Se va terminando enero, pero la cuesta continúa; de hecho, ¿alguien la ha abandonado en todo el año? Yo no, desde luego. Aún así, espoleado por mis amigos, he picado el cebo que ofrecía Devir y me he comprado la edición en español de Pathfinder… pero mi lectura de la misma va a tener que esperar, por lo menos, a que complete mi repaso del básico de Dark Heresy con vistas a conducir a mis jugadores al siguiente paso de las carreras de sus PJs: ser agentes probados de los Sagrados Ordos de la Inquisición del Dios Emperador de la Humanidad. Entretanto, busco trabajo, estudio francés por mi cuenta, e intento reducir el número de títulos por jugar en mi amplio catálogo de juegos.
Pero hoy no va de juegos el asunto, sino de cine raruno. Gracias a la generosidad de Manuel Ortega Lasaga, obtuve una copia “de seguridad” (codazo-codazo-guiño-guiño-no-diga-más) de un filme bastante extraño de principios de los ochenta. Él dijo que me iba a gustar; el resultado de visionarlo fue… algo distinto a lo esperado. Claro que este desfase de expectativas tuvo más que ver con la calidad del producto que con lo extraño que era, porque en este segundo punto resultó más que capaz de pulverizar cualquier preconcepción con la que me senté a verla. ¿No os lo creéis? Pues leed, leed lo que os tengo que contar de ella…
Tenemos que hablar de Jamie
Ugh… he bebido tanto tequila que no sé si el que asoma ahí es un crío o el malo de Saw.