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sábado, 4 de septiembre de 2010

El día que probé con la Alta Tensión… y me electrocuté

El final del verano llegó, y tu partirás… ¡EJEM! No es que el verano haya terminado ya, al menos técnicamente, pero septiembre siempre ha sido para mí un mes más otoñal que estival, por aquello de que era el tradicional comienzo de curso escolar. Y este año, es el último mes que trabajaré en mi empleo actual; a partir de octubre, vuelvo a hacer la ronda de reparto de CV, y a mantenerme a costa de Papá Estado y de mis ahorros. Deprimente, lo sé, pero es inevitable visto el horrendo clima económico que llevamos soportando desde que las hipotecas basura nos estallaron en la cara a principios de 2008. De hecho, ya va siendo hora de que sienta los efectos de la crisis después de tirarme dos años y medio arreglándomelas para esquivarla, ¿no?

Lo cual no quiere decir que no sea una mierda: lo es, y gordísima. Con todos los estreses y sinsabores que lleva consigo el trabajo, sentir que uno es útil y que tiene derecho a vivir de su propio esfuerzo no tiene precio. Lo que más me preocupa de volver otra vez al paro es que se me acabe yendo la pinza con la inactividad y la falta de contacto humano, y que mi depresión aproveche la mala temporada para hacerse fuerte en mi cabeza, dar un golpe de Estado y mandar a mi macilenta autoestima a la Escuela de Mecánica de la Armada, o su equivalente dentro de mi psique. No diré más, que esta metáfora ya se ha salido bastante de madre.

En momentos como estos, tengo una preocupante tendencia a pasarme los días volviendo la vista atrás y recordando con nostalgia los viejos buenos tiempos, aunque de buenos no les viera por aquel entonces nada. Y de una película que vi en aquellos viejos buenos tiempos (a mediados de la pasada década, cuando hacía mi posgrado) va el post de hoy. Para ser exactos, de una película que sería un puñetero clásico… si no tuviera un giro inesperado de guión que aún hoy, tras cuatro años, me provoca ganas de embestir a la pared más cercana repetidas veces.

Adivina quién viene a matar esta noche

Más exactamente, ¿quién lo haría sin llevar un arma en la mano?

Atención, pregunta: ¿quien abriría la puerta a un tío que llega de madrugada conduciendo un cacharro con el aspecto del que vemos en la foto?

lunes, 13 de octubre de 2008

Reflejos: cuando miras al espejo... y el espejo te devuelve la mirada

Como colofón a esta negra, nigérrima semana para los mercados bursátiles, y para compensar la depresiva estampa de un mundo al borde del abismo por la especulación financiera (pinchad aquí para una explicación, a la par didáctica y descojonante, de lo que nos sucede), os traigo una nueva crítica. Esta vez, y en escrupuloso respeto a la regla de alternancia que rige este blog (plagiada a Cánovas del Castillo y Sagasta), toca la película Reflejos, última que he visto hasta la fecha en el multicine Las Vías de Ciudad Real, y que es un remake de la coreana El otro lado del espejo. El protagonista es Jack Bauer Kiefer Sutherland, y dirige el francés Alexandre Aja, que firmó el aclamado remake de Las colinas tienen ojos y que nos presenta ahora un "reflejo" distorsionado del original.

Dime, espejito mágico: ¿hay alguien más jodido que yo?

¡Pues ya me pueden aumentar el sueldo si quieren que lo limpie todas las veces!

Joder, ya han vuelto a pringar el espejo.

Tras un prólogo que me perdí por llegar tarde a la sala, en el que un desconocido es degollado por su propio reflejo (¡), y unos interesantes créditos iniciales que nos muestran Nueva York reflejada en un espejo, el filme nos presenta las cuitas del ex policía Ben Carson (Jack Bauer Kiefer Sutherland). Dado de baja de la Policía de Nueva York tras un incidente en que mató por error a un compañero durante una misión secreta, ahora está recuperándose de una adicción al alcohol y de haberse separado de su esposa,  Amy (Paula Patton). Mientras intenta sin éxito recuperar la relación con ella y con sus hijos Michael (Cameron Boyce) y Daisy (Erica Gluck), tiene que conformarse con dormir en el sofá de su hermana Ángela (Amy Smart, la guapa novia del protagonista en Crank). Ahora ha encontrado un nuevo empleo como vigilante nocturno, y es ahí donde comienza la acción de la película.

El lugar de trabajo de Ben es un viejo supermercado de alto standing, perteneciente a la cadena ficticia Mayflower; mejor, dicho, lo que queda del susodicho Mayflower. El vigilante de día, Lorenzo Sapelli (John Shrapnel) le pone en antecedentes: el supermercado, que fue abierto en los años 50 aprovechando un hospital psiquiátrico cerrado, fue víctima de un incendio hace más de cinco años, y desde entonces se ha mantenido en un estado semirruinoso. La compañía dueña del Mayflower no lo ha podido reabrir por estar en litigios con las aseguradoras, y Sapelli opina que jamás llegarán a hacerlo. Cuando pasa a ver el interior del supermercado, Ben se sorprende por la cantidad de espejos que hay en él; como respuesta, Sapelli le comenta que su predecesor en el puesto de vigilante nocturno, Gary Lewis, se obsesionó con ellos hasta pasar noches enteras limpiándolos.

Ben no tarda en tener motivos para acordarse de ese detalle sobre su antecesor. La primera noche en el puesto de trabajo, descubre huellas de manos en uno de los espejos y escucha extraños ruidos por todo el lugar. Cuando nuestro protagonista busca de dónde vienen, descubre una puerta que da a un sótano... y que, pese a estar cerrada, aparece abierta en el reflejo del espejo. ¿Acaso su pasado alcoholismo le ha dejado un par de fusibles flojos a Ben? Los espectadores que vieron el prólogo ya saben que eso no es lo que pasa, pero a los que nos retrasamos al entrar no se nos puede culpar por pensar eso... sobre todo cuando Ben tiene a la mañana siguiente otra alucinación en la que ve su cara desfigurada en el espejo de su baño.

A la noche siguiente, el festival de fenómenos extraños continúa. Ben sufre una alucinación en la que arde vivo, tras la que encuentra la cartera de Gary Lewis; resulta que es el muerto del prólogo (Josh Cole), y que entre sus pertenencias había un papelito con la palabvra "Esseker". Mientras se plantea qué hacer con lo que ha encontrado, Ben escucha unos espantosos alaridos, que parecen venir de unos probadores; dentro no encuentra nada, pero cuando acerca un espejo para ver a través de él, tiene la horrorosa visión de una mujer quemada viva que se debate entre sufrimientos. Peor aún, el pequeño Michael Carson también ve a esta aparición en el enorme espejo de su dormitorio. Eso confirma que hay una fuerza sobrenatural detrás de estos fenómenos extraños, y que empieza a extender sus tentáculos hacia los seres queridos de Ben.

Y el paquete que recibe Ben a la mañana siguiente, remitido por Gary Lewis, contribuye aún más a dibujar un futuro negro a la familia del ex poli. Dentro hay recortes de periódicos que documentan el incendio del Mayflower, que al parecer fue provocado por (¡oh, casualidad!) el vigilante nocturno. Al parecer, el hombre había asesinado justo antes a su familia, pero él juraba y requetejuraba que "los espejos les mataron", y que prendió el fuego para acabar con ellos. Los acontecimientos no tardan en revelar a Ben que las palabras del hombre no eran meros desvaríos, y el vigilante nocturno no tiene otro remedio que rebuscar en el siniestro pasado del edificio. La malévola fuerza que hay detrás de los espejos sólo le da una pista: busca a Esseker. Pero ¿que o quién es Esseker?

Algo más divertido que un paseo por la calle del Gato

Ben Carson dimitió cuando le ordenaron limpiar semejante estropicio.

A Gary se le fue la mano con el afeitado.

Desde que vi la brutal (y tramposa cual tahúr del Mississipi) Alta Tensión, supe que Alexandre Aja es un director al que no conviene perder de vista. Por ahora, sin embargo, he tenido que posponer mi vistazo a su remake de Las colinas tienen ojos, dado que ni siquiera he visto el original. Cuando por fin llegó a España Reflejos, pese a las malas críticas cosechadas a uno y otro lado del Atlántico, decidí que tampoco podía estar tan mal con un tipo como Aja al frente. Y tenía razón, pero el resultado tampoco era para llorar de alegría.

En general, la historia, escrita por Aja y su guionista habitual, Grégory Levasseur, tiene el acierto de divergir respecto al filme coreano original, pero tiene el fallo de manifestar esa divergencia de maneras no demasiado acertadas. Por ejemplo, cambiar un supermercado a punto de reabrir por otro cerrado y derruido le da a la película un ambiente demasiado "típico y tópico" ("¡oh qué miedo, un edificio abandonado!"; y cambiar una trama de intriga criminal con gotas sobrenaturales por una especie de mutación de El Exorcista tampoco le hace demasiado bien a la película. El resultado es un filme que entretiene, pero que no llega a asustar en muchos momentos en que debería hacerlo.

Salvo cuando brota la sangre. Alexandre Aja se ha hecho famoso por pasarse de rosca a la hora de cargarse a sus personajes, y aunque las escenas gore son contadas, son de una bestialidad difícil de esperar en una producción de Hollywood. No puedo hablar por el prólogo, pero el siguiente asesinato del metraje me dejó con la boca abierta de tan salvaje que era. Complementando el paquete hay bastantes tomas de cadáveres mutilados por la acción de los espejos y alguna que otra aparición desagradable para satisfacer al sediento de sangre.

Siguiendo por los terrenos de la trama, no es difícil sentir simpatía por el personaje de Donald Sutherland y por su entorno. Ben Carson es un hombre que, pese a su caída en desgracia, no ha dejado de amar a su mujer y a sus hijos, y que pese a su temperamento irascible, fruto de su pasado alcoholismo y exacerbado por los horribles sucesos que le ocurren, no deja de tener como principal prioridad su bienestar. Sus acciones, a pesar de ser a veces erráticas, y siempre lunáticas y desesperadas (el primer intento de acabar con los espejos en casa de su esposa es reveladoramente patético en este sentido), siempre están guiadas por el objetivo de salvar a su familia del horror al que se enfrenta. El otro lado de esta moneda es que Ben recuerda en ese aspecto a Jack Bauer, y el parecido se vuelve más evidente cuanto más avanza el metraje. La mujer de Jack, por su parte, no se decide a dejarle volver a su vida porque teme que vuelva a despeñarse hacia las simas de la depresión agarrado a una botella, pero no deja de quererle; el miedo e incomprensión que muestra hacia sus acciones, aunque erróneo, está justificado. La parte mala es que los niños, pese a ser encantadores, vuelven a ser víctimas del extendido síndrome del "niño gilipollas", fiándose de la fuerza malévola en momentos críticos.

El desenlace también es un poco de cal y otro de arena. El asalto final de la fuerza tras los espejos a la casa de Amy y los niños, mostrado en paralelo a los esfuerzos de Ben para poner fin a la maldición, es tenso e interesante (aunque los intentos de Aja de hacernos temer por el destino de los niños no son muy creíbles, pero eso es más culpa de las convenciones de la industria que de él mismo), y desemboca en una batalla final Ben-Fuerza malévola digna de un buen videojuego (pensad en el epílogo de El ejército de las tinieblas pero sin tanto cachondeo). Por desgracia, el epílogo comete el error de ser exactamente igual al de su homóloga coreana, pero sin las sutiles pistas que esta tenía a lo largo de toda su trama para justificar esa vuelta del guión final.

Pero, pese a sus defectillos, Reflejos bien vale el precio de admisión, porque hace pasar un buen mal rato y no se corta a la hora de eliminar a los personajes de maneras horribles.  Y eso hay que valorarlo en una época en que demasiadas pelis se hacen para mayores de trece años.