Geiger (Patrick Bauchau), investigador de la policía suiza, ha llevado la cabeza, ya pasto de los insectos y gusanos, al entomólogo escocés John McGregor (Donald Pleasence, el inolvidable doctor Sam Loomis de La noche de Halloween). McGregor es un especialista en insectos necrófagos, postrado en una silla de ruedas tras un accidente de coche, y que vive con la única compañía de Ingrid, una chimpancé entrenada que hace las veces de enfermera. Por las especies de larvas y gusanos que se encuentran en los restos de la cabeza, McGregor determina que la muerte ocurrió hace ocho meses y medio; más o menos por la misma época desapareció una turista danesa llamada Vera Brandt, la primera de una serie de jóvenes de las que nunca se ha vuelto a saber, y cuyo caso está investigando Geiger. El hallazgo viene a confirmar que las jóvenes desaparecidas, entre las que se encuentra Greta, una muchacha que solía visitar a McGregor, han sido víctimas de un asesino en serie. No es que el buen profesor no se oliera algo así, pero darse de morros con la fea, feísima prueba de lo que es probable que le sucediera a su joven amiga tiene que ser bastante duro de sobrellevar.
Enmarcada ya la premisa del filme, es hora de que conozcamos a nuestra protagonista: Jennifer Corvino (Jennifer Connelly), la guapa hija adolescente del famoso actor y director Paul Corvino, que ha venido a Suiza a estudiar interna en el elitista colegio de señoritas Ricardo Wagner (no os riáis, así le llaman en el doblaje español). En el viaje desde el aeropuerto hasta el centro le acompaña una de las profesoras, Miss Bruckner (Daria Nicolodi, pareja durante muchos años de Dario Argento y madre de Asia Argento). Durante el trayecto, sufren un percance típico de los viajes en coche por el campo: una abeja entra por la ventanilla. Pero mientras que Miss Bruckner se asusta e intenta mantarla, Jennifer la trata con delicadeza y deja que se pose en su mano. Ante la mezcla de sorpresa y asco de la profesora (y de unos cuantos espectadores, no me cabe duda), la muchacha explica que los insectos le gustan y que jamás le han hecho daño; mientras dice esto, acaricia el lomo de la abeja, lo que nos da la primera pista de que esta muchacha es algo más que una amante de los animales corriente.
Apenas llega al colegio (con voz de narrador incluida... ¿a qué nos recuerda eso?), Jennifer conoce a su compañera de habitación, Sophie (Federica Mastroianni, sobrina de Marcelo Mastroianni). También conoce a la estricta directora del centro (Dalila di Lazzaro), que entra para confiscar los posters de Paul Corvino que Jennifer ha traído consigo y recordarle con ello lo estrictas (léase: estúpidas, crueles e irracionales) que son las reglas en este lugar. El incidente sirve para que Jennifer y Sophie traben amistad, ya que esta última es "fans" (que es como ser "fan", pero en plan histérico-Super Pop) del apuesto padre de la primera, y le hace mucha ilusión compartir clase y dormitorio con la hija de su ídolo y mito erótico. A modo de inauguración de su amistad, Sophie hace gala de su conocimiento sobre los chismes de la familia de Jennifer, y esta a su vez le habla sobre el día en que su madre abandonó a su padre (basado en el día en que la madre de Dario Argento hizo lo propio con su padre, Salvatore).
Esa misma noche, lo extraño empieza a invadir la vida de Jennifer. Aquejada de un ataque de sonambulismo, se levanta y empieza a deambular por el colegio hasta llegar a la cornisa del último piso. Al mismo tiempo, el asesino que opera por estos parajes persigue a su nueva víctima por el interior de un edficio aparentemente abandonado. Sus caminos se cruzan al final cuando Jennifer presencia desde la cornisa la muerte de la joven, lo que no es suficiente para sacarla de su trance. Tampoco sale de él cuando la cornisa se desprende a su paso y, gracias a una inverosímil (en el mundo real, claro, pero no en Argentolandia) sucesión de casualidades, logra llegar al suelo sin romperse nada, ni cuando sufre un leve accidente con un coche conducido por dos chicos. Los jóvenes intentan llevarla a un hospital, pero ella se debate en sueños, intentando despertar, y acaba cayéndose del coche y rodando cuneta abajo hasta el bosque; los chicos deciden dejarla tirada ahí, pensando que está drogada, y demostrando con ello que el asesino debería ampliar su campo de acción a los niños pijos con coche. Al menos la caída tiene al final el doble efecto positivo de despertarla sin que recuerde lo que le ha pasado durante su paseo nocturno y cruzarla en el camino de Ingrid, que la conduce hasta el profesor McGregor.
El encuentro con McGregor es de lo mejor que le podría pasar a Jennifer, ya que el entomólogo no sólo empatiza con ella (es guapa y le encantan los insectos: ¿qué más puede pedir?) y le permite pasar la noche en su casa (sin segundas intenciones, no seáis malpensados), sino que se da cuenta de un curioso detalle: un escarabajo que está estudiando en esos momentos se excita ante la presencia de la muchacha, y segrega por sus glándulas la sustancia que utiliza para atraer a la hembra. Al profesor le sorprende tanto más por estar fuera de la época de celo de este insecto, pero no se le ocurre qué demonios puede causar este comportamiento. Antes de que la chica vuelva al Ricardo Wagner (no sé cómo puedo poner esto sin que me entre la risa), McGregor le sugiere que la próxima vez que le pase se repita a sí misma "ando dormida, debo despertarme" hasta salir del trance.
La directora del colegio se toma con bastante menos alegría el sonambulismo de Jennifer, y la obliga a pasar un examen médico con electroencefalograma incluido, sugiriendo que puede ser esquizofrénica o estar drogada; como es de esperar, Jennifer, que durante la prueba sufre breves flashes del asesinato que presenció sin saberlo, acaba marchándose de la enfermería con un importante cabreo. Las compañeras de Jennifer tampoco se toman bien el problema de la joven: por alguna disparatada razón, que a buen seguro tiene que ver con pasar la edad del pavo en un internado y bajo la supervisión de una descendiente directa de la señorita Rotttenmeier (ni a mi peor enemigo le deseo algo así; bueno, a mi peor enemigo sí, pero no a los demás), creen que se está dando aires de importancia.
La noche cae de nuevo, y Jennifer convence a Sophie de que la vigile mientras duerme, para despertarla en caso de que le dé otra vez por pasear sonámbula. Con lo que las chicas no cuentan es con la inesperada visita del novio de Sophie, un milico. Al ver las señales de luz que este le manda, Sophie se escabulle para tener un encuentro clandestino con él, dejando a Jennifer sin supervisión. Como es de esperar, sufre otro episodio de sonambulismo, pero gracias al Método McGregor (tm) sale del trance... para descubrir que está sola. Jennifer sale inmediatamente a buscarla, sin saber que su amiga acaba de tener un fatal encontronazo a la vuelta de su cita. Sola y sin ninguna idea de dónde puede estar Sophie, nuestra heroína recibe la inesperada ayuda de... una luciérnaga. Como si el insecto supiera a quién busca (guiño-guiño) , guía a Jennifer hasta un guante enganchado a una reja, cubierto de gusanos; este guante le provocará a Jennifer el susto de su vida cuando, al llegara su habitación, su visión se convierta por un momento en la de unos ojos compuestos... que contemplan el cadáver de Sophie.
Este suceso, aparte de disparar la hostilidad del entorno académico hacia ella (que culmina en una memorable escena que viene a ser como el clímax de Carrie pero con menos sangre de cerdo y más insectos cabreados), confirma un inesperado y prodigioso hecho: Jennifer posee la capacidad psíquica de empatizar con los insectos. Y esa capacidad, junto con la sabiduría del profesor McGregor, puede ser la que permita a la joven encontrar al responsable de la muerte de su amiga... a no ser que el asesino le mande a hacerla compañía antes.
¡Insecticos y monetes! ¡Ay los monetes!
No puedo culpar demasiado a la crítica convencional por odiar Phenomena. ¿Qué pensarían al ver semejante mezcla de thriller sangriento, misterio y poderes paranormales que bien podría colar en un episodio de los orígenes de los X-Men? Casi me imagino a los más altos del gremio (léase: pedantes que creen que de John Ford para acá todo es una mierda) echando espumarajos por la boca al aparecer los créditos finales. Lo que no acaba de entrarme la cabeza es que haya devotos de Argento a los que no les gustara.
Para empezar, la trama es otro cuento de hadas sangriento, igualito que en Suspiria: una joven que llega a una tierra desconocida para ella debe enfrentarse a un terrible mal para devolver el orden de las cosas a su estado natural y dar el primer paso a la madurez. Multitud de relatos míticos (es decir, de cuentos de hadas) comienzan con la toma de conciencia de la perturbación de una armonía idílica; el asesinato inicial representa esa ruptura, y la toma de conciencia de la misma se produce en la escena posterior, cuando McGregor constata que las desapariciones de muchachas son obra de un asesino en serie. Jennifer es la doncella inocente y virtuosa (de ahí que vista de blanco en casi todo momento) capacitada para enfrentarse al Mal, y McGregor es el sabio mentor (con bastante de precursor del insigne Gil Grissom y otro tanto, dado el contexto, del Profesor Xavier)que le enseña los conocimientos que le harán falta en su misión. El asesino, por supuesto, es el monstruo, el dragón, la encarnación del Mal a la que la heroína debe vencer para restaurar la paz en el lugar.
El guión se atiene más a la lógica del relato mítico que a la de nuestro mundo real, y eso tal vez explique que haya detalles que no tengan mucho sentido en un primer visionado: sí lo tienen, lo que pasa es que dicho sentido no es el normal en nuestro mundo, sino el normal en Argentolandia. Por ejemplo, tenemos la desaparición de la escuela por más de un día de Jennifer, que en el mundo real provocaría una operación policial de búsqueda (ya me puedo imaginar a la directora del colegio comiéndose las uñas de ansiedad y preguntándose a cuánto estará el billete para Pernambuco en caso de que la muchacha no aparezca), aquí no parece despertar mucho la ansiedad ni del centro de estudios ni de la policía, aunque sí del abogado de la familia, como vemos al final de la película. También nos podemos detener en la burla multitudinaria a la que la joven se ve sometida por parte de sus crueles compañeras, con el beneplácito velado de la directora; si bien antes se nos han dado pistas de que Jennifer empieza a no caer bien entre las demás alumnas, no se nos da suficiente motivo para que de repente se lancen en manada a mantearla (y eso convierte esta escena en un genuino "momento ¿¡EEEEEEEEEEEHHHH!?").
La naturaleza misma se nos presenta como aliada de la heroína. Los insectos, en apariencia tan insginificantes y hasta repulsivos, actúan como fuerzas positivas que ayudan a Jennifer a investigar los crímenes y hasta protegen su vida en varias ocasiones. Son a la vez avisos mudos de la presencia del Mal, como en Suspiria, y agentes activos en la lucha contra él. No debemos olvidar tampoco a Ingrid, la servicial asistente del doctor McGregor, cuyo papel en el final de la historia es muy similar al del cazador en Caperucita Roja (y hasta ahí puedo leer...). Los fenómenos naturales tienen un papel más ambiguo: el viento, tradicional aviso de la presencia del mal en el cine de Argento, está muy presente durante todo el metraje, y llega a sugerirse que puede tener relación con la violencia del asesino, mientras que el agua, otro símbolo frecuente de la inminencia de la muerte, aparece tanto al principio como en el clímax final. En cuanto a los adversarios a los que Jennifer tiene que superar, no todos son aliados directos del Mal. Están los que son estúpidos e ignorantes y no miran más allá de sus prejuicios, como la directora, que equipara a Jennifer con el bíblico Beelzebub, Señor de las Moscas, o las compañeras de clase de la muchacha. Por otro lado tenemos al monstruo y a su cómplice, que van matando a las personas que intentan ayudar a la joven o hacer amistad con ella. Unos y otros aúnan esfuerzos sin darse cuenta para dejar a Jennifer sin refugio seguro alguno y obligarla a enfrentarse cara a cara con el monstruo.
Y ya que mencionamos al monstruo, no podemos obviar la carga de perversidad que lleva encima, y sin la que una película de Argento sería como una película de Jackie Chan sin tortas. Aunque nunca se llega a decir de modo explícito, la motivación de los crímenes del asesino es claramente sexual. No hay más que ver su reacción al ver a la primera víctima acercarse a su guarida, recorriéndola de arriba a abajo con la mirada y tratando de liberarse con violencia de sus cadenas. Durante la secuencia del primer asesinato, enrolla a su víctima con las cadenas que le ataban (lo que equivale al manoseo y la subyugación al que un violador somete a su víctima) para luego apuñalarla hasta morir con unas tijeras (que no hace falta ser Freud para imaginarse qué simbolizan); las siguientes muertes de jovencitas las lleva a cabo con un instrumento aún más fálico, una lanza desmontable. Pero ahí no acaba el festival de depravación, porque nuestro asesino, como explica el profesor McGregor tras analizar el guante encontrado por Jennifer, se lleva los cuerpos a su guarida para mantener "contacto" con ellos. No hace falta que diga aquí la clase de "contacto" que me viene a la mente ante estas palabras.
En resumidas cuentas, para apreciar el lioso pero fascinante guión de Phenomena tenemos que cambiar el chip "thriller misterioso y sangriento" a "cuento de hadas misterioso y sangriento". Así apreciaremos mejor la resonancia simbólica de sus escenas... y sabremos perdonar mejor sus lapsos de lógica.
"Os amo. Os amo a todos"
Por otra parte, la película tendrá un guión digno de los Hermanos Grimm en pleno colocón de tripis, pero no valdría ni como papel higiénico si la cinematografía, la música y los actores fueran de tercera regional. Empezando por estos últimos, no puedo decir que destaquen mucho sus interpretaciones (algo que suele pasar en las películas de Argento, qué se le va a hacer), salvo por la bella y poderosa presencia de Jennifer Connelly, que ilumina la pantalla en todas sus escenas. Tanto Pleasence como Nicolodi parecen estar correctos, aunque siempre resulte difícil de apreciar en una versión doblada, y Dalila di Lazzaro no tiene que poner mucho esfuerzo para ser creíble como una institutriz reprimida metida a directora de escuela.
La fotografía se caracteriza por utilizar iluminación natural en casi todas sus escenas, en claro contraste con la manera de obrar de Argento en Suspiria. Pero eso no significa que la película no haga uso del color: al contrario, el azul del cielo, el verde de los bosques y campos y el blanco de la nieve y de los vestidos de nuestra protagonista dominan una paleta que nos transmite el ambiente campestre, bucólico y algo frío de un cantón suizo. Argento también utiliza los colores para hacer una identificación simple, pero efectiva, de los personajes principales: como he dicho repetidas veces, la heroína viste de blanco (¡ALERTA: SPOILER AL SELECCIONAR EL TEXTO!) mientras que para buscar a su antagonista sólo tenemos que fijarnos en quién viste de negro. Argento también hace gala de sus trucos de cámara y puntos de vista imposibles, haciéndonos ver el mundo no sólo a través de los ojos del monstruo, sino de los ojos compuestos de los propios insectos, en un nuevo alarde audacia e inventiva del hombre que quiso rodar una escena de Inferno desde el punto de vista de un rayo al caer.
Para la música, Argento contó con la mitad de los Goblin (Claudio Simonetti y Fabio Pignatelli) bajo el nombre de la banda para la mayor parte de la música. El resultado es una banda sonora exagerada, grandilocuente y fabulosamente ochentera, con una mezcla de teclados tecnopoperos y voz de soprano ululante en el fabuloso tema central, y una combinación de temas tranquilos e intimistas para los momentos de paz con otros algo más tensos. No llega, sin embargo, a acercarse al nivel de tensión y mal rollo que generaban los Goblin al completo en Suspiria.
Pero los Goblin no son los únicos que ponen música a la película. El mismísimo Bill Wyman, por entonces todavía bajista de los Rolling Stones, se encarga del melancólico y siniestro tema inicial, mientras que Simon Boswell (cuyo grupo, Andi Sex Gang, aparece en el disco de la película pero no en el filme) pone otro temita oscuro y amenazador.
El capítulo más controvertido en la música de la película es la utilización de heavy metal en algunas escenas, que le valió los odios de muchos... lo que demuestra que entre detractores y fans de Argento hay muchos cretinos con el gusto musical en el recto. La canción Flash of the Blade, de los Iron Maiden, acompaña el segundo asesinato de la cinta de manera muy apropiada (por el título, más que por la letra), ayudando a mantener la tensión aún en los momentos en los que no pasa mucho en la pantalla, aunque se corte de manera muy abrupta al cambiar de escena. En el tramo final de la película vuelve a ser utilizada con parecido resultado en otra situación de tensión. No se puede decir, sin embargo, que la inclusión de Locomotive de Motörhead funcione tan bien, porque no pega mucho con lo que pasa en la escena a la que acompaña.
Creo que lo mejor que puede definir esta película es su carácter rabiosamente ochentero. Su música, su estilo visual y su historia nos retrotraen a esa época tan fabulosa y hortera en la que el cine de terror italiano todavía estaba en boga. Es una lástima que el DVD sea inencontrable en España (la última edición data de 2005), pero si tenéis afición por la peculiar cinematografía de Argento haréis muy bien en comprarla si se os cruza la oportunidad. A no ser que seáis de esos aficionados que reniegan de Phenomena, en cuyo caso rezaré porque el buen Dios (o el mal Diablo) os quite las telarañas de los ojos y os recomendaré que reviséis Suspiria, Inferno, Rojo oscuro o Tenebre mientras esperáis a que se produzca el milagro.
sábado, 17 de noviembre de 2007
Apéndice: ¡en menudo lío me he metido!

Pues ahí lo tienen. Don César Coca me hizo el honor de considerar este un blog solidario, y lo definió como una "visión fresca y atrevida de lo que pasa a nuestro alrededor, que se disfraza como un blog sobre cine y videojuegos". Reconozco que soy el primer sorprendido por tal definición, pero supongo que, consciente o inconscientemente, en algunos momentos aprovecho para tratar un aspecto del mundo que nos rodea a partir de un detalle de una película o un juego. Algo que también hace Will Loughlin, por cierto. O puede que entrara para redondear la lista, que tampoco está mal: si me han elegido, es que este blog se puede leer sin incurrir en el bostezo y/o en el vómito.
Pero el premio me ha metido en un lío, porque ahora se supone que debo hacer mi propia lista de blogs a los que considere merecedores de este mismo premio. Cada uno de ellos, a su vez, debe nominar a otros siete, y publicar un post en su blog sobre la recepción del premio. Y mi problema es que, a decir verdad, tampoco es que lea tantos blogs.
Sí, es una vergüenza, pero es así. De modo que mi lista será algo incompleta y, para redondearlo, es posible que sea un poco monotemática, monocolor en lo político, y que hasta haya algo de amiguismo en alguna de las nominaciones. Qué diablos, puede incluso que caiga alguna nominación de un blog que sólo he leído una vez, y de pasada. Pero intentaré que todos tengan relación con el concepto que este premio representa.
Avisados ya de los posibles fallos en que pueda incurrir, aquí van mis candidatos:
1) Darth y su Hace no mucho tiempo, en una galaxia no muy lejana... por atreverse a mantener una cabeza fría y una mirada atenta ante el panorama político actual, que parece un gigantesco océano de bilis. Desde una posición política muy clara, denuncia las muchas ocasiones en que el rey de la fábula está desnudo; y quien dice rey dice director de un periódico, miembro destacado de un partido o teórico de la conspiración. Esa labor le ha valido ya una amenaza, abogados mediante, por parte de uno de los colectivos a los que desenmascaró; un signo como otro cualquiera de que sabe encontrar la verdad y meter el dedo en la llaga, por mucho que escueza al que la intenta encubrir.
2) Escolar.net, blog del actual director del diario Público, donde se comentan las noticias de actualidad desde una perspectiva de izquierda moderada, pero no exenta de crítica. Por ahí paran también muchos blogueros de izquierda, entre ellos el propio Darth
3) Javier Alemán, El hombre que odiaba los puntos suspensivos, que ofrece sus reflexiones bohemias, atormentadas y corrosivas sobre lo que se cruza en su vida. Psicólogo por formación (y harto de luchar contra los cretinos que se niegan a considerar la Psicología como ciencia), enemigo acérrimo del psicoanálisis (recuerden, Freud está obsoleto), azota con su verbo sarcástico las diversas formas que toma la estupidez humana, para la cual tiene un remedio infalible.
Ya ven, no se me han ocurrido más blogs que poner. Un signo de que tengo que visitarlos más, o de que tienen que retirarme el premio. Sea de una manera o de otra, esta página continuará su singladura en próximas fechas con más cine, más videojuegos (que ya es hora) y más paranoias asociadas. Permanezcan atentos.
viernes, 16 de noviembre de 2007
Suspiria: érase una vez Darío Argento
Bienvenidos a Argentolandia, un mundo de magia y horror
Advertencia: el siguiente texto está adaptado de la introducción un trabajo que hice años ha sobre Argento para Retórica Audiovisual, una optativa de Periodismo. Me gustó demasiado como para no reaprovecharlo (cambiando algunos detalles, claro está) La información que en él explico está sacada de varios (y muy recomendables) libros sobre el director italiano: Broken Mirrors/Broken Minds de Maitland McDonagh, Darío Argento o la alquimia del miedo de Salvador Bernabé, Profondo Argento - Retrato de un maestro del terror italiano (varios autores) y el ensayo sobre el director que el estudioso del cine Loris Curci escribió en Cine fantástico y de terror italiano. Para esta versión he añadido además datos sacados de IMDB y de la Wikipedia española
Cuando la crítica seria habla de cine italiano, piensa siempre en un primer momento en autores como Nanni Moretti o Roberto Begnini, entre los más actuales, o Bertolucci, Fellini, Pasolini y Visconti entre los clásicos. Los méritos de estos autores son bien conocidos y reconocidos por la crítica cinematográfica, con toda justicia. El problema es que, por el camino, se les olvidan otros cineastas, a los que desprecian y niegan su mérito por caer en el mayor pecado posible: hacer cine de terror. Tal vez también tenga que ver que a estos cineastas no les preocupan mucho las definiciones comúnmente establecidas (es decir, anquilosadas) de lo que es “buen cine”. Uno de estos autores merecedores de más reconocimiento del que tienen es Dario Argento.
Dario Argento nació en 1940 en Roma, hijo del productor cinematográfico Salvatore Argento y de la modelo brasileña Elda Luxardo. Desde pequeño fue muy aficionado tanto al cine como a las historias que le contaban sus padres y familiares, en especial su tía, que le relataba terroríficos cuentos para dormir (como se nota, por cierto, que la buena señora no tenía que aguantar al crío luego: yo intento eso con mis sobrinos y mi cadáver nunca aparece). Sus autores favoritos en su infancia fueron los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen y Edgar Allan Poe; de ahí le vino la querencia por los ambientes irreales y mágicos y por la sangre. Su carrera comenzó como crítico cinematográfico para el vespertino romano Paese sera, cuando todavía era estudiante de secundaria. De escribir sobre cine pronto pasó a escribir cine (suyo es el tenso prólogo de Hasta que llegó su hora), y de ahí a ser asistente de dirección de Mario Bava y a dirigir sus propios filmes con el apoyo de su padre. Sus primeros trabajos estuvieron encuadrados en el giallo o policiaco sangriento italiano, al que regaló uno de sus lugares comunes más memorables: los títulos con animal incluido. Pero, a partir de 1977, y con la película que nos ocupa, amplió horizontes marchando hacia terrenos sobrenaturales, y por entre ambos cauces discurrió su carrera desde ese momento.
Para entender el cine de Argento, debemos empezar teniendo en cuenta un dato importante, que Marcos Ordóñez expresa con claridad en su ensayo para Profondo Argento: el mundo de los filmes del director romano no es el nuestro, es otro mundo “de esquinas afiladas, de perspectivas distorsionadas, de amenazas impalpables pero ultrapresentes: Argentolandia”. La narrativa de Argento sigue una lógica ajena a la narrativa tradicional, una lógica “infantil” (no infantiloide ni inmadura), poética: lo que le importa es la coherencia simbólica, lograr un efecto, y lo de menos es andar justificándolo. De ese modo, podemos ver a Argento como un “niño grande” que inventa sus propios cuentos de hadas, y los hace con la sangre y la violencia que conllevan en sus versiones originales. A esto se une su barroquismo conceptual, que me atreveré a describir como una improbable colaboración entre Góngora y Quevedo para la elaboración de un filme de terror (es decir, si no se ocupasen en intentar matarse el uno al otro antes), y su reinvención del espacio, relacionada con este barroquismo y dirigida a desorientar al espectador. De estos rasgos nace la irrealidad, la “fantasticidad” de su cine.
Su primer cine es heredero de Hitchcock (hasta le apodaron el "Hitchcock italiano"), pero otras influencias también presiden su carrera: Sergio Leone (amigo personal, del que heredará la tendencia a la abstracción argumental y la tendencia a adecuar el género a sí mismo), Michelangelo Antonioni (por citar de nuevo a Ordóñez, Argento hereda de él “la construcción de un territorio en el que todo es metáfora”) y Mario Bava (el primer maestro del terror italiano, cineasta de tintes góticos que inspirará el Barroco de las imágenes de Argento). De este último también hereda el tratamiento del asesinato; no en vano Bava fue el creador del “giallo”. En todos sus filmes, Argento retrata el asesinato con una cuidada puesta en escena, provocando la tensión minutos antes incluso de que se produzca el hecho. Nos muestra al asesino acechando a su víctima, persiguiéndola, y finalmente dándole muerte con crueldad. Llega hasta el punto de mostrarnos el hecho desde el punto de vista del asesino con el uso de la cámara subjetiva, que nos permitirá contemplar, fascinados y horrorizados, un hecho abominable como si fuéramos su perpetrador. Se ha achacado a Argento el regodearse en los crímenes, pero sus propios críticos en este detalle admiten que el mismo clima irreal de sus películas evita en último término que estas escenas nos “agredan” por encima de lo que podemos soportar.
Romántico negro, soñador de pesadillas, llamado “el Visconti de la violencia”, Darío Argento es todo un ejemplo de “cine de autor” sin las connotaciones que los críticos tradicionales implican al usar ese término (aunque él es gran admirador de Bergman, al parecer). La personalidad de sus obras trae como consecuencia que nunca deje indiferente a un espectador. Y en pocas de ellas como en Suspiria se manifiestan mejor sus obsesiones temáticas y estilísticas, como veremos a continuación.
Uno, due, tre, quatro... ¡Satán es nuestro señor!
Sobre unos créditos iniciales que tienen como fondo un agobiante y frenético tema de percusión, la voz de un narrador (en la versión original, el propio Argento) nos introduce en los antecedentes al más puro estilo de un cuento de hadas clásico: érase una vez una estudiante de danza estadounidense llamada Suzy Bannion (Jessica Harper, la musa de El Fantasma del Paraíso) que fue a estudiar en la prestigiosa Tanz Akademie de Friburgo. Una mañana cogió un avión en Nueva York y llegó a la ciudad alemana ya de noche. Y ahí es donde empieza la acción.
No se puede decir que Suzy (a la que, por cierto, el doblaje del DVD de Manga Video rebautiza como "Banner": ¿tratan de sugerir un parentesco secreto con El Increíble Hulk?) comience con buen pie su estancia en suelo alemán. Cuando sale del aeropuerto, se le viene encima literalmente una tempestad de viento y agua. A duras penas logra coger un taxi, cuyo hosco conductor no puede (o no se esfuerza en) entender sus indicaciones. Y cuando por fin llega a la academia, se encuentra una extraña escena: una joven de su edad sale por la puerta principal, gritando un galimatías de palabras difícil de entender (y que al estar en una película de Argento no cabe duda de que será clave en la trama) y huye por entre el diluvio. Para rematar la faena, cuando Suzy llama para que le abran la puerta, la chica que le contesta se niega a abrirle, y no le queda más remedio que volver al taxi y marcharse un hostal. Menuda nochecita, ¿eh?
Pues que no se queje, porque tampoco está tan mal si la comparamos con la de la joven a la que se encontró en la puerta. Tras correr campo a través (caen chuzos de punta, no lo olvidemos), la chica llega a un edificio de apartamentos de sospechoso (y desorientante) parecido con la academia y convence a una amiga para que la aloje por esa noche. De la conversación entre ambas se deduce que la primera ha sido expulsada de la academia, pero que no está muy infeliz por el hecho: al contrario, más bien parece aliviada de dejar atrás la institución. Sin embargo, es reacia a explicar las razones de su alivio a su amiga, pues hasta a ella misma le parecen absurdas e irreales. Cuando se queda a solas para secarse, no tardamos demasiado en descubrir que la chica tenía excelentes motivos para querer marcharse, y que no debería haberse quedado tan cerca de la academia...
A la mañana siguiente, Suzy por fin entra en la academia y conoce a sus ocupantes principales. En primer lugar, las representantes más importantes del profesorado: Miss Tanner (la veterana Alida Valli canalizando el espíritu de la señorita Rottenmeier), una de las profesoras más veteranas, y Madame Blanc (otra veterana de lujo, Joan Bennett, en su último papel en la gran pantalla), vicedirectora de la academia. A través de ellas, que atienden en esos momentos una visita de la policía, Suzy se entera de que la chica a la que vio salir de la academia anoche murió asesinada poco después por un maníaco (un maníaco con alas, como ya sabemos los espectadores), pero no es capaz de recordar más detalles que puedan servir a los agentes. Otros ocupantes de la academia con los que Suzy se cruza en su primer día son Daniel (Flavio Bucci, el hombre lobo de la mítica y bizarra serie La tía de Frankenstein), el pianista ciego, Albert (Jacopo Mariani, el niño de Rojo oscuro), el sobrino de Madame Blanc, y Pablo (Giusseppe Transocchi), el sirviente, una especie de semiorco con dentadura postiza que sólo habla en rumano. A la única que no conoce todavía es a la directora, que al parecer está de viaje.
Miss Tanner le lleva poco después a los vestuarios, donde tiene su primer contacto con sus compañeras, entre las que no tarda en encontrar un ambiente de camaradería y madurez. De ellas destacan Olga (Bárbara Magnolfi), que a instancias de la vicedirectora le ofrece alojamiento por un módico alquiler al no haber habitaciones libres en la propia academia, y Sara (Stefania Casini), que parece no llevarse muy bien con Olga y que no tardará en hacerse amiga de Suzy. Más tarde, ya instalada en casa de Olga, también conoce a Mark (Miguel Bosé... inserten su propia broma sobre Don Diablo, yo no tengo estómago para ello), con quien empieza a tontear con resultados bastante favorables. A primera vista, su primer día auguraría una gran estancia como estudiante de la prestigiosa academia; salvo por el detalle de que estamos en una película de Argento, y eso quiere decir que no tardarán en pasarle cosas muy desagradables.
Al día siguiente, los problemas comienzan cuando Madame Blanc informa a nuestra heroína de que ya tienen una habitación libre, y ella manifiesta su preferencia por vivir con Olga, lo que le atrae la velada hostilidad de Miss Tanner. Poco después, mientras Suzy va de una clase a otra, se cruza en el corredor de la planta baja con la cocinera y Albert. En ese momento... "algo" ocurre. En apariencia, sólo sucede que ambos la miran de manera severa y atenta, y le dirigen luz a la cara reflejándola en un triángulo de metal; la reacción de Suzy ante el golpe de luz, sin embargo, es la de alguien que siente un gran malestar (guiño-guiño). Durante la siguiente clase, Suzy intenta pedir a Miss Tanner un receso por sentirse mal, con el éxito esperable al tratar con un clon de la Rottenmeier, y se desmaya luego en plena rutina de baile, sangrando por nariz y boca. Todo eso provoca no sólo una visita del doctor local, que le recomienda tomar vino con las comidas para "reforzar la sangre", sino la mudanza forzosa de Suzy: Madame Blanc explica a la sorprendida joven que Olga tuvo la amabilidad de traer sus maletas apenas supo que se encontraba mal, pero algo me dice que lo hizo tras una "sugerencia" de la propia Blanc.
Como el día no es lo bastante pútrido todavía, aún se produce una inesperada infestación de gusanos que obliga a desplazar a las alumnas a las salas de baile del piso de abajo, habilitadas como dormitorios. Y cuando las luces se apagan, Sarah, que duerme al lado de Suzy, escucha algo que le sobresalta tanto que despierta al instante a Suzy para contárselo. Se trata de una especie de ronquido asmático, justo a sus espaldas, que Sara conoce demasiado bien: es el de la directora, que conoce porque una noche durmió junto a su habitación. Pero si es la directora, ¿por qué diablos las profesoras insisten en que está de viaje?
Y ese no es el único enigma al que Suzy y su nueva amiga se enfrentan. A la mañana siguiente, el perro lazarillo de Daniel ataca sin razón aparente a Albert y provoca con ello su despido; la ufana advertencia del pianista al marcharse de que él es ciego pero no sordo indica que no tiene la edición en Braille de Muerte en el Nilo. Además de eso, Suzy empieza a sufrir una fuerte somnolencia por las noches, que le impide hasta seguir el hilo de sus conversaciones con Sara sobre las cosas extrañas que ocurren en la academia; lo que no le impide es darse cuenta de que las profesoras, que se supone que viven en la ciudad, no salen del edificio por las noches, sino que dirigen sus pasos a otra parte de la academia...
¿Paranoia o magia? ¿O ambas a la vez?
Uno de los motivos por los que Suspiria es considerada por la crítica (por la que se toma la molestia de analizar el cine de terror sin mirar por encima del hombro) la obra cumbre de Argento es por la maestría visual de la que el director romano hace gala en la misma. La iluminación artificial que baña muchas de las escenas (azules, verdes, y sobre todo rojos), las composiciones de plano voluntariamente artificiales (objetos enfocados en primer plano mientras vemos otros desenfocados en segundo, y viceversa), las frecuentes apariciones de la cámara subjetiva y la utilización del mismo proceso de revelado que en El mago de Oz o Lo que el viento se llevó para dar más viveza al color ayudan a reforzar la irrealidad de este sangriento cuento de hadas moderno y, a la vez, hacerlo creíble al espectador. Apabullados por la inventiva y barroquismo visual del filme, es más fácil que pasemos por alto la falta de realismo de algunos efectos especiales (que en nuestra época actual de CGI a cascoporro resulta algo más llamativo que en el momento de su estreno) o las lagunas de su guión.
También es muy fácil que las muertes que se producen durante el metraje nos hagan saltar del sillón despavoridos. Gracias al trasfondo sobrenatural de la trama, que se va desvelando a medida que avanza la película (inspirado en la figura de la ocultista Helena Blavatsky y en Levana and Our Ladies of Sorrow de Thomas de Quincey), Argento tiene libertad para jugar con su cámara desde puntos de vista en apariencia imposibles, con el fin de pillar por sorpresa al espectador cuando llega el momento de que las víctimas reciban el golpe mortal de su asesino. Las escenas de los asesinatos son tan hermosas como terroríficas, y si no he querido describirlas aquí es porque gran parte de su potencia viene de verlas sin saber qué esperar de ellas.
En cuanto a los actores, no es que llamen demasiado la atención; de hecho, la mayoría de las alumnas de la academia (por ejemplo, la primera de las víctimas) no resultan demasiado creíbles. Jessica Harper, sin embargo, sí que logra dar la impresión de una chica normal atrapada en un escenario extraordinario o terrorífico, sin tampoco destacar demasiado. La que sí que destaca es Alida Valli, que domina las escenas como ese trasunto de la señorita Rottenmeier que es Miss Tanner: cuando abronca a Daniel por el incidente del perro y este se le pone respondón, tiene hasta el detalle de cambiar su cara de mala leche por una sádica sonrisa que le sienta a su personaje como un guante. Más comedida está Joan Bennett como Madame Blanc, pero igualmente creíble y digna.
Los diálogos entre las alumnas, como ya he mencionado antes, resultan inmaduros. Ridículamente inmaduros incluso, como cuando Olga y Sara se sacan la lengua la una a la otra como dos crías. Esto tiene su razón de ser: la idea original de Argento era que las alumnas de la academia no tuvieran más de doce años. Su padre, como voz del sentido común, le convenció de que subiese la edad de las víctimas potenciales, consciente de que su churumbel iba a atraer las iras de todo grupo censor a este lado del Atlántico. Pese a este cambio, Argento eligió no cambiar los diálogos en gran medida, tal vez como otra manera de reforzar la atmósfera de cuento de hadas sangriento de la película o la indefensión de sus protagonistas ante las fuerzas malévolas que las acechan.
Y ya que hablamos de las fuerzas del mal, detengámonos un momento en observar con atención el lugar donde habitan: la Tanz Akademie, un edificio de estilo arquitectónico peculiar (y que fue hogar del humanista Erasmo de Rotterdam, como advierte una placa en su fachada). Tanto en su exterior como en su interior dominan el rojo y, en menor medida, el dorado, en una combinación suntuosa y siniestra. Pero bajo la belleza de sus interiores, late un corazón de hedionda corrupción y maldad, del que la plaga de gusanos que infesta sus plantas superiores no es más que un síntoma. No es casualidad tampoco que los interiores del edificio de apartamentos que sirve de escenario al primer asesinato sean tan parecidos a los de la academia.
La única escena que desentona en la película es la visita de Suzy a un congreso de Psicología para entrevistarse con el ex terapeuta y amigo de Sara, Frank Mandel (Udo Kier). En un exterior soleado y moderno, Suzy se encuentra con dos posibles explicaciones para lo que ha vivido hasta el momento: la escéptica, enunciada por Mandel y la fantástica, ofrecida por su colega, el doctor Milius. Dejando de lado que la escena se metió con el expreso propósito de sacar en la película a Udo Kier, muy popular en Europa, ofrece el interés de oponer dos posibles interpretacioens de los hechos. Aunque está muy claro en todo momento que la de Milius está cercana a la realidad (estamos en Argentolandia, no lo olvidemos), los datos que poseen Suzy y el doctor Mandel bien podrían sostener la interpretación de este último. Sólo al final, cuando Suzy descubre qué significaban las palabras que escuchó de la boca de la muchacha asesinada (ese "detalle que no encaja" que está presente en casi todas las películas de Argento, y que obsesiona siempre a sus protagonistas), se revelará ante sus ojos la terrible verdad.
Y hasta aquí llega todo lo que puedo decir sobre Suspiria sin reventar sorpresas fundamentales de la historia. Si tenéis la sensibilidad (y el estómago) para disfrutar del cine de terror italiano, os esperan multitud de agradables sorpresas y sustos en los 94 minutos que dura.
Post-data: mi ex profesor en el Master de de Periodismo El Correo-UPV me ha honrado con un Premio Blog Solidario. Como corresponden a las reglas de este premio, ahora debo concedérselo a su vez a siete blogs de la misma manera. Va a ser un duro esfuerzo de cacumen, pero bien a gusto que lo haré.
sábado, 27 de octubre de 2007
Death Proof: salvajes de carretera secundaria
Para ser psicópata de primera, acelera, acelera
Tras unos créditos iniciales rodados en su mayor parte desde los parabrisas de dos coches muy distintos (uno que lleva a una pasajera de bonitos pies, otro que va por carreteras secundarias a velocidad de vértigo), la película nos sume en las vidas de "Jungle" Julia (Sidney Tamiia Poitier, la hija del mismísimo señor Tibbs), una locutora de radio mañanera de Austin, Texas, y de sus amigas Arlene "Mariposa" (Vanessa Ferlito, de CSI: Nueva York) y Shanna (Jordan Ladd, nieta del mismísimo Alan Ladd y que también hemos visto en Hostel II). Las tres se dirigen a pasar el fin de semana en la casa junto al lago del padre de Shanna, pero antes van a celebrar el cumpleanos de Julia con juerga y bebercio. Mientras hablan de cosas de chicas (como Sexo en Nueva York, pero en garrulo), se emborrachan y ligan, Mariposa se da cuenta de que un coche bastante extraño las está siguiendo alla donde van. Se trata de un muscle car negro (un Chevy Nova, para ser exactos; gracias, IMDB, por suplir mi desconocimiento general del mundo del motor) con una calavera y dos rayos cruzados en el capó y un ornamento plateado delante en forma de pato; ni es muy discreto ni inspira buen rollo, lo que contribuye aún más a la intranquilidad de la joven.
Esa misma noche, en el Texas Chili Parlor, tienen oportunidad de conocer al hombre tras el volante de tan estrafalario buga: Especialista Mike (Serpiente Plissken, digo, Kurt Russell, uno de los grandes tíos duros del cine de los 70 y 80), un especialista cinematográfico entrado en años, con pinta de galán trasnochado y una fea cicatriz en el lado izquierdo de su cara. En el transcurso de la velada, una guapa rubia de bote llamada Pam (una irreconocible Rose McGowan haciendo doblete con Planet Terror) pregunta si alguien puede llevarla a casa más tarde... ¿y a que no sabéis quién le ofrece transporte? Si vuestra respuesta es "Mike", daos una palmada en la espalda. Pese a tener a la muchacha como futura pasajera, Mike demuestra más interés en Julia, Arlene y Shanna, intentando entablar conversación con ellas en varias ocasiones. Sin embargo, ellas no parecen tenerle mucho aprecio. Es la cicatriz, dice él en un momento dado; es tu coche, le responde Mariposa. Es un poco de lo uno y un poco de lo otro, tercian los espectadores.
Arlene hace bien en desconfiar, porque la verdad es que Mike es un asesino en serie. Pero no uno de esos vulgares carniceros sin estilo que utilizan cuchillos ni hachas, no señor: él utiliza su coche. Como todo buen especialista, lo tiene preparado y reforzado a prueba de muerte, pero para sacarle partida a esta seguridad hay que estar sentado en el asiento del piloto. Quien tenga la mala suerte de ir con él de pasajero, o de que Mike tenga interés por chocar con él, puede darse por jodido. Lo siento, Pam: me caías bien, pero el revisor ha venido a picarte el billete... y hasta aquí puedo leer. Sólo decir que antes de que acabe la película tendremos ocasión de ver un cameo de la feliz familia McGraw (Earl, Edgar y Dakota), y que un segundo grupo de chicas encabezado por la especialista Zöe Bell y sus amigas Kim (Tracie Thoms) y Abernathy (Rosario Dawson, la temible Gail de Sin City) cruzará su camino con el de Mike; y quien recuerde Pedro Navajas de Rubén Blades se puede hacer una idea del jardín en que se va a meter al ponerlas en su lista de futuras víctimas...
¡Trata de arrancarlo, Carlos, trata de arrancarlo!
Como los coches que ocupan un lugar vital en su trama, Death Proof no se lanza de cabeza a la acción y la sangre, sino que se toma su tiempo; después de todo, no puedes ponerte en quinta sin haber puesto antes las demás marchas. El gran problema que tiene la película es que tal vez Tarantino emplea demasiado tiempo de su metraje conduciendo por ciudad, si sabéis a lo que me refiero.
El filme está dividido en dos partes marcadas, dos episodios unidos por la presencia de Especialista Mike. Ambos se inician con la presentación de un grupo de chicas que van a verse amenazadas por el psicópata a la manera que acostumbra Tarantino en todos sus trabajos, es decir, ofreciéndonos un pedazo de su vida cotidiana a través de conversaciones triviales, pero con un sabor muy auténtico. Dios sabe que cualquier grupo humano reunido en un lugar determinado, sea una cafetería, un coche o el club de un señor de la droga, de lo que suele hablar es de cosas que a los demás no les parecen importantes; ¡demonios, apuesto a que hasta los superhéroes lo hacen! El gran problema es que Tarantino se toma en ambas partes, sobre todo en la primera, un tiempo excesivo para encariñarnos con sus protagonistas. Reconozco que hubo momentos en los que eso me cargó bastante, aún a pesar de comprender muy bien las intenciones del amigo Quentin.
Porque esta parsimonia tiene un motivo, queridos lectores. Igual que Audition (que sospecho jamás me atreveré a ver) funciona porque comienza como una especie de drama romántico intimista para sumirnos de repente en el horror más sangriento, Death Proof funciona porque nos sume en la falsa seguridad de estas vidas corrientes (o no tanto) para golpearnos por sorpresa cuando menos lo esperamos. Vale, no exactamente por sorpresa, pues Especialista Mike da desde el primer momento en que le vemos espiando a Julia y sus amigas claras muestras de ser un individuo muy siniestro; pero aún así, los estallidos de violencia sobre ruedas golpean como un mazazo al espectador distraído.
Esto quiere decir también que no hay tanta acción trepidante como los trailers nos podrían hacer creer, pero la que hay es intensa y memorable. De hecho, todo el tramo final de la película es un largo duelo entre Mike y sus futuras víctimas, realizado sin trucos digitales y por ello mucho más intenso (también ayuda que el villano pille a las chicas mientras hacen, por pura diversión, una maniobra demasiado suicida hasta para los estándares de la profesión). Lo que pasa es que si se va con la idea de ver un carrusel de acción sin pausa se puede salir muy escocido de la sala, y no sin cierta razón.
Death Proof saca además mucho jugo de la relación entre los coches, el asesinato y el sexo. Como ya dije en un trabajo que hice para Semiótica de la Comunicación hace tiempo en la universidad, los asesinatos de las películas de terror tienen mucho de violación metafórica de la víctima, que casi siempre es femenina. A ello se une la idea del coche como prolongación del pene y/o modo de compensar su poco tamaño: cuando Mike arranca quemando rueda en un momento de la película, las protagonistas se burlan de él diciendo que "la tiene pequeña" en una escena que no tiene nada de trivial. Atendiendo a estas claves, Especialista Mike se nos presenta como un sádico misógino, que odia a las mujeres porque ya no se interesan por él (no hay más que ver sus aires algo torpes al tratar con las chicas en el Texas Chili Parlor, o la reticencia inicial de Mariposa a bailar para él como parte de una apuesta con Julia) y que las "viola" usando su coche como símbolo fálico y arma destructora.
¡Inciso importante! A partir de aquí, posibles spoilers. No, alerones no: spoilers. Del tamaño de la catedral de Burgos, si me apuráis. Seguid leyendo por vuestra cuenta y riesgo seleccionando el texto oscurecido
Lo que pasa es que, como bien sabe la gente sensata, hay una cosa por ahí que se llama karma, y el de los violadores, ya sean literales o metafóricos, es muy malo. Y cuando Mike decide emplear sus malas artes con un nuevo grupo de chicas sin saber que dos de ellas son colegas de profesión, tras un buen rato de aterrorizarlas y angustiarlas de lo lindo, acaba viendo cómo dan la vuelta a la tortilla y le convierten con ello en su presa. Ahora es a él a quien le toca que le "violen": no en vano Kim, la conductora del coche, habla de "darle por el culo" cada vez que le choca por detrás. Esta inversión de las tornas provoca una satisfactoria catarsis en el espectador (o por lo menos en mí), y le sirve a Tarantino para manifestar su opinión sobre cómo deben caer los psicópatas de cine en la derrota: no riéndose del dolor y del peligro como cabrones invulnerables a todo hasta el final, sino humillados a manos de sus pretendidas víctimas.
La película se sostiene en gran medida sobre los hombros de Kurt Russell, que da credibilidad y amenaza a Mike, pero sin convertirle en una especie de monstruo intocable e inmune al castigo. Como vemos en el tramo final del metraje, no importa lo malo y cruel que seas: si te hacen una herida chillas y maldices, y si de cazador pasas a ser la presa te asustas. Russell no teme mostrar esta vulnerabilidad humana del asesino, y tampoco le tiembla el pulso al dejar entrever su condición de reliquia de otra época (el momento en que explica a una audiencia femenina sus trabajos en televisión sin que ninguna de las chicas reconozca los títulos que menciona es clave). Frente a él, las actrices protagonistas conforman un conjunto de mujeres fuertes y decididas que, de una manera u otra, le plantan cara con convicción; y ya se sabe que no hay nada que le dé más miedo a un misógino que una mujer fuerte.
Ahora queda esperar su edición en DVD, que esperemos sea tanto como película independiente como en el formato original de Grindhouse. Así podremos comparar los metrajes de ambas versiones de las películas y ver qué metraje se añadió y con qué criterio; con semejante material, las tertulias frikis tendrán tema de discusión para meses.
viernes, 26 de octubre de 2007
Ong-bak: ha nacido una estrella
De especialistas suicidas está el Oriente lleno
De la cuidadosa y devota observación del cine de entretenimiento de procedencia oriental, una de las primeras conclusiones que se puede sacar es que sus especialistas están locos. Sí, ya lo sé: ¿qué especialista de cine no lo está? Hay que tener una importante pedrada, en forma de valor temerario, para trabajar simulando acrobacias mortíferas y cremaciones en vivo. Pero los de Oriente son (o al menos parecen) aún más extremos, y quien lo dude puede repasar la carrera de, por ejemplo, Jackie Chan y sacar sus propias conclusiones. Lo más destacable de los especialistas orientales es que, con mucha más frecuencia que en Occidente (o con más publicidad, por lo menos), se convierten en actores de pleno derecho y protagonistas de sus propios filmes: los productores orientales saben que una película de acción resulta más emocionante y creíble si los actores principales llevan a cabo sus propias escenas peligrosas y viven para rodar otro día.
Tony Jaa (nombre real: Panom Yeerum) es uno de los últimos ejemplos de esta tendencia. Si hacemos caso a lo que de él dice la Wikipedia, se crió junto a la frontera entra Tailandia y Camboya en el seno de una familia de domadores de elefantes. En las proyecciones de cine de las ferias del templo local se empapó de las películas de primeros espadas del género de las artes marciales como Bruce Lee, el ya mencionado Jackie Chan o Jet Li, y ahí nació su vocación de héroe de acción. A los quince años, acudió a Panna Rikitrai, un veterano especialista y coreógrafo de acción tailandés, y le suplicó que le instruyera. Rikitrai le sugirió que entrara en el Maha Sarakham College of Physical Education, en la provincia tailandesa del mismo nombre, y luego le contrató como parte de su equipo, Muay Thai Stunt. Jaa comenzó así una carrera cuyos puntos álgidos incluyeron doblar al mismísimo Sammo "Dragón Gordo" Hung en un anuncio en el que tenía que saltar sobre un elefante, o a Robin Shou en Mortal Kombat: Annihilation (bueno, participar en esta película no es lo que yo llamaría un punto álgido en la carrera de nadie).
Pero el joven especialista aspiraba a más. Igual que sus héroes de la niñez, él quería ser el protagonista de su propia película e inspirar a una nueva generación de críos impresionables. Tras rodar algo de metraje con Jaa demostrando su habilidad en Muay Boran (el casi desaparecido y semiprohibido predecesor del Muay Thai), él y su mentor se lo mostraron al director y productor Prachya Pinkaew.
¿El resultado? La película que la que hablo hoy.
Quiero la cabeza de Alfredo Gar... ¡ah no!
La acción comienza en el pueblo tailandés de Nong Pradoo, donde lo primero que vemos es a una multitud de jóvenes cubiertos de barro seco compitiendo por obtener el pañuelo que ondea en lo más alto de un frondoso árbol. Tras unos minutos de lucha encarnizada, en la que los competidores hacen lo posible para llegar a su objetivo (o al menos para impedir que otros lleguen), uno de ellos alcanza el pañuelo, se lo ata a modo de fajín, y emprende el descenso sorteando a sus competidores por entre las ramas con agilidad. Al tocar el suelo, los demás habitantes del pueblo, que han estado contemplando la escena, prorrumpen en aplausos. El ganador de esta curiosa cucaña oriental es Ting (Tony Jaa), el joven pupilo de un monje local y maestro de Muay Thai, y la competición en la que se ha proclamado vencedor forma parte de los prolegómenos del festival de Ong-Bak, el buda protector del pueblo, que se va a celebrar en una semana. La expectación y júbilo de los lugareños está justificada, ya que sólo se celebra cada 24 años; ¡anda que no nos emocionarían las fiestas de Santiago en Santander si tuviéramos que esperar un cuarto de siglo para cada edición!
Mientras los aldeanos ofrecen las túnicas de los que van a ser ordenados monjes a Ong-Bak para que cuenten con su bendición, uno de ellos recibe una visita poco recomendable. Se trata de Don (Wannakit Sirioput), un joven nacido en el pueblo que ahora vive en Bangkok. Su visita a su aldea natal no tiene que ver con la nostalgia por los paisajes de la niñez, sino con un viejo y algo deteriorado amuleto de Buda que pretende comprar. El problema es que el anciano se niega a venderlo: lo está guardando para que su hijo lo lleve cuando se ordene monje. Parece que Don va a tener que volver de vacío a la capital... hasta que sus ojos se posan sobre la estatua de Ong-Bak, y casi se convierten en signos de dólar ante esa visión. Esa misma noche, el tío de Ting, que vuelve tras pasar un rato con sus sobrino, escucha ruidos en el interior del templo, y se encuentra dentro a los secuaces de Don robando la cabeza del Buda; el propio Don es quien le deja fuera de combate de un golpe de tablón.
La desesperación cunde a la mañana siguiente al conocer el robo. Los lugareños creen que un sacrilegio de tales proporciones, perpetrado por uno de los suyos y tan cerca de la festividad de Ong-Bak, sólo puede traer mala suerte en cantidades industriales. Como buen héroe local, Ting se ofrece casi de modo instantáneo para ir a la gran ciudad a recuperar la cabeza. Antes de partir en su viaje, en el pueblo se hace una colecta para proporcionarle dinero con el que comprar comida, y su maestro le entrega un amuleto hecho de hierbas que perteneció al hombre que le enseñó Muay Thai (y no, no es un simple amuleto de buena suerte). El viejo que se negó a vender su amuleto a Don le ofrece además un primer hilo del que tirar: su hijo Humlae (Petchtai Wongkamlao, al que no querría tener que llamar por su nombre completo si tuviera la boca llena de polvorones), que lleva tiempo en Bangkok y le podrá ayudar a buscar a Don.
Con lo que ni su anciano padre ni Ting cuentan es con que Humlae se ha echado a perder con la vida en la ciudad. Ahora se hace llamar George, ya que Humlae significa algo así como "pelotas sucias", y pasa el día apostando, esquivando a sus acreedores e intentando timar a todo el que se cruza con la ayuda de la joven Muay (Pumwaree Yodkamol... y no, pese a lo que su nombre indica lo suyo no es pegar hostias). Su último plan, sacarle pasta a un traficante al que debe dinero mediante una carrera de motos amañada, no ha salido demasiado bien, y George-Humlae acaba sin dinero y con una cara nueva. En ese estado le encuentra Ting, al que al principio rechaza con malos modos -hombre, si me pusieran en ridículo ante mi compañera de triles, aunque fuese sin querer, yo también me lo tomaría mal-, pero al que no tarda en invitar a su casa en cuanto ve que lleva dinero. El paleto e inocente Ting se va a duchar a invitación de su paisano, pero no tarda en reaccionar cuando este aprovecha el descuido para largarse con su pasta.
Ting encuentra a Humlae en un local donde se celebran peleas clandestinas. Desde un balcón, dos jefes criminales observan con atención las peleas y apuestan enormes sumas de dinero; el que acaba de ganar la última apuesta, un siniestro anciano traqueotomizado que habla a través de un aparato especial (Suchao Pongwilai), es el jefe de una banda de traficantes de obras de arte antiguas a la que pertenece Don; sin que Ting ni Humlae lo sospechen, Don ha estado hace poco allí, intentando vender sin éxito la cabeza de Ong-Bak a su patrón. Ting llega al lugar en el momento justo en que el hombre contra el que Humlae ha apostado, una especie de ex marine ciclado que atiende por Pearl Harbour, logra remontar una situación adversa y destroza a su contrincante. Cuando Ting intenta recuperar su dinero, se convierte sin desearlo en el nuevo aspirante... y deja a todos callados tras tumbar a Pearl Harbour de una sola patada.
A partir de esa noche, Ting, Humlae y Muay se convertirán en compañeros de fatigas, un poco a regañadientes. Mientras Ting quiere concentrarse en la búsqueda de la cabeza del Buda, Humlae intenta aprovecharse de sus habilidades para sacar dinero. Ting, que prometió a su maestro no usar sus habilidades en vano, tendrá que esforzarse para no dejarse llevar por los trapicheos de Humlae y enfrentarse con éxito a los sicarios de Don y de su siniestro jefe. Sin embargo, quien piense que este chico de pueblo está indefenso ante la picaresca de la gran ciudad ya puede cambiar de opinión a toda velocidad: alguien que tumba a un marine ciclado de un solo golpe puede ser muchas cosas, excepto una presa fácil. Y lo que es más importante: su compromiso con Nong Pradoo va contagiando poco a poco a Humlae y deshaciendo la fachada de timador sin escrúpulos que ha mostrado al mundo hasta ahora...
Sin trucos. Sin dobles. ¿Sin un hueso sano?
Ong-Bak pertenece a esa clase de películas de artes marciales cuyo único propósito es entretener al respetable con la habilidad acrobática y marcial de su protagonista. En este sentido, cumple con creces su cometido: Tony Jaa (y no busquéis segundas lecturas en lo que voy a decir, que tenéis la mirada sucia) es pura poesía (épica, no lírica) en movimiento cada vez que demuestra sus habilidades, ya sea superando obstáculos imposibles en una larga persecución callejera o demostrando su contundencia en las escenas de lucha. Gran parte de la culpa la tienen Panna Rikitrai y Prachya Pinkaew, que coreografían y ruedan la acción marcial sin casi recurrir a los golpes simulados y sin hacer uso de efectos de cable (que le sentarían a una película de trasfondo realista de este tipo como un tanga de leopardo al Papa). Pero lo hacen sobre el sólido cimiento de su actor protagonista, que imprime a sus acciones de una contundencia aterradora y creíble; los espectadores sufran con cada golpe como si lo estuvieran recibiendo ellos mismos.
Claro que no todo es vino, rosas y huesos rotos en este terreno. Como otros ejemplos del género, Ong-Bak sufre un caso notable de "disco rayado", o repetición de una misma escena espectacular desde diferentes ángulos para resaltar dicha espectacularidad. No es que se extienda mucho por todo el metraje el uso de este recurso, pero resulta especialmente cargante en la secuencia de la persecución callejera. Había momentos durante esta escena en que no sabía bien si estaba viendo una repetición de lo que acababa de ver o una nueva cabriola, y ya es bastante complicado seguir una persecución como para liarla más abusando de estos trucos.
Y ya que estamos en detalles irritantes, hablemos de la subtrama que la productora de Luc Besson cortó de la película para su estreno europeo. Se suponía que Muay tenía una hermana con problemas de drogas y de pareja (concretamente, que su pareja era Don), pero Bessón cortó casi todas las referencias a esta trama. Lo que dejó fue la escena en que Humlae y Ting la encuentran con Don en plena sobredosis, y el posterior duelo de Muay y los torpes intentos de Humlae para consolarla; de modo que al ver la película tuve un genuino momento ¿¡EEEEEEEEEEHHHH!? al ver a este personaje salir de la nada (o del orificio rectal del guionista, pensé en su momento), y creo que el que la vea sin ir avisado sentirá algo muy parecido.
Aunque el guión no es más que una excusa para ver a Tony Jaa repartir yoyas como el cura de Braindead, eso no implica que carezca de momentos buenos al margen de las tortas. Hablando pronto y mal, se puede decir que Ong-Bak es una versión tailandesa de La ciudad no es para mí; o más bien de Banana Joe, que también tenía que ir del campo a la ciudad a solventar sus problemas a base de tortas. La película nos viene a contraponer el mundo rural, tradicional y más humano pese a su pobreza, y el de la ciudad, rico pero corrupto y cruel. En este sentido, resulta muy interesante ver cómo se contraponen los personajes de Don y Humlae: los dos son antiguos integrantes del mundo rural que se han corrompido por vivir en la ciudad, pero mientras que Don hace tiempo que perdió cualquier característica que pudiera redimirle, Humlae aún mantiene en el fondo algo de esos antiguos valores. Y a lo largo del metraje le vemos, con mucho esfuerzo, ir cambiando a mejor, hasta el punto de que al final arriesga su vida para ayudar a Ting en su propósito. Esta contraposición tradición buena-modernidad mala también se manifiesta en el combate final entre Ting y el guardaespaldas del jefe mafioso: mientras que este obtiene su fuerza de chutarse esteroides, Ting logra superarle utilizando las hierbas del amuleto que le entregó su maestro como una suerte de dóping más natural (y mucho menos proclive a provocar que le crezcan tetas de perra). Por supuesto que es un mensaje simplista y maniqueo, pero no le vamos a pedir a esta película grandes honduras filosóficas, ¿no? Además, viendo los ejemplos de vida en la ciudad que nos ofrecen la mayoría de personajes (timadores, traficantes de todo lo que se menee, luchadores a sueldo), es difícil negar que la película tiene algo de razón.
Y ya que mencionamos la tradición, no hay que olvidar el trasfondo religioso de esta historia. Ting no va sólo a recuperar un objeto valioso, sino que va a reparar la profanación de la deidad protectora de su villa. Su actitud respetuosa y devota contrasta con la megalomanía y descreimiento del jefe mafioso, que incluso llega a decir en un momento dado que él es Dios. Bajo este prisma, el destino final que acontece al traqueotomizado criminal se puede considerar tanto un deus ex machina como una sutil muestra de desaprobación de sus acciones por parte de Buda.
No quiero terminar esta parrafada sin mencionar algunas escenas que se me quedaron grabadas después de ver la película y que no he tenido oportunidad de tratar en todo lo que he escrito. La colecta improvisada entre los aldeanos, transmitiéndonos la desesperación y congoja que les lleva a entregar sus pocos ahorros para ayudar en la búsqueda de la cabeza del Buda; la lluvia de monedas con la que el público del local de lucha ovaciona a Ting tras su victoria sobre tres rivales consecutivos; la persecución en taxis-triciclo por las calles de Bangkok y el descubrimiento que Ting hace al final de la misma; y, por supuesto, toda la traca final, incluyendo la breve (y bastante graciosa, a mi juicio) secuencia en que vemos a unos guardias en el exterior de una cueva y Ting entra en plano como si saliera de la nada repartiendo estopa de la buena. Ya sé que hasta ahora siempre he puesto bien a las películas (y a los dos juegos) que he tratado aquí, con la posible excepción (ni yo mismo estoy seguro) de Contraespionaje en la selva, pero si los que leéis esto tenéis un mínimo de amor por el cine de artes marciales, os debéis a vosotros mismos ver esta película.
sábado, 6 de octubre de 2007
Familia colateral: si puedes elegir a tus amigos, ¿por qué no a tus familiares?
En otro orden de cosas, esta será la primera crítica que escribo desde la engañosa comodidad de mi hogar en Santander. Sí, mi trabajo en Ibiza se terminó, y entre este pasado lunes y martes he llevado a cabo el agotador viaje de vuelta: más de 850 kilómetros por carretera, a los que precedieron unas cinco horas de trayecto en barco. Ahora, mientras me dedico a buscar trabajo (y quién sabe cuándo lo encontraré), al menos tendré mayor facilidad a la hora de hacer mis críticas. O puede que no: los videojuegos me tiran mucho, incluso demasiado a veces.
Das más grima que una película de Lars von Trier
Conocí a Manuel Ortega Lasaga mientras estudiaba Periodismo en la Universidad del País Vasco (él estudiaba Bellas Artes), y los dos entablamos rápidamente amistad. Multitud de veces volvimos en el autobús que ALSA ponía para los estudiantes de Santander (lo que pasamos ahí sí que daría para una película) enfrascados en una intensa tertulia sobre cine. Durante la misma, no llegamos a soltar de manera literal la frase que encabeza esta parte, pero sí que cayeron algunas similares. Los dos estábamos de acuerdo en no tener mucho cariño al cineasta danés y nada de simpatía hacia el manifiesto Dogma 95. Más exactamente, lo considerábamos una idiotez. El propio Manuel se había atrevido a ver uno de los filmes de von Trier y se sentía explícitamente cabreado con el empleo que había dado a esa hora y pico de su vida.
Nuestra tirria hacia el manifiesto Dogma no era nuestro único nexo de unión, ni el más importante. Los dos éramos (y somos) fans del cine fantástico, de terror, y de acción, entre otros géneros denostados por la crítica "respetable". Manuel profesaba una especial devoción por Robert Zemeckis, y también dejaba caer en muchas ocasiones su gusto por George A. Romero. Yo, por mi parte, tiraba más por Darío Argento. Los dos, si la memoria no me falla, teníamos un lugar especial en el corazón para Spielberg y Lucas. En cualquier caso, aunque me equivoque con los detalles, creo que el fondo está claro como el agua: nos gustaba una clase de cine muy concreta, que nada tenía que ver con los gustos de esos críticos carpetovetónicos y amojamados que abarrotan los medios de comunicación serios.
Y andando el tiempo, mi afición por el cine me llevó a montar, tras muchas batallas con mi vagancia, este blog. La de Manuel le llevó a convertirse en director de cine, una ocupación bastante más respetable (aunque también proclive, en según qué casos, al onanismo y a la autofelación, como bien saben los conocedores del cine de arte y ensayo). Y la obra que nos ocupa en este post es uno de sus cortometrajes.
En mis años como canguro jamás había visto una situación igual
Familia colateral da comienzo con la llamada que nuestro protagonista (Cristian García) hace a su novia para quedar con ella esa misma tarde en la casa en la que va a llevar a cabo un trabajo de canguro, e irse luego juntos al cine. Es una tarea de lo más normal, pero que adquiere la dificultad de uno de los trabajos de Hércules gracias a la demencial familia de la que el infortunado forma parte: un hermano pequeño aficionado a aporrear el tambor sin cesar, un hermano mayor kie (José Sinacio) que se dedica a poner reggaetón a todo volumen y a maltratarle psicológicamente, y una madre dominante y controladora (es decir, típicamente cántabra). En un momento dado, todos estos elementos del sacrosanto núcleo familiar se arrojan sobre él para atosigarle al mismo tiempo, superando con creces su capacidad para soportarles. Nadie culparía a nuestro personaje principal si esa misma noche les limpiara el forro a todos con una katana; en lugar de eso, lo que hace es apartarles a empellones mientras chilla que le dejen en paz y salir huyendo del hogar familiar. Damas y caballeros, este es nuestro héroe, y es un mierdecilla: ¡la que nos espera!
El camino del muchacho hasta la casa donde le toca trabajar esa noche es bastante tranquilo, dejando aparte su disfrute del carácter típicamente abierto y amable de los santanderinos por gentileza de una muchacha a la que pide la hora, y su breve encuentro con el mismísimo Carlos Iglesias cuando va a comprar unas entradas al cine. La paz de espíritu (suponiendo que la tuviera) se termina cuando llega al portal de la casa y tiene que lidiar con un insoportable borracho aficionado al chunda-chunda. No lo sabe todavía, pero eso es el cielo comparado con lo que le espera tras entrar.
Cuando por fin llega a la casa, le abre una mujer ya mayor, que tras reprocharle su tardanza le lleva a que conozca al bebé al que va a cuidar. Mientras la mujer le explica que el churumbel de marras es un teleadicto de mucho cuidado (no veo cómo, ya que en la antediluviana tele del cuarto de estar sólo se ven interferencias), en la faz de nuestro prota vemos dibujarse una expresión de incredulidad. ¿Y quién le culparía, cuando el "bebé" es UN PUTO MUÑECO DE PLÁSTICO? Por si esto no augurase suficiente mal rollo, la mujer le hace una última y amenazadora advertencia antes de irse: por nada del mundo debe entrar en la habitación del fondo, cuya puerta está cerrada a cal y canto.
Una vez solo con el "bebé", el muchacho intenta entretenerse espiando por una ventana a una parejita calentorra y masturbándose ante sus magreos. Su actividad de amor propio se ve interrumpida muy pronto por la visita de su novia, con la que sus pretensiones de compartir algo más que unos arrumacos se van enseguida por el desagüe en cuanto ella se va dando cuenta de lo que pasa en la casa y decide marcharse.
Otra vez solo, a nuestro ¿heroe? no se le ocurre otra cosa que abrir la puerta prohibida. Y con ello, como ocurre en estos casos, pone en marcha una fatal cadena de acontecimientos, cuyas hilarantes y (sobre todo) terroríficas consecuencias se harán notar hasta el momento en que salgan los títulos de crédito. Y mucho más allá, sospecho.
Una huida hacia delante sigue siendo una huida
Como ocurre en la mayoría de la producción del mejor cine español (que es como decir "el poco cine español que no da ganas de llorar", pero queda mucho mejor), Manuel Ortega ha elegido para este corto una mezcla de elementos cómicos y terroríficos, siendo estos últimos los que llevan la voz cantante. Hay muchas situaciones que mueven a la risa o a la sonrisa en los 31 minutos que dura el corto, por el puro absurdo de las situaciones que vive el canguro; sin embargo, a poco que pensamos en las implicaciones de lo que vemos, es inevitable sentir una mezcla de horror y lástima por el protagonista a la vista del camino que acaba tomando, y que recuerda en cierta manera al de la infanticida involuntaria de Escóndete y tiembla (una de las películas favoritas de Manuel Ortega).
La mayoría de los actores que aparecen, con la obvia excepción de Carlos Iglesias, son amateurs, varios de ellos amigos o familiares del director y guionista. Siempre que pasa esto, puede resultar en una de dos posibilidades: o que sean unos ineptos indignos del guiñol de unas fiestas populares, o que den una frescura y espontaneidad al metraje que haga babear a los críticos gafapastas. En el caso de Familia colateral, estamos de suerte, porque el resultado se aproxima más al segundo caso que al primero. Da la impresión de que, o bien están haciendo un poco de sí mismos, o bien se inspiran en alguien muy cercano a ellos (me consta, por ejemplo, que José Sinacio tiene un hermano bastante similar al papel que interpreta), lo que le da a todo el corto un aire de "estampa costumbrista santanderina" que ayuda a hacer más creíble la delirante historia.
En el apartado actoral merece un párrafo aparte la actuación del actor que encarna al misterioso inquilino de la habitación prohibida. Y no voy a decir por qué. Baste con advertir que no sé en qué medida será mérito del director y en qué medida lo será del propio actor, pero el caso es que logra transmitir una mezcla de ternura, simpatía y amenaza latente que contribuye a añadir un punto más de locura y miedo a la ya de por sí siniestra casa.
Otro punto positivo es que, si bien el final no deja la impresión de que el autor se haya dejado algo en el tintero, sí que es lo bastante abierto como para ampliarse en forma de largometraje o de continuación. Sí, esto es una sugerencia encubierta (guiño-guiño).
En el lado negativo, hay que decir que la anteúltima escena en el bar se me antoja un poco de relleno. Sí, es otro toque costumbrista, y la intervención de los kies en la escena está tomada punto por punto del comportamiento habitual de esos desechos sociales. Pero el mismo propósito se podría haber logrado con una escena más breve, o incluso como parte de la escena final. También he de decir que no comprendí del todo la reacción de la novia del protagonista al visitarle: da la impresión de que se enfada con él sólo porque así lo dice en el guión. Otro aspecto más que no me acabó de convencer es la utilización de los melodramáticos relámpagos para enfatizar la advertencia de la dueña de la casa sobre la misteriosa puerta cerrada; quedan mejor, sin embargo, durante el climax dramático entre ella y el canguro.
Otra vez merece un capítulo aparte al respecto un actor, pero en este caso de manera algo más dudosa. Tal vez sea yo, pero José Sinacio, a pesar de hacer en general un buen papel, me resulta a ratos un poco caricaturesco, aunque reconozco que eso puede ser porque yo tengo la suerte de no haber tenido que convivir nunca con un kie de verdad. Además de eso (y reconozco que esto es un grandísima chorrada), me da la impresión de que un kie auténtico no vocalizaría tan bien como el que interpreta Sinacio. Pero, como acabo de decir, no es que mi experiencia con los kies sea lo bastante extensa como para considerar esto un juicio fundado, así que cedo la palabra en este tema a otros más expertos en el comportamiento de estos seres.
En resumen, Familia colateral nos ofrece una historia terrorífica y desoladora con fuertes toques de humor negro, que nos hará pasar un buen rato cuando la veamos y un mal rato cuando meditemos en profundidad lo visionado. Es una historia desoladora en el fondo, porque nos muestra a un protagonista atrapado en un mundo hostil, el de su familia, que no le aprecia ni le da amor, y al que las circunstancias le acaban conduciendo a sustituirla por otra; pero la nueva familia es, a su manera, aún más disfuncional. Su intento de huir del horror cotidiano que vive sólo le conduce a la demencia; y para cuando vemos los créditos finales, nos queda la impresión de que, tarde o temprano, esa situación tendrá nuevas y más catastróficas consecuencias.
¡Ah, que tonto estoy! Se me olvidaba daros el enlace del corto. Espero que lo disfrutéis. Sentiros libres de refutar mis pajas mentales sobre esta obra en los comentarios, y permaneced atentos a la más que probable aparición del director para dejar mi interpretación de su trabajo a la altura del betún.
jueves, 20 de septiembre de 2007
Hostage: América no negocia con terroristas, pero sí con lunáticos armados
¿Por qué no deja el arma, entro y nos tomamos un café
Me gustan las pelis de negociadores: por lo menos, las dos que he visto antes que esta. Tal vez tenga que ver con que, por su propio trabajo, los tíos tienen que manejar la pistola y la sin hueso con pareja habilidad para salvar vidas y convencer a los malos de que dejen de hacer el indio y se rindan. O tal vez porque una de ellas la protagonizaba Samuel L. Jackson como un poli acusado de corrupción y asesinato que tiene que secuestrar su propia comisaría para intentar salir del embrollo; y yo a Jackson le tengo mucha querencia.
A quien también le tengo querencia es al actor protagonista denuestra película de hoy, Bruce Willis. Desde sus días en Luz de Luna he seguido con sumo interés su carrera, sobre todo en el momento en que pasó de ser un actor cómico a ser el héroe de acción que superó a Stallone y Schwartzenegger en el favor del público. Como para no: sin ser una montaña de músculos como mi ex-admirado Governator, era capaz de masacrar hordas de terroristas como un Gengis Khan revivido (por mucho que lo admita la R.A.E., "redivivo" es una errata como una catedral) y de cachondearse de ellos con más gracia que Martes y 13.Bueno, tal vez no con más gracia, ni siquiera con la misma gracia. Pero es que Josema y Millán eran la hostia en verso, inalcanzables. De todos modos, me explico, ¿no? El jodío mataba más que El Puño de la Estrella del Norte, y se guaseaba de los malosos. Y eso gustaba, y sigue gustando. Por ello, casi cada película en que ha aparecido ha sido de visión obligada para mí. Y por eso, hace poco, alquilé Hostage, nuestro filme de hoy, que me perdí en su estreno cinematográfico por pura vagancia (y me avergüenzo de ello). Por cierto, que su director, Florent Siri, es un francés que ya hizo la también interesante Nido de avispas, que venía a ser un Asalto a la comisaría del distrito 13 en clave de canto a la construcción europea... pero esa es otra historia y deberá contarse en este mismo lugar, pero otro día.
Si la presencia de Bruce Willis al frente del reparto y la de Florent Siri en la silla del director me habían convencido de ver la película, el descubrir en los créditos iniciales que se basaba en una novela de Robert Crais me convenció de que iba a pasar un rato de fábula. Crais es un novelista de intriga del que sólo he leído una novela, El último detective, protagonizada por uno de sus personajes recurrentes, el detective Elvis Cole. Sin ser una cumbre de la literatura universal (pensándolo bien, creo que nada de lo que leo lo es... ni falta que le hace), era un libro con una trama intrigante, con sorpresas que mantenían el interés, y con unos personajes con los que no era difícil empatizar. De hecho, uno de ellos, como en Hostage, era un niño en peligro que era demasiado despierto para limitarse a hacer el papel de víctima indefensa... pero de eso vamos a hablar ahora más en profundidad.
Inciso: ¿sabrá alguien reconocer la cita literaria alterada que he usado en esta parte?
Inciso 2: sí, he desvariado que da gusto en la presentación.
¡Debo de ser el único tío al que le pasa dos veces la misma cosa!
Tras unos ominosos y comiqueros créditos iniciales, que nos muestran a un grupo de policías paralizados en la acción de sitiar una casa, entramos en harina con la tensa negociación que están entablando un lunático desesperado, que retiene a su mujer y a su hijo a punta de pistola, y Jeff Talley (Willis), uno de los mejores negociadores de la policía de Los Ángeles. En el momento en que entramos en su vida, Talley lleva una larga y extenuante jornada intentando convencer al secuestrador de que deje de el arma, que al final se le va a disparar y van a tener un disgusto, y está al límitie de sus fuerzas. A pesar de ello, está determinado a solucionar la situación de manera pacífica, por lo que se niega a dar permiso para disparar a los francotiradores cuando tienen a tiro al sospechoso en un momento dado. Para su desgracia, en esta ocasión Talley ha ido de "sobrao" y de chulito, y su exceso de confianza acaba resultando en las muertes de los tres ocupantes de la casa. El propio Talley sólo puede llorar ante el cadáver del niño mientras contempla sus manos bañadas en sangre...
... Y en este momento la película enlaza con Talley, un año después, lavándose las manos (¿he oído a alguien decir Poncio Pilatos?) antes de comenzar una nueva jornada como jefe de policía de la pequeña población californiana de Bristo Camino, su trabajo actual. Como su mujer y su única hija siguen viviendo en Los Ángeles, no se puede decir que su vida familiar sea una maravilla: la chica, presa de un ataque de edadelpavitis extrema que la hace insoportable, está aterrada con la posibilidad de que sus padres se divorcien, y su esposa comparte esos temores. Pero su fracaso en la fatídica situación de rehenes del pasado año hicieron que Talley le pillara tirria a su antiguo puesto, y por nada del mundo va a volver a él. Su intento de asegurar a su mujer que su matrimonio no se va a resquebrajar no hace mucho por tranquilizarla, pero por lo menos le da algo de esperanza. Poquito, pero algo.
De camino al tajo, Talley se cruza con un pickup a bordo del cual van tres jovenzuelos que tiene toda la pinta de haber podido ser buenos kies de haber nacido en Santander, y como tales procederemos a clasificarlos según el "manual del kie". El que va al volante es Dennis (Jonathan Tucker, que luego haría de macarra con buen corazón en el episodio de Masters of Horror Dance of the Dead), un caso claro de kie común, como podemos concluir de su comportamiento entre despreocupado y broncas. El que se sienta en el centro y soporta las humillantes bromitas y comentarios de Dennis es su hermano Kevin (Marshall Allman), el triste de la panda. Y el que se sitúa en la izquierda embutido en una chupa de cuero, sin decir casi palabra, es Marshall (Ben Foster, el Ángel en X-Men 3), "Marsh" para los amigos, y aunque no lo parezca es el kie de alto standing (vulgo "psicópata") del trío. Los chicos hacen cola un momento ante un cruce delante del jeep de Talley y se marchan, de modo que él no tiene motivos para sospechar el lío en el que le van a meter en unas horas.
Lío que empieza a fraguarse cuando el trío calavera se cruza con el contable Walter Smith (Kevin Pollak, quien ya coincidió con Willis en Falsas apariencias haciendo del malvado mafioso centroeuropeo Janni Gogolak) y sus hijos Jennifer (Michelle Horn) y Tommy (Jimmy Bennet). El cruce se produce cuando los chicos se dirigen a dar el palo en una tienda; eso, unido al interés explícito que el kie de Dennis manifiesta por la adolescente y sabrosa Jennifer Smith (que es contestado por la interesada con una conminación gestual a que practique la sodomía en el papel de pasivo), les lleva a intentar redondear la jugada dando un palo más gordo en el hogar de Walter.
Por lo que vemos en cuanto Walter llega a casa, nuestros nada queridos kies pueden haber tenido una de las peores ideas de sus jóvenes vidas. El trabajo de Walt incluye encriptar una serie de datos y esconderlos en la carátula de una inofensiva película (tomad nota del título original en el enlace), lo que nos informa de que sus misteriosos empleadores no pueden ser trigo limpio. Por lo demás, Walt es un padre cariñoso que se las arregla para educar y controlar a sus hijos en ausencia de su difunta madre, aunque con su hija tenga que recurrir al soborno para que no se vista demasiado fresquita. En cualquier caso, los pecadillos laborales de Walt no dan muestra de hacerle merecedor de la putada que supone que tres delincuentes juveniles le secuestren a él y a su familia a punta de pistola.
El problema para nuestros delincuentes juveniles es que Walter Smith ha tenido tiempo de dar la alarma, y justo en ese momento pasaba una agente de policía de Bristo Camino por la zona. Mientras Marsh baja a la puerta, pipa en mano, para controlar que la agente no llegue a ver algo raro en el interior y se cosque de lo que sucede, Dennis obliga a Walter a fingir por el interfono que todo ha sido una falsa alarma. Todo está a punto de ir bien hasta que ocurren dos cosas inesperadas. La primera es que la agente comprueba por radio la matrícula del pickup de nuestros pequeños kies, y descubre con ello que es robada. La segunda, que Marsh reacciona sacando a relucir su psicopatía y descerrajándole un tiro en el cuello a la agente. La alerta roja salta en la comisaría central de Bristo Camino, y los agentes, con Talley al frente, acaban sitiando la casa mientras llega la policía del condado a darle el relevo. Por su parte, el "trío kie" activa por accidente el sistema de seguridad, y con ello cierra la casa a piedra y lodo.
Por desgracia para Jeff Talley, que no tarda en dar el relevo a los polis del condado y a su negociador, su reconocida valía en su anterior trabajo y la decisión de su mujer e hija de prolongar su visita al pueblo tras ver el chocolate en que se ha metido el pater familias se combinan para obligarle a volver a flexionar su músculo negociador. Y esto se debe a que, apenas tienen noticia del secuestro de Walter, sus misteriosos jefes se ponen en acción para que Jeff Talley se encargue de recuperar los importantes datos encriptados; y su mujer e hija actúan como aval de que nuestro héroe harán lo que le digan o tendrá que gastar una pasta en coronas de flores en un futuro próximo...
De modo que Talley se encuentra con una tarea de titanes por delante: lograr convencer a los del condado de que le devuelvan el mando, lograr que los secuestradores confíen en él, y lograr que uno de sus agentes más torpes y un paramédico le echen una mano a espaldas de los demás para intentar recuperar el comprometedor CD. Lo tiene complicado, ya que Dennis, en uno de sus ataques de rabia niñatil, ha dejado en coma a Walter Smith. Pero cuenta con un inesperado aliado: el pequeño Tommy, que es una especie de Kevin McAllister, sólo que sin niveles en la clase de prestigio Puto criajo sabelotodo inaguantable, y que no tarda en intentar contactar con él...
Más tensos y crispados que oyendo a Fedeguico por la radio
Los que vengan esperando una ensalada de tiros a la altura de La Jungla, que empiecen a cambiar el chip desde ya mismito. Hostage se basa mucho más en la tensión de los conflictos a punto de estallar que en verlos estallando, aunque repartidas por la trama hay unas cuantas explosiones de violencia que hacen evolucionar estos conflictos a nuevas (y más terribles) tensiones. Pero Hostage, además, se toma también su tiempo para presentarnos a los personajes más importantes y hacer que nos importen para bien o para mal. De hecho, creo recordar que el secuestro en sí no ocurre hasta cerca de la mitad del metraje, lo que nos deja unos 45 minutos para encariñarnos con (o aborrecer a) los personajes centrales.
El protagonista es esa clase de tipo duro aunque frágil que mi actor ultraconservador favorito hace tan bien. Pero Jeff Talley se parece menos a John McLane o Joe Hallenbeck que al torturado psiquiatra infantil de El sexto sentido. Ambos trabajan en campos que implican capacidad persuasiva y un conocimiento profundo de la mente humana, ambos cometen errores que implican la muerte de personas a las que querían ayudar, ambos viven desde entonces atormentados por la culpa, y ambos acaban teniendo una segunda oportunidad de triunfar en un escenario similar a aquel en el que fracasaron antaño y lavar con ello su pecado; este concepto lo simboliza muy bien el enlace entre el plano de las manos ensangrentadas de Talley al final del prólogo y otro plano de las mismas manos bajo el agua del lavabo. La diferencia es que Talley se mete en ese fregado obligado por la amenaza a su familia, y tiene que hacer al mismo tiempo malabares con su vida, la de los secuestrados y hasta la de sus secuestradores. Huelga decir que tantas pelotas de malabares son demasiadas hasta para un personaje intepretado por Bruce Willis, y algunas acaban cayendo (no diré cuáles), pero Jeff Talley pone todo su empeño en mantenerlas todas en el aire hasta el final.
Luego están los secuestradores, cuya disfuncional dinámica interna es uno de los puntos más interesantes de la película. Dennis, el autoproclamado "líder" de los secuestradores, es en realidad un matoncete tan débil de carácter como su hermano, al que sólo es capaz de dominar por su mayor disposición a pegar voces y usar la violencia. Kevin, por su parte, es a la vez un buen chico y un abyecto cobarde, que vocea su preocupación por los actos delictivos de Dennis y Marsh, pero es incapaz de hacer nada por frenarles. Y Marsh es un psicópata de pata negra, que opera por su cuenta y al que no le importa de verdad nada, ni siquiera sus asociados.
Y al final están los secuestrados, de entre los que destaca el habilidoso Tommy, que hace gala de valor y precocidad al asistir a Jeff Talley, sin llegar a convertirse en uno de esos criajos sabelotodo que hacen desear al espectador que vuelvan los tiempos del rey Herodes. Jennifer, por su parte, no va mucho más allá de ser una chica guapa en peligro, sobre todo desde el momento en que estimula el deseo de uno de sus captores. Por último, Walter pasa la mayor parte del tiempo inconsciente, pero cuando está despierto vemos que, aunque trabaje para criminales, en el fondo no es ni de lejos un mal tipo, y sólo quiere que sus hijos no sufran ningún daño.
Tanto Jeff como la familia Smith resultan, en términos generales, simpáticos, y no nos es difícil empatizar con ellos y desear que salgan con vida de esta. Esta simpatía se extiende, aún en menor medida, a Kevin y Dennis, que en el fondo no son más que unos niñatos con el pavo subido que ni se daban cuenta de en la que se estaban metiendo. La excepción la pone Marsh, que opera como villano y amenaza principal durante la mayor parte del metraje.
Si Marsh es un villano visible, los criminales para los que trabaja Walter como contable se mantienen de manera casi constante en la sombra, como una ominosa espada de Damocles sobre la cabeza de Talley y de los demás personajes. Incluso cuando sus operativos dan la cara, lo hacen bajo pasamontañas y pintura de camuflaje negra, mientras que a sus líderes les vemos hacer sus planes en una oscuridad casi absoluta. Son un mal enigmático, cuya naturaleza no se llega a revelar porque, en realidad, no es relevante para la historia; ese es un gran acierto de la novela original y/o del guionista.
Los conflictos de Talley con los secuestradores, con sus patrones forzosos y con la propia policía del condado, así como los que existen entre cautivos y captores o en el seno de estos últimos, dan para una trama entretenida y enrevesada, con muchos giros que contribuyen a pegarnos a la pantalla con la emoción de ver qué pasará después. Y con semejante situación límite en juego, es inevitable que todo acabe saltando por los aires en un desenlace lleno de plomo y fuego, así como en un epílogo que se atreve a rendir homenaje al enfrentamiento final de McLane y Hans Gruber en Jungla de Cristal. Hay sin embargo, y poniéndonos puntillosos, al menos un par de detalles chirriantes en el conjunto:
1) ¿Cómo es que una residencia familiar tiene unos conductos de ventilación tan espaciosos y aptos para escabullirse por ellos? Es posible que sea muy normal en Estados Unidos, pero a mí me dejó al cabo del rato bastante escamado.
2) Por muy psicópata que sea, Marsh es un delincuente de poca monta. ¿Por qué durante el desenlace se convierte en una especie de James Earl Cash, capaz de pillar por sorpresa y eliminar a un grupo de asesinos profesionales?
Estos pequeños detalles, así como cierta lentitud en el ritmo al principio y un momento de simbolismo con el tarot que no se sabe muy bien a qué viene, no llegan a herir la calidad de la película en gran medida, con lo que nos queda una buena elección para pasar un rato emocionante y tenso sin necesidad de muchos tiros. Y qué demonios, es una película de Bruce Willis; aunque fuese mala, todos sabemos que sólo por su presencia ya valdría la pena verla.